Editorial: correr y ver correr

Daniel Arcucci
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17 de septiembre de 2016  • 17:00

Promediaba 2013, el boom del running era incipiente pero ya lo suficientemente masivo como para ser arrastrado también por cierto entusiasta desorden. Eran tiempos de estar atentos a voces autorizadas y la de Luis Migueles era una de ellas.

"Tienen que ver lo que fue el final de una media maratón en Inglaterra, con Bekele, Mo Farah y Gebrselassie", dijo, no tan al pasar, enfatizando en esos nombres que por entonces no resultaban tan familiares para quienes todavía resoplaban después del entrenamiento de aquel sábado por la mañana, en las barrancas de la zona norte del conurbano, entre Olivos y San Isidro. Sabio, no necesitó que nadie del grupo se expusiera a preguntarle de quiénes les estaba hablando para lanzar enseguida la máxima: "Ustedes tienen que saber quiénes son los mejores, los referentes, la elite… Porque mirándolos se aprende. Y porque cuando uno hace algo, tiene que aspirar a hacerlo de la mejor manera que uno pueda".

Casi exactamente tres años después, cuando los Juegos Olímpicos de Río partieron por el medio 2016 y tal vez también la manera de ver (otros) deportes en la Argentina, el maestro pudo comprobar que su lección había sido aprendida: ya no solo sus alumnos runners y sus proyectos de atletas de elite, sino los de otros maestros con iguales o menores pergaminos, inundaban chats grupales y redes sociales, compartiendo el paso –nunca más oportuna la expresión– de esos modelos de técnica de carrera que mandaban sus señales desde la estelar cita en Brasil.

El grito de sorpresa por la locura de Almaz Ayana en los 10.000 metros –justo en los 10.000, esa distancia iniciática en las calles y tan excitante en la pista–, durante la primera jornada atlética en Río demoró menos en estallar en los comentarios que los 14 segundos con los que la joven atleta etíope destrozó el récord mundial. Y la admiración por los movimientos perfectos de David Rudisha, el rey de los 800, se multiplicó en una whatsappeada, retuiteada y facebookeada hasta el infinito.

Se siguió minuto a minuto, con la emoción de quienes han visto su lucha de cerca, el esfuerzo de Rosa Godoy , de Viviana Chávez y de Marita Peralta ; de Mariano Mastromarino , de Luis Molina y de Fede Bruno … Y de Belén Casetta también, la futura médica que corrió 3000 metros con obstáculos y está destinada a hacer ruido en distancias más largas. Nombres antes reconocibles sólo para una calificada minoría, ahora familiares para muchos. Ese fue el paso no menor que ayudaron a dar, más allá del análisis puntual que cada caso merezca y tiene. Parece ser que los corredores, a la saludable adicción y la sana locura de correr, le han (le hemos) agregado el valor de ver correr, ya no sólo para aprender sino también para disfrutar.

Queda, para que el paso sea tan perfecto como el de Rudisha, dar aquel que permita que esa audiencia crezca en cantidad y baje en edad, para que quienes aprendan y disfruten no sólo tengan capacidad para aprender y para disfrutar, sino –mejor aún, más ambicioso– para emular.

Tal vez esté trotando por algún rincón de la Argentina, sin saber que se está entrenando, algún chico que en un par de ciclos olímpicos pueda entreverarse con los inalcanzables, con la misma desfachatez con la que el norteamericano Galen Rupp, en su segunda maratón, lo hizo entre el sonriente keniata Eliud Kipchoge y el valiente etíope Feyisa Lilesa. Al fin y al cabo, hace mucho tiempo pero no tanto, un tipo que nació aquí nomás, entre nosotros, supo correr la maratón en poco más de 2 horas y 9 minutos, cuando hace unos días la medalla olímpica se colgó en el cuello de quien recorrió el intrincado circuito carioca en poco más de 2 horas y 8 minutos.

Tal vez llegó el momento de escuchar a los Antonio Silio, que de ese entrerriano entrañable es esa marca de hace dos décadas; a los Luis Migueles, que no deja de hurgar en cada rincón del país en busca de ese talento para pulir y acompañar; a los Leo Malgor, que mientras tanto cumple sueños que sirven para que otros sueñen más todavía… Es el momento. Ahora. Cuando Río todavía es más que un recuerdo de nombres para el recuerdo.

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