Nueva York, la maratón del mundo: andanzas de una argentina en la Gran Manzana

Carla D´Aiello es Doctora en Psicología y vive en Nueva York; hace nueve meses tomó el desafío de correr los 42,195km para pasar en zapatillas por los cinco distritos de la ciudad que no duerme
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13 de diciembre de 2016  • 17:05

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Suena el despertador, son las 4 de la madrugada del domingo, no cualquier domingo, sino el domingo de mi viaje por el mundo. Hace más de 9 meses que me preparo para este momento. Con lluvia, granizo, cansada, de noche, de día, contenta, corrí y corrí... Nada me desvió de mi meta. Me pongo mis zapatillas y siento un cosquilleo en el estómago. Cierro los ojos e imagino la espectacular largada en Staten Island. Abro los ojos y ahí estoy al lado del imponente puente Verrazano, construido por más de 10.000 operarios inmigrantes. Pero hoy se ven más de 50.000 operarios de otro tipo, runners. Apenas entro en el “Athlete’s Village” escucho las instrucciones para los corredores en varios idiomas, japonés, español, francés, alemán, italiano, portugués, y seguro otros que no puedo reconocer. También veo banderas de muchos países y estados; desde Etiopía, Sudáfrica, Australia, Argentina, Colombia, Holanda, República Dominicana, entre otras. Todos reunidos desde temprano esperamos más de 3 horas hasta que el canon suena y la canción típica de Frank Sinatra, "New York, New York", inicia el sueño de miles. Entre helicópteros que vuelan en lo alto para filmar la largada y los barcos en el Hudson River que hacen sonar sus bocinas, 50.000 atletas se largan a cumplir un objetivo, a recorrer el mundo en 42 kilómetros.

El primer país que visitamos al cruzar el puente es México, en el barrio de Sunset Park, Brooklyn, se ven las banderas mexicanas de los espectadores que salen a la calle a gritar “sí, se puede” no solo para sus compatriotas sino para todos los que pasan frente a sus banderas. Se juntan otros grupos centroamericanos, como los guatemaltecos, hondureños y costarricenses. A través de Brooklyn seguimos por los barrios más típicos, con una presencia afroamericana que alienta sin parar con el famoso “high five” y con carteles divertidos: “Apurate, mamá, que papá no sabe cocinar”. Pronto en el kilómetro 12 llegamos al barrio ortodoxo judío en el cual los corredores despiertan a la comunidad que se prepara para el final del Sabbath. Los chicos y las chicas nos miran asombrados y de repente, uno se anima a sonreírme. A esta altura vengo bien, contenta, tranquila, enfocada en el plan que tengo para ejecutar. Hay un mundo de gente a mi alrededor, codo a codo llegamos ala zona ahora denominada “la más hipster”, Williamsburg. La energía que se siente a lo largo de Bedford Avenue es ensordecedora, un mundo de gente parados a los dos lados de la calle alentando locamente a los corredores. Escucho a unos amigos que con carteles y sonrisas me animan con mucho entusiasmo. Los cafés y bares ya abiertos contribuyen a la alegría de los espectadores que gritan nuestros nombres como si fuéramos héroes o heroínas.

El punto medio, los 21k, está sobre otro puente, el Pulaski, que une Brooklyn con Queens. Aquí nos alientan los polacos, los irlandeses, los rusos y todo un mundo de gente que entiende que, aunque el cartel indica 21k, no nos falta la mitad, nos falta mucho más que eso. Busco fuerzas para seguir mi plan, correr la segunda mitad más rápida que la primera. Recuerdo los consejos de mi hermano maratonista e Ironman, los digo en vos alta y fuerte: disfrutá de la fiesta porque estás entrenada para correr bien y rápido. A la distancia se vislumbra el puente Queensboro que une a Queens con Manhattan. Antes del cruce del puente se ven banderas colombianas, italianas, inglesas y canadienses, todas moviéndose al ritmo de la música rap que viene de los alto parlantes. Rápidamente paso a sentir el contraste con el silencio en el puente… se escuchan los pasos y la respiración de los corredores. Se percibe el cansancio, las piernas un poco pesadas, el ruido de metal con el pasar de las zapatillas. Subiendo la cuesta me pongo a cantar una canción que mis primas en Buenos Aires compusieron para mí y ahí viene el momento más esperado de la maratón de New York, 1st. Avenue. Escucho "forza raggaza, Allez, Allez", con música de fondo, se ven banderas y carteles divertidos, se ve a corredores abrazarse con sus familiares y llorar. Miro para adelante y veoun mar de personas, todas rumbo al Bronx. Leo carteles divertidos “Si Trump se postuló para presidente, vos podes terminar el maratón”. Llegando al Bronx, se puede escuchar a un grupo de coreanos tocando los tambores Buk, su saludo típico para venerar a los atletas. Al salir del Bronx entramos a Harlem, en Manhattan. Nos dan la bienvenida cantando canciones gospel y varios grupos, en las puertas de las iglesias, aplaudiendo y alentándonos antes de entrar a su misa dominical. En este momento un poco espiritual, tengo que decidir si acelero y dejo todo en la pista para llegar a mi meta, o elijo lo más fácil y me quedo en un paso más tranquilo. Los consejos de mi entrenador, el aliento de toda mi familia en Buenos Aires me viene a la cabeza, tengo un par de segundos para decidir cuál será mi destino. Llego a la cuesta en la 5ta Avenida y veo a otros amigos, los miro a los ojos y sé que me quieren transmitir fuerza y coraje. No puedo desperdiciar todo mi entrenamiento ni el privilegio de estar aquí corriendo y decido acelerar aún más mi paso. Estoy en Central Park, voy pasando a corredores de todos lados, argentinos, irlandeses, brasileros, estos últimos me traen más placer, al fin y al cabo es una carrera, no un entrenamiento, y hay que competir. Veo a otra amiga con la bandera y camiseta argentina, inconfundible. La veo sonreír y me dice “dale, dale, vamos, que llegás bajo 4 horas”. Escucho a otras personas gritar mi nombre, desconocidos que me apoyan y acelero mi paso. A casi 200 metros de la llegada me lagrimean los ojos de felicidad, intuyo que logré mi objetivo por segundos: 49 segundos menos parecen nada pero en esta competencia es una eternidad. Alcanzo mi meta, la llegada en Central Park. Miro hacia la cámara, levanto los brazos y sonrío, siento una felicidad enorme al darme cuenta que me pude esforzar y superarme como corredora. Me cuelgo la medalla.

Por Carla D´Aiello, Doctora en Psicóloga (matrícula NY- 015346) y corredora amateur que vive en Nueva York.

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