

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.

A horas del 25 de mayo, pensé en hacer mi historia. Como siempre, me cuidé en la cena previa, me levanté temprano, miré mi indumentaria y a pesar del frío decidí correr con top y calzas cortas. Viajamos al Sur, más precisamente a Banfield, un club reconocido más por fútbol que por running.
Rápidamente retiré un completo kit y me fui acercando a la línea de largada para concentrarme y tener esos últimos minutos de profunda relajación. Esos segundos antes de una batalla. Una batalla íntima arriba de mis zapatillas. Recordé algunas frases que durante la semana charlamos con mi entrenadora Laura Urteaga, del Running Team La Deportista. Ambas conversamos que en caso de no llover iríamos a buscar mi nuevo récord en 10 k.

Puse mi Garmin en cero y enseguida empezó la carrera. Compartí los primeros lugares de entrada, llevando la punta entre las damas y seguía con la fuerte sensación de que todo estaba saliendo bien. En los primeros cinco kilómetros, mi optimismo y las buenas energías de los espectadores me daban fuerzas para seguir. Todo, con un viento fuerte sobre mi rostro, pero optimista a pleno. A veces, en una carrera, la confianza es buena. Otras, no tanto. En la carrera de Banfield, algo me hacía presentir que las cosas iban a salir mejor de los esperado.
Ya en el km 7, seguía puntera y los tiempos previstos por kilómetro iban dando exactos a lo planificado. ¡Estaba corriendo muy bien! ¡Así lo sentía! No quería adelantarme, pero empezaba a abrirse una sonrisa entre mi dientes apretados... Y, claro... Y mi música preferida sonando a full en los auriculares. Por momentos, sentía que estaba sola, corriendo por las calles de Banfield. Pero, cada tanto, asumía que no era así, que estaba en medio de una carrera que quería que sea mía.
En el km 9 venía el último kilómetro, el más decisivo. Las piernas, más fatigadas. La respiración, más entrecortada. El corazón latía de emoción. Seguía en la punta, empezaba a visualizar el momento de la meta. Allá, por los últimos 500 metros podía ver el arco de llegada. Convencida, siempre con hambre de gloria, ya a esa altura los sueños y la pasión me desbordan. En los 100 metros finales piso fuerte mis zapatillas contra el asfalto y me lanzo al último sprint. Faltaba poco. Mi corazón latía más fuerte. Sentía las pulsaciones que se elevaban. La adrenalina me desbordada. Hasta que escucho al locutor decir: "Felicitaciones, llegó la primera dama". Miro el reloj y marcaba 39m23s. Había quedado primera. Estaba feliz. Si bien el running no es sólo competencia e individualidad, estaba vez sentía que el esfuerzo valía la pena. A veces, uno deja de lado compromisos y, en cierta forma, "imita" (entre comillas, claro) a los atletas profesionales. Se cuida. Descansa y entrena con convicción. Esta carrera me demostró que vale la pena dar todo por un objetivo que me dio un momento de absoluta felicidad.


