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Federico Bianchini es un joven periodista y escritor de 32 años. Actualmente edita la revista Anfibia y con su libro "Desafiar al cuerpo. Del dolor a la gloria. El deporte llevado al extremo", de la editorial Aguilar, se sumerge en las sensaciones más íntimas de diez protagonistas para narrar qué le pasa a un corredor como Cristian Gorbea, que depende de lo que puedan hacer por él los rescatistas. O de Damián Blaum, quien a fuerza de brazadas durante más de 8 horas debe luchar para ganar la maratón acuática Hernandarias-Paraná.
Ganador del Premio Nuevas Plumas por un perfil del escritor Roberto Fogwill y Premio Don Quijote por otro del juez Eugenio Raúl Zaffaroni, Bianchini retrata a la perfección a partir de novedosas crónicas escritas como si se tratase de un monólogo interior.
-¿Cómo surgió la idea del libro?
Fue después de una charla con Nicolás Cassese, que en ese momento todavía no era amigo aunque sí era editor de Brando. Comentábamos dos cosas: que los deportes extremos no suelen cubrirse y que las coberturas de deportes suelen centrarse en los resultados de los partidos, las opiniones de los técnicos, pero no en todo lo que hay detrás: el desgaste en el entrenamiento, el control estricto en las comidas, la bronca por no poder ir un sábado al cumpleaños de un amigo, el entrenamiento mental que es tan o más importante que el físico.
La primera de las historias fue la maratón acuática Hernandarias Paraná: 88 kilómetros en el río. Luego siguieron otras: un tetratlón, una carrera de noventa kilómetros, un rescate en el Everest. Y así fueron surgiendo las preguntas: ¿Por qué esas personas hacían eso? ¿Qué las llevaba a exponerse mental y físicamente a ese desgaste? Porque en este tipo de deportes no hay una compensación económica (los premios suelen ser escasos) ni un amplio reconocimiento (los círculos en los que se mueven son reducidos). Son personas que compiten contra sí mismos en una lucha interior y feroz.
-¿Cómo se hace para poner en letras del molde tanta cosa interior de deportistas y atletas que buscan conseguir metas que parecen inalcanzables?
En principio, preguntando, preguntando y volviendo a preguntar. A Damián Blaum lo llamé por teléfono semanas antes de la carrera y le propuse la idea. Le gustó y me tuvo una paciencia increíble, porque además de seguirlo en un bote durante esas casi ocho horas y media junto al fotógrafo Leo Vaca, lo entrevisté dos días antes de la competencia, la noche anterior, unas horas después de haber terminado, a los dos días y dos semanas más tarde. Las entrevistas apuntaban a saber qué le dolía, qué había sentido en tal momento o qué había pensado en tal otro. Me sorprendió descubrir el registro minucioso que Damián tenía de cada uno de los minutos de la carrera; recordaba dolores, sensaciones y pensamientos. La segunda etapa fue la de la escritura: se me ocurrió que la manera más eficaz de contar el sufrimiento de una persona que bracea durante tanto tiempo era narrándolo en primera persona: adoptando su voz. Así, intenté reconstruirla, a través de un artificio narrativo, a medias entre un fluir de la conciencia y el relato de un recuerdo.
-¿Qué te sorprendió de estos personajes que arriesgan todo en cada competencia?
Sobre todo, la capacidad de sobreponerse al dolor (físico y anímico) y de no detenerse frente a las dificultades que se les fueron planteando: ya sea en una carrera de varios kilómetros o en la vida.
Me interesaba mucho conocer las herramientas psicólogicas que usaban frente a un problema. Así fui entendiendo que si aparece dolor, hay que sacar la cabeza de arriba de los hombros, llevarla a otro lugar, generalmente al pasado: pensar en un recuerdo agradable que nos distraiga mientras los músculos se acomodan y el dolor se arrepiente. Porque si seguimos, si no frenamos a descansar e intentamos vencer la barrera que en ese momento parece altísima, nos hacemos más grandes y luego, sin problemas, podemos pasarla por encima.
-¿Por qué decidiste que el último capítulo o epílogo se centrara en el entrenamiento mental?
Creo que la sensación antes de atravesar el muro, como se le llama en el running al momento en el que uno piensa que no da más a pesar de que el cuerpo (aunque no parezca) siga respondiendo, o los ejercicios de meditación que los atletas olímpicos de Yachting hacen sobre una alfombra, pensando en la carrera y transpirando como si estuvieran en el río, también forman parte del deporte: es la parte no narrada. Me pareció interesante, en el último capítulo, poder enunciar lo que, de algún modo, estaba relatado por cada uno de los deportistas en las historias anteriores. Por poner un ejemplo, después de nadar doce kilómetros en una pileta de 50 metros la nadadora María Inés Mato se dio cuenta de que no podía volver a hacer algo tan aburrido como ir y venir, ir y venir. Así, empezó a través de la meditación, a lograr lo que se llaman "alucinaciones controladas". Y cuando nada en una pileta, repite un mantra, se va concentrando y deja de ver los andariveles, las venecitas, el agua clorada: se imagina en un río de agua turbia, camalotes y barcos que la acompañan desde lejos.
Por otra parte, los deportistas de elite entrenan las veinticuatro horas, todo el tiempo piensan cómo mejorar su rendimiento, qué hacer para descansar más o tener más energía y me pareció que eso tenía que estar presente de algún modo en el libro.
-Empezaste a correr, ¿tuvo algo que ver el libro o las historias que en el narrás?
Definitivamente. Creo que ver a estas personas sobreponiéndose a sus dificultades (un hombre que con once operaciones de corazón hace tetratlones; a otro que se anima a correr 80 kilómetros a pesar de que acaba de volver de un desgarro o al que mantiene la calma, solo, en medio de la montaña, esperando que alguien, quizás y con suerte, lo venga a salvar) nos hacen darnos cuenta de que podemos hacer mucho más de lo que hacemos. Nuestro cuerpo está preparado para mucho más de lo que solemos exigirlo.


