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Premiada por la fundación García Márquez, sus crónicas se leen hasta en polaco y el Nobel Mario Vargas Llosa definió sus textos en tres palabras: obras de arte. El periodismo la sube a un avión demasiado seguido, y Leila Guerriero nunca cierra la valija sin acomodar varios libros y un buen par de zapatillas.
Si investiga sobre una ola de suicidas en Santa Cruz o trota calles solitarias de Villa Crespo, si entrevista a la envenenadora serial Yiya Murano o hunde sus huellas en la playa, no importa si escribe o si corre: sus sensaciones se igualan. Una intuición salvaje. Una gran capacidad de enfoque. Una lucidez extrema. “Todo lo que está a mi alrededor”, confiesa Leila, “desaparece”.
¿Qué relación tiene el “bello arte” que le elogió Vargas Llosa con algo tan orgánico y elemental, como correr? A veces, cuando ese arte no es tan bello, hay que escribir igual. Hoy lo vive en carne propia, hace diez días que está sin luz, pero los diarios del mundo no aceptan excusas locales. Abandona su escritorio, su casa, su lugar y se encierra en un hotel barato, entre olor a alfombra vieja y prostitutas. “Olvidate de la preocupación, en el periodismo, te encerrás y escribís”. Sí, escribir puede ser tan físico como correr.
Por otro lado, correr puede ser tan poético como escribir. “Para mí, trotar por el asfalto es como el Caribe; la vereda, en cambio, es Mar del Plata con tormenta, es una guitarra que desafina”. A veces no hay opción, y Guerriero tiene que pasar de la calle a la vereda, y lo siente en la piel: “es ir nadando por un mar cálido y de pronto entrar en aguas frías”. Si, correr puede ser tan artístico como escribir.
El circuito que transita la escritura es arduo, por momentos aburrido. Cuando todo se ordena y se encuentra la nota justa para la musicalidad del texto, es un placer. Hasta que uno entra en estado de suspensión, como “sobre el nivel del piso”, correr también es tedioso. Pero al final, los trotes pagan. “Es como si fueras carpintero” ilustra Leila, “y hubieras terminado una mesa”.
No tiene pulsómetro, GPS ni remeras técnicas. “Me gusta salir a correr y listo”. Y el mismo espíritu corre en su prosa. “Es mi manera de ver la escritura: disciplina, voluntad, ascetismo”. Leila regresa de trotar llena de ideas y sigue corriendo, pero hasta la computadora. Teme que algo de todo eso marea de esfuerzo y creatividad, se le escape.
Le gusta saber que su cuerpo, cuando lo necesita, la puede salvar. Una vez, en un recital de los Rolling las piernas la alejaron de la policía. La historia se repitió en una fiesta en Bahía. “Cuando la policía te corre, gritando en portugués, no da para pararse a preguntar”.
En una cinta de hotel al resguardo de la ciudad más insegura del mundo, Caracas, dentro del smog insano de Santiago de Chile, o perdiéndose por las calles que caminara Cervantes, en Alcalá de Henares, Leila corre y escribe. “Disfruto descubrir las ciudades de ambas formas”. También lee sobre correr. En sus talleres de escritura, suelen analizar “Correr” sobre el campeón olímpico checo Emil Zátopek. “Una gran construcción de vida”, define. También disfruta de Haruki Murakami, aunque a Guerriero, “De qué hablo cuando hablo de correr”, le pareció su obra menos interesante. Frunce la nariz: “Muy técnico”.
Entre sus libros, -para alegría de nuestro staff- se apilan ejemplares de LNCorre. “No sé nada de entrenamiento, si alguna vez leí algo del tema lo saqué de la revista”. Guerriero ríe. “Eso sí: jamás lo apliqué”.

