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El vértigo del festejo de los 45.000 hinchas de San Lorenzo en la cancha y el delirio de un plantel que jamás olvidará la sensación que les provocó pronunciar la palabra campeón había quedado atrás. Aquella locura que invadió el Bajo Flores poco tenía que ver con la calma que se vivía en el departamento de Palermo, donde la familia Romeo -algunos llegaron desde Salta y otros desde Tandil- disfrutaba del título conquistado por Bernardo y por la coronación de éste como goleador del Clausura.
Más tranquilo y con las imágenes de la televisión como fondo, Romeo revivió junto con La Nacion la tarde de la consagración. “Mirá; casi me lo saca... Si Castellano me atajaba el penal me moría...”, cuenta Bernardo mientras mira Fútbol de Primera. Sufrió, pero la pelota entró, más allá del esfuerzo del arquero de Unión. Por eso el desahogo final.
-¿Sos el nuevo ídolo de San Lorenzo?
-No, no me siento ídolo, pero quedé en la historia. Agradezco el reconocimiento de la gente y me siento importante para el grupo, pero ídolo no...
-¿Qué significa esta vuelta olímpica en tu carrera?
-Es muy importante. Viví una sensación similar a cuando ganamos el Mundial Sub 20 de Malasia, en 1997. Este título tiene otro sabor, y eso me lo había dicho Rivarola, que ya había salido campeón con River. La diferencia de éste y aquel es que hoy estamos hablando del mejor equipo del fútbol argentino y que, además, soy el goleador.
-Ser el goleador era una obsesión que te perseguía.
-Siempre dije que quería ser campeón antes de ser el goleador y era verdad; pero no te lo voy a negar: convertirme en el goleador era mi otro gran objetivo. Siempre había quedado a un paso, porque me habían ganado Palermo y Calderón. Ahora me toca disfrutar a mí.
Vuelve a prestarle atención al partido y surge el recuerdo que involucró a los suyos: “Cuando terminó el partido me acordé de Brenda (su mujer), de Juliana (su hija), de Gaspar (el hijo que nacerá en agosto), de mi familia, de mis amigos, de toda la banda y de los difíciles momentos que tuve que pasar hasta llegar a lo que vivo hoy”, dice Bernie, Tatata o el Pelado.
Para el hincha de San Lorenzo los momentos difíciles están relacionados con la llegada de los delanteros que habían contratado para reemplazarlo, pero para él aquellos momentos están relacionados con su partida de Tandil –su ciudad natal– a La Plata.
Atrás habían quedado aquellos días al pie de las sierras en las que, con cuatro años, comenzó a jugar en el baby fútbol en Gimnasia, el club donde lo hacían sus hermanos. “Dejame mami. No te preocupes. Yo estoy bien”, solía despedirse con la misma frase Bernardo cuando su mamá, Inés, lo dejaba en el club.
Gol fue la palabra con la que se lo identificó por Tandil y en una de las tantas visitas de los emisarios de Estudiantes, Bernardo se sumó a las inferiores del club platense.
La decisión no convencía demasiado a Carlos e Inés, sus padres. Pero ellos sabían que el fútbol era la felicidad su hijo, a tal punto que, cuando cursaba quinto año, Bernardo les pidió cambiarse al colegio San José porque allí jugaban al fútbol y en la Escuela N° 2, donde estaba, no era tan común.
La Plata lo recibió con todos sus miedos y sueños de grandeza. Vivió con su primo Sebastián, pero cuando éste regresó a Tandil porque no se acostumbró a la ciudad, Bernardo, después de estar solo durante seis meses, partió a Buenos Aires para vivir con sus hermano. Desde allí viajó todos los días a La Plata para entrenarse. Traslados en silencio y cargados de ilusiones. Su esperanza de grandeza aumentaba a fuerza de gol y un día, ya de regreso en La Plata, fue convocado para el Sub 20. Los títulos del Sudamericano y del Mundial le dieron la felicidad esperada en medio de tantos desencuentros.
Después llegó San Lorenzo y las frustraciones de quedarse cerca del festejo bajo la conducción de Oscar Ruggeri. Ayer, con el grito que siempre quiso escuchar y que hoy retumba como una linda canción en la panza de Brenda, Romeo disfruta de su nueva vida después de haber entrado en la historia.


