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El tono de voz, sus frases, son como latigazos de la memoria. Alfredo Prada tiene las manos forradas de recuerdos que brotan desde cada arruga. El pelo es un jardín nevado por el tiempo; la mirada, una ventana por la que se expresa la historia. Prada se mueve lentamente por su sencillo departamento de Núñez, mientras a su alrededor, como celosos centinelas, observan unas pocas viejas fotos de incalculable valor afectivo. Como esa en la que le brilla la bata ante el saludo sonriente de Juan Domingo Perón. Decir Prada es decir leyenda, pero de esas que la suerte hace que se pueda aún charlar, abrazar, admirar. Constituyó un pilar fundamental del boxeo de los años 40 y 50, sustentado sobre todo en el histórico antagonismo con José María Gatica, en una época en la que el boxeo abrazaba la popularidad en nuestro país.
Se quita unos grandes anteojos y ensaya la típica guardia boxística. Bromea como un chico. Como si tuviera la capacidad de correrse cuando se le da la gana de los 80 años que cumple justamente hoy. Ochenta años. Ni se inmuta. Ni siquiera cuando se le agrega un dato no menor: Prada es el mayor de los campeones argentinos vivos. "No me siento ni un símbolo ni un ídolo. Soy una persona normal", se ataja.
Detrás de la popularidad, de años de estadios llenos y de fanatismos en favor y en contra, Prada guarda una singular historia en relación con su infancia en Villa Constitución, Santa Fe, y su llegada al boxeo.
Nació con una malformación física por culpa de la poliomielitis: su pierna derecha mide seis centímetros menos que la izquierda. Pero él se ríe de su renquera y aporta otro dato decisivo de su vida. "A los ocho años me rompí la cadera y estuve varios años enyesado. Tuve que hacer algo para volver a caminar. Me sentía un inútil. Hasta nadé en el Paraná para curarme... Pero igual vivía acomplejado y disminuido físicamente. Entonces, empecé a practicar boxeo", dice y se prende un cigarrillo, su único vicio, mientras Olga, la mujer que lo asiste, lo reprende con indulgencia.
Se vino a Buenos Aires y se radicó en Pompeya. Dejó lejos a su padre (capataz en los ferrocarriles), su madre (ama de casa) y a sus siete hermanos. Y buscó aprender en el ya mítico Almagro Boxing Club, el trampolín que lo llegó a dejar gente en la calle cuando se presentaba en el Luna Park. Cuenta que con lo percibido de la recaudación de una noche de Luna colmado podía comprarse "una casita".
Los ojos se humedecen cuando recuerda a Alcira, el amor de su vida, fallecida hace tres años y con quien tuvo dos hijos, que años más tarde lo rodearon con tres nietos.
-¿Qué le dejó el boxeo?
-El boxeo fue ciento por ciento bueno para mí. Eliminó mis complejos y me dejó buen dinero. Defiendo al boxeo, pero creo que hay que educar al boxeador. Aunque es una profesión brava.
Se lo consulta sobre quién fue la mejor persona que conoció en el ambiente. No duda y lanza la humorada: "El que menos me pegó", dice, y va en busca de una gran carpeta que atesora viejos recortes y fotos suyas. Se queda mirando y cuesta regresarlo a la charla. Los ojos de Prada viajan al pasado ante cada foto. "Raramente los veo", admite.
Muestra también el invalorable cinturón de campeón argentino que recibió en 1956 y señala que no tiene ni un guante de aquellos años: "Hace un tiempo vino una persona que dijo que era periodista. Me los pidió y nunca me los devolvió".
Evoca su campaña en los Estados Unidos, en 1949, cuando se entrenó en el mismo gimnasio que Rocky Marciano. "Marciano era como una montaña. Me entrenó su técnico, Charlie Goldman, que le decía a Rocky que siguiera el movimiento de mis piernas cuando hacíamos sombra frente al espejo".
Brinda un abrazo con la caballerosidad que siempre fue su marca registrada. Prada se asoma a la puerta y vuelve a ponerse en guardia. Hoy cumple 80 años, pero no se priva de guiñarle un ojo a su propia leyenda.


