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PARIS.- Durante el encuentro con los irlandeses, en el Parc des Princes, cuando acertó un drop de zurda, la barra argentina inmediatamente empezó a corear Maradooo, Maradooo . Esa tarde inolvidable para los Pumas nació el hit, y el elogio se repitió espontáneamente en el Stade de France, en la grandiosa victoria ante los escoceses. Para los fanáticos es el Maradona del rugby, aunque él no se involucra en este impulso de la gente: "Es sólo porque los dos llevamos el 10 en la camiseta y porque le pegué de zurda (N. de la R.: su pierna más hábil es la derecha), nada más", interpreta desde su sencillez Juan Martín Hernández, de 25 años.
Una tarde pudieron conocerse, pero no se vieron. Fue en la cancha de Vélez, la última vez que los Pumas se enfrentaron con Sudáfrica (5 de noviembre de 2005). La cumbre mágica entre Juani Hernández y Diego Armando Maradona nunca se concretó. "Me lo perdí, porque cuando pasó por el vestuario yo estaba en otro lado haciendo una nota. No pude conocerlo, nunca lo vi", se lamenta el N° 10 de los Pumas.
El que sí compartió momentos de intimidad con el ex astro de Boca fue Miguel, su padre, cuando acompañaba a su hermano Patricio Hernández, a la concentración de la selección argentina de fútbol, en la década del ochenta. Patricio y Diego compartían la habitación, y Miguel muchas veces regresaba de esas visitas con algún souvenir de Maradona que, como calzaba lo mismo, le regalaba zapatillas o ropa del equipo. Juan revela estas experiencias de su padre con orgullo, y cuando tiene que responder qué sensaciones le generan que lo coloquen en el ranking de admiración cerca del Diez, simplemente dice: "Es un falta de respeto para Maradona (risas). El es el ídolo máximo de la Argentina y que hagan una comparación con él es muy lindo y me pone contento", cuenta el apertura.
En París lo admiran desde su llegada a Stade Français, a fines de 2003, y ahora lo ven en su mejor dimensión, pero con los colores celeste y blanco. Hernández, el crack de los Pumas, es uno de los personajes más rutilantes de la Copa del Mundo, ese sueño que acunó por un largo tiempo: "Tengo este Mundial en la cabeza desde octubre de 2003 (N. de la R.: desde la eliminación de la Copa de Australia). Ahí empezó un ciclo nuevo para mí, porque justo después de Australia me vine a París y siempre tuve como objetivo este torneo; pero no quería jugarlo desde el banco, sino ser más protagonista, entonces, desde ese tiempo me entreno mucho para llegar a lo que hoy estoy viviendo.
"Le estoy dedicando tanto a este Mundial, que dejé muy de lado lo que es el complemento de mi vida, como estudiar y esas cosas. Sé que en algún momento lo voy a hacer; no tengo una vocación fija, pero sé que tengo que estudiar y voy a encontrar algo que me guste realmente", cuenta Hernández, distendido, locuaz.
Como nació con un problema en los pies -no podía caminar bien, algo que se corrigió con el crecimiento-, con su hermano Nicolás (29 años, tercera línea del plantel superior de Deportiva Francesa), inventaron jugar al rugby de rodillas y a esta modalidad la llamaron ruchibil , estilo que practicaron incluso cuando él superó su inconveniente.
La educación deportiva familiar, de raíces en San Nicolás -allí nació su padre y sus tíos, Patricio y Francisco-, mucho tiene que ver en su desarrollo. No es casualidad que tres Hernández se hayan destacado en tres disciplinas: su tío Patricio, futbolista de Estudiantes en la década del ochenta; María de la Paz, su hermana mayor (30 años), multicampeona con la selección de hockey sobre césped, las Leonas, y él. Héctor, su abuelo, fue el que inculcó los valores de la familia. "El deporte nos enseñó mucho, nos educó. Todos crecimos con esa filosofía de entrenarte, ser solidario, de caballerosidad es una idea de la familia. Mi abuelo les daba mucha libertad a sus hijos, para que se expresaran a través del deporte; pienso que esa fue una buena forma de educación", explica Juan, o Carajito, como lo llamaban de chico en su club del alma, Deportiva Francesa, al que llegó con apenas pocos días de nacido, pues su segunda salida una vez que dejó el sanatorio fue ir la predio de la Depo en Del Viso.
"¿Qué es Deportiva para nosotros? Es como el patio de nuestra casa", declaró una vez su padre al diario francés L Equipe, y eso es real, porque Juan asegura que "me la pasaba todo el día en el club con la pelotita. Llegaba a los 9 de la mañana y me iba a las 9 de la noche, pero no iba a los entrenamientos. Tenía unos 7 años, más o menos, cuando de tanto insistirme le hice caso a Fito (Adolfo Biagini), mi primer entrenador, y empecé a ir", rememora.
Sin embargo, su carrera tuvo un breve impasse de chico. Comenzó a los 4 años en Deportiva, pero en 1986, su padre fue a trabajar como preparador físico de Instituto, y la familia se radicó por dos temporadas en Córdoba. "Me llevaron a jugar a Tala , pero me enojé y no fui más, porque un entrenador me decía que tenía que pasar la pelota y yo no quería. Entonces, dejé de ir. Cuando volví a Buenos Aires estuve como un año sin ir a jugar, no quería y no quería; hasta que me convencieron", detalla sobre sus orígenes convulsionados.
Con su primo y amigo Patricito -tiene su misma edad-, solía ir a ver los entrenamientos de Estudiantes de la Plata, donde jugaba su tío Patricio, y cuando podía "me sumaba a los picaditos o al loco", cuenta. Pese a esa cercanía con el fútbol, nunca hizo ningún amago por ir a un club para forjar un destino como futbolista. "Porque tiraron más mis amigos; además, siempre estuve convencido que quería el rugby, sino hubiera intentado ir a probarme", expresa este hincha de River, "pero no fanático", aclara.
La International Board lo acaba de incluir junto con Felipe Contepomi, en la nómina de los candidatos a ser el mejor jugador el mundo, y sobre esta distinción expresó: "La verdad, es una sorpresa; hay tantos jugadores brillantes en el mundo, que me sorprende, y mucho. Pero también está Felipe, y que haya dos argentinos dentro de cinco, es un montón; eso quiere decir que vamos por el buen camino". Los otros elegidos son el sudafricano Bryan Habana, el neozelandés Richie McCaw y el francés Yannick Jauzion.
En su crecimiento deportivo Oscar "Cacho" Martínez Basante, hombre importante en la historia de Deportiva Francesa, ha sido determinante, aunque su madre, Silvia, una acompañante inseparable desde el primer día, también ha sido influyente. "Para mi vieja siempre juego diez puntos; se me pueden caer 100 pelotas un día de lluvia, pero ella me va a decir que jugué bien. ¡Y qué querés, si no me banca mi mamá, estoy perdido!" (risas).
A Martínez Basante se lo puede reconocer como su mentor, porque él le marcó el camino de la exigencia y esa ambición por siempre superarse: "El siempre me enseñó a jugar bajo presión. Cuando tenía 15 años, parecía que estaba jugando en el seleccionado; si cuando llegué a los Pumitas (la selección Sub 19), dije: pero si esto ya lo viví hace dos años . Cacho hizo la carrera conmigo, porque me entrenó desde los 15 años hasta que llegué a primera, y hoy está acá para verme, ¡qué grande!", se emociona cuando habla de su maestro.
Sin embargo, cuando dejó la Argentina, los consejos de Martínez Basante quedaron lejos, y ahí apareció la mano protectora de Agustín Pichot, otro que habla su mismo idioma. Entre cracks se entienden, llevan en los genes los mismos ideales. "Sí, Agustín me marcó mucho, pero ya venía acostumbrado de un relación así con Cacho. Para Cacho nunca tuve un partido bueno, siempre había un pero en sus comentarios. Y con Agustín pasa algo parecido; cuando jugás mal, viene y me lo dice, pero cuando jugás bien no me dice nada. Pero está bien así, para mí es mucho mejor. Es porque sabe que hice lo que puedo hacer. El y Cacho son dos personas que me conocen mucho y saben hasta dónde puedo llegar; además, yo también soy muy autoexigente y nunca quedo conforme", confiesa.
-No hay ningún partido perfecto. Es imposible, porque, a nivel personal, siempre hay algo que hubiera querido hacer mejor. Pero si te tengo que contestar que sí, te diría que si ganamos la final del Mundial. Si ganamos la final, ese sí sería el partido perfecto.


