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Tuvo de todo, desde lo imaginable hasta lo impensado, para convertirse en un partido terrible e inolvidable. Lo que se pida se encontrará. Con dramatismo deportivo dentro de la cancha y las emociones rompiendo corazones en las tribunas.
Por los siete goles, por los estiletazos ofensivos de River, por la dignidad de Racing, por la surrealista goleada de los locales con 10 hombres en sólo dos minutos, por la bravía resurección de la Academia, por las jugadas controvertidas, por el mutable criterio de Ruscio, por la picardía desequilibrante de Ortega, por la clase y el empuje de Quiroz para no rendirse jamás, por la serena firmeza de Berizzo, por los dientes apretados de todos, por los últimos 45 minutos, material suficiente para ser reciclado en horas y horas de acaloradas charlas de café.
Y como si todo esto fuera poco, River festejó la victoria con el gozo a cuenta de una inminente vuelta olímpica.
River se vio superado en varios pasajes del primer tiempo, pero eso no impidió que fuera incontenible cuando sus hombres clave se encontraron. Ocurrió a los 10 minutos: Ortega engañó a su cancerbero Michelini con un enganche y mandó el centro que Francescoli acomodó para su zurdazo demoledor. Fue el primer fracaso de Racing en su intento de anular a Ortega a través de la rusticidad de Michelini.
Al equipo de Avellaneda le fue mejor en otros rubros, como quitarle el dominio y la pelota a un rival discontinuo y que se dejaba estar en exceso. Con Quiroz más adelantado, la movilidad de Marini, la participación de Vilallonga retrocediendo unos metros y todo lo que exige Fuertes.
Racing tenía el control, pero le faltaba sorpresa. Hasta que se produjo la jugada que desencadenó un partido vibrante: Bonano fue expulsado por tocar la pelota con la mano fuera del área -no pareció que fuera un último recurso intencional- ante la definición de Fuertes. La etapa finalizó con el tiro libre de Brusco en el poste y la reanudación resultó como si se abriera la caja de Pandora por la diversidad de situaciones e imágenes.
Desde lo increíble, como que River consiguiera dos goles en dos minutos mientras Racing no había tenido tiempo de atinar a nada. Ni el repentino 3 a 0 le quitó voluntad al equipo de Basile. Acertó con la entrada del juvenil Diez -gestor del descuento de Fuertes- y quemó las naves con la arremtida de todos. El penal de González transformó el Monumental en un gran hervidero, al que Ruscio le sumó unos grados más con el inexistente penal de Galván a Francescoli, e ignorando después el grosero empujón de Brusco al delantero uruguayo dentro del área.
El encuentro quedó claramente dividido en dos partes: Racing iba al frente como un autómota y River se repartía entre una resistencia con más fervor que resto físico, y las réplicas que podían surgir de la inteligencia de Francescoli y de la voracidad ofensiva del chileno Salas. Había una hazaña dando vueltas y podía ser para el repunte heroico de Racing o para el aguante de River. Las pulsaciones y el ritmo cardíaco aumentaron a medida que se acercaba el final. Racing terminó asumiendo la derrota en las barbas de Burgos. River respiraba, también digno y orgulloso. Porque si el partido solo ya era inolvidable, mucho más lo sería porque también era la noche en que empezaba no sólo a sentirse, sino a saberse campeón.
El estadio Monumental se convirtió en un polvorín multicolor. A cada minuto una bomba de estruendo, un petardo o una bengala que llenó de humo buena parte del recinto casi completado por eufóricos espectadores.
Nadie explicará nunca cómo ingresa semejante arsenal pirotécnico. Alguna vez un avezado policía dijo que muchos hinchas introducen los explosivos en las suelas de los zapatos. Entonces habrá que pensar en descalzar a miles y miles de simpatizantes de River que ayer anticiparon Navidad y Año Nuevo juntos con un despliegue ruidoso como nunca.
Así, cuando el equipo capitaneado por Enzo Francescoli apareció en el campo de juego, el cemento pareció resquebrajarse por la explosión conjunta. Las luces rojas y el humo convirtieron el estadio en algo parecido al infierno.
Los fieles seguidores de Racing quisieron competir con el festejo, pero perdieron ampliamente. Hicieron ruido, pero el ochenta por ciento de los explosivos estaba en las manos de los que se peleaban para gritar por River campeón.
Por suerte, o por milagro, semejante despliegue de cohetería, que causaría la envidia de los técnicos de Fabricaciones Militares, no produjo las víctimas que podrían imaginarse de acuerdo con el arsenal desplegado. Finalmente, gracias a Dios, fue una fiesta, extraordinariamente ruidosa. Como si River además de querer ser campeón en la cancha, pretendía serlo también en la demostración explosiva desde las tribunas.
El ensayo fue atronador. Por las alternativas del juego, por lo que se entregaba desde el campo de juego, la competencia entre bengalas y morteros hizo del estadio una postal impresionante. La piel se erizó de continuo ante cada estallido. Y cuando al final quedó concretada una victoria difícil, casi heroica, la momentánea angustia dejó paso otra vez al estruendo, al concurso pirotécnico que ya pretende enmendarle la plana a los más espectacularaes festejos de los cariocas en cada fin de año o en su incomparable carnaval.
Por lo que se vio y se escuchó, a riesgo de quedarse sordo, la próxima vuelta olímpica provocará casi un sismo en el barrio de Núñez y sus alrededores...
Estas fueron las formaciones de los equipos:
River: Bonano; Lombardi, Ayala, Berizzo y Sorin; Monserrat, Astrada, Berti y Ortega; Cruz y Fracescoli. Director técnico: Ramón Díaz.
Racing: Ignacio González; Navas, Brusco, Galván y MacAllister; Marini, Quiroz, Netto y Michelini; Vilallonga y Fuertes. Director técnico: Alfio Basile.
Primer tiempo: 10 minutos, Francescoli (Ri.). A los 47 fue expulsado Bonano (Ri.) por último recurso.
Segundo tiempo: 20 segundos, Ortega (Ri.); 2, Sorin (R); 17, Fuertes (Ra.); 23, González (Ra.), de penal; 31, Francescoli (Ri.), de penal, y 45, Quiroz (Ra.). A los 46 fue expulsado Astrada (Ri.) por doble amonestación.
Recaudación: $ 541.146.

