Alejandro “Colo” Gattiker, una vida con el tenis: el recuerdo de su hermano Charlie, charlas con McEnroe y Connors, la Davis y viajar por el tour en los 70 y 80
A los 67 años y radicado en el país desde hace tres, después de haber vivido en Suiza, rememoró los momentos más valiosos de su carrera, junto con Batata Clerc, Vilas y su hermano fallecido por ELA siempre presente
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Con sólo citarse, el de los Gattiker es uno de los apellidos que despiertan automáticamente una inevitable referencia deportiva. Roby en el pádel, Charlie y Alejandro en el tenis, construyeron una historia muy rica, cada uno en su tiempo, actividad y función. Este último, Alejandro, el Colorado, que en mayo cumplirá 68 años, se mantiene medido y afable, apasionado por la pelotita y las raquetas, disciplinado y organizado, como cuando recorría el mundo siendo entrenador (de Alberto Mancini, Hernán Gumy, Lucas Arnold Ker, Daniel Orsanic, Mariano Hood y Mariano Zabaleta, entre otros) o era capitán del equipo argentino de Copa Davis en dos períodos, en 1989/1990 y 2002 (también en la famosa y violenta serie de los sillazos ante Chile, en 2000).
Luego de vivir, con su mujer, Adriana, durante un tiempo prolongado en Ginebra, Suiza, donde nacieron los tres hijos de la pareja (Marc, Kurt e Ian), hace casi tres que volvió a radicarse en el país. Algo alejado del tenis profesional, con sus ocupaciones, las constantes escapadas al río desde San Fernando (otra de sus pasiones) y el disfrute como abuelo (de un chico de once años que juega al tenis, en Hacoaj y Centro Naval), poco a poco se fue reencontrando con antiguos compañeros de ruta y rincones por los que caminó durante su infancia.

“¡Hacía muchos años que no venía al club!”, celebra Gattiker, en compañía de LA NACION, durante una soleada mañana, al pisar el polvo de ladrillo del Florida Tenis Club. Sus padres, Carlos (médico anestesista) y Edith (ama de casa), vivían a pocas cuadras de allí y fue en ese club del partido de Vicente López donde tomaron las primeras clases y se formaron, hasta que Charlie y Alejandro alimentaron el crecimiento en los courts del club San Fernando. “Llegué hace un rato y me abracé con tres o cuatro que conocí de aquellos tiempos, como con Carli (Criado, presidente del club), que era amigo de mi hermano y uno de los que jugaba al bridge con él cuando ya estaba enfermo y no podía moverse mucho”, se emociona Alejandro, recordando a Charlie, fallecido en 2010 tras luchar durante trece años con una esclerosis lateral amiotrófica (ELA).
“El ex Colo”, como apunta el propio Alejandro, riéndose de las canas que hoy cubren su cabellera, fue 130° en singles en 1981 y 70° en dobles el mismo año. Se retiró joven, a los 25. Su gran profesor, dice, fue Jorge Cerdá, en San Fernando. En 1974, con su hermano Charlie, fue uno de los juveniles seleccionados para el Centro de Entrenamiento ideado por Enrique Morea y la Asociación Argentina de Tenis (AAT), en el club Belgrano Athletic, donde también participaron José Luis Clerc y Fernando Dalla Fontana, entre otros. Jugó ante figuras como Mats Wilander, Manuel Orantes, Vitas Gerulaitis e Illie Nastase, a quien venció (7-5, 3-6 y 6-4), en la primera ronda del Abierto de Chile de 1981, en Viña del Mar.
“Todavía hoy me cuesta creer que le gané a Illie. Me acuerdo de que terminó el partido y le digo, cargándolo: ‘Illie, ¿a qué hora te acostaste anoche?’. Tenía confianza, porque él era muy amigo de Batata. Jugué bárbaro, pero no le podía ganar nunca a Nastase. Se mataba de risa”, recapitula Gattiker, 45 años después.
-¿Cómo era viajar por el tour en los 70 y 80?
-Nos íbamos por cinco o seis meses. Las comunicaciones eran casi inexistentes. Nos despedíamos de nuestros padres y nos decían: “Llamen en el cumpleaños”. Con Adriana, mi mujer, con la que hace 50 años que estamos juntos, pasamos por todas las etapas: las cartas, el fax... ¡El teléfono era carísimo! Ella me mandaba las cartas con números, así yo las leía en orden. Nos íbamos adaptando a todo, a los viajes, a cómo organizarnos para llegar a los torneos. Ayudó que salí de acá defendiéndome con el idioma, porque fui a un colegio bilingüe. Hoy hablo cinco idiomas. Además de castellano e inglés, francés, italiano y portugués, pero no es ningún mérito hablarlos cuando estuviste 35 años vagando por todos lados; es sólo prestar atención y te las rebuscás. Yo era conocido entre los chicos de mi generación porque en el raquetero siempre llevaba un botiquín que me preparaba mi padre: tijera, desinfectante, gasas.
-¿Alguna vez tuviste miedo en un viaje?
-Miedo no, pero sí fue chocante cuando volvimos a la Copa Galea en 1978, un año después de ganarla, y fuimos a Checoslovaquia, todavía con la Cortina de Hierro. Ahí estaba (Ivan) Lendl y perdimos. Me acuerdo del lugar, de la opresión, de ver las colas enormes de gente en las panaderías, buscando alimentos.

-¿Tuviste vínculo con Lendl?
-De vernos en los torneos. Yo jugué al tenis casi a otro deporte del que él jugaba (sonríe). Tuve más onda con McEnroe que con Ivan. John fue el primero que me consiguió un contrato de raquetas, en 1976, cuando fui al Orange Bowl. “Alejjjandro”, me decía siempre. Es un año menor que yo. Tuvimos buena onda, con Lendl también; nos conocimos de pibes. John siempre fue un tipazo, un personaje macanudísimo. Hace mucho que no lo veo. Me alejé bastante del mundo del tenis y uno va perdiendo contacto hasta con los más cercanos.
-¿Cuál fue la mente más brillante del tenis que conociste?
-Al tipo que iba a ver jugar y me fascinaba era McEnroe. Me había ganado en el Buenos Aires Lawn Tennis en un torneo de juveniles, me había impresionado y me gustaba lo que hacía en una cancha. Era de los pocos que iba a ver para estudiar lo que hacía. Cuando sos joven no mirás tanto a los demás, pero McEnroe era distinto. Otro tipo con el que tuve la suerte de tener unas cuantas charlas y admiré en su parte mental fue con (Jimmy) Connors. Fue cuando yo entrenaba a Luli (Mancini), porque a él le encantaba practicar con Luli y compartimos charlas, comidas. Siempre tuve la costumbre de preguntar y con él lo hice. Le preguntaba sobre momentos, situaciones y el tipo estaba cómodo.
-¿Era muy egocéntrico?
(Piensa)-Hablábamos de él, obviamente. Todas las figuras enormes tienen que tener un ego grande, porque, si no, hay cosas que no pueden alcanzar. Era muy divertido hablar con él y transmitía mucha energía. Luli tenía dos derechas, era una bestia y Connors disfrutaba mucho entrenándose con él.
-A los jugadores, el tenis de elite les da acceso a artistas famosos, políticos, reyes, grandes empresarios. ¿A quién conociste?
-Es impresionante el acceso que te da, sí. Con Alberto de Mónaco tuve una situación curiosa. Estábamos en Montecarlo, no recuerdo a qué jugador entrenaba en ese momento. Caminando por la parte de arriba del club, de repente me gritan: ‘¡Monsieur Gattiker!’. El tipo que estaba encargado de las relaciones públicas del Príncipe Alberto era casado con una argentina, me conocía de cuando había sido capitán de Copa Davis y me reconoció. ¡Me dijo que quería presentarme a Alberto! Fue muy divertida la situación; el mundo al revés. Después, estuve en un backstage con Bon Jovi en Londres. Súper macanudo; a esos flacos, cuando los sacás del escenario, son terrenales. Después, sí, estuve con más de un presidente por mi trabajo en la Copa Davis.
-¿Qué significó Guillermo Vilas?
-Un ejemplo de trabajo. Yo estaba queriendo empezar con algo en el tenis y Guillermo ya ganaba campeonatos. Por un error de cálculo no fue número 1 del mundo, pero es ridículo que no lo haya sido habiendo ganado tanto. Era un monstruo. No era un tipo que tuviera un trato muy cercano con nuestra generación, nuca hemos sido amigos, siempre ponía un poco de distancia y tenía sus cosas, estaba en lo suyo. Pero lo mirábamos y lo disfrutábamos. Pasé algunos momentos agradables con él: cuando se soltaba, se ponía a hablar bastante. Fue enorme, el que cambió el tenis acá y un ejemplo para cualquier tipo de deportista. Un laburante extremo. Estaba muchas horas adentro de la cancha. Tuve mucho vínculo con Ion (Tiriac, entrenador del Poeta) y siempre me decía que Guillermo trabajaba en serio. Iban pasando los sparrings por la cancha; uno solo no alcanzaba. Los tiempos cambiaron, pero aquella era una intensidad de pelota y de concentración muy fuertes. Tenía un gran carisma.
-A Clerc le llevás tres meses y sí fuiste amigo desde chico. De hecho, él contó que tu familia lo llevaba de vacaciones y lo alojaban en tu casa.
-Fue como un hermano. La vida nos fue alejando un poquitito, pero si nos vemos ahora, nos damos un gran abrazo. Él era una máquina de hacer bromas y, algunas de ellas, pesadas (sonríe). La pasamos muy bien en la juventud. Él era bastante gordito de chiquito, algo torpe y por eso mi hermano Charlie creo que fue el que le puso el apodo. ¡Pero cómo jugaba al tenis ese muchacho!
-¿Cómo jugaba?
-Tenía una pegada tan limpia de derecha y de revés… Físicamente era muy fuerte, pero tenía un timming fenomenal. Su tiro era una piedra. De chiquito las tiraba todas afuera, pero cuando empezaron a entrar… te perforaba. Tenía una velocidad media muy alta para la época y jugando con una raqueta Rossignol de madera, imagínate. Era un tipo muy fuerte, bajó a todos los grandes.
-Viviste de cerca la época de las peleas entre él y Vilas.
-Totalmente. Pero no voy a decir nada (sonríe). Lo que sí digo es: ¡cómo cambió la historia cuando lo escucho ahora hablando con tanto cariño de Guillermo! Y está bien, porque es la vida. Era un horror ver que jugaran juntos en dobles y no se hablaran.

-Con Batata, Dalla Fontana y el chileno Pato Rodríguez como capitán, en 1977 ganaron, por primera vez para el país, la Copa Galea, una suerte de Copa Davis Junior. Y venciendo en la final por 3-2 a Francia, que tenía a Yannick Noah.
-Fue muy lindo. Con Batata levantamos un dobles en el que perdíamos dos sets a cero (a Dominique Bedel y Noah por 2-6, 4-6, 7-5, 6-1 y 6-4). Tuve el famoso secreto del dobles: tener un buen compañero (lanza una carcajada). Fue un gran logro, éramos muy chicos, en ese momento no tomás dimensión. Fue un lindo momento de complicidad de los cuatro. El Pato era el director nacional, el encargado de dirigir al equipo argentino masculino cuando viajaba, en la época de Morea. Era coach de todos, después se abrió y se quedó con Batata; lo bien que hizo (vuelve a sonreír). Era un gran entrenador.

-¿El lugar más mágico en el que jugaste fue Wimbledon?
-A mí, como buen argentino, Roland Garros me hacía temblar un poco las piernas. La mística de Wimbledon es impresionante, pero a Roland Garros lo tengo muy arriba. Fui más como entrenador que como jugador. Tenía 25 años cuando decidí quedarme en Suiza para formar familia: tuve un ofrecimiento de trabajo, estaba 160° del mundo, casado hacía dos años y con mi mujer decidimos encarar esa vida desde allá. Nuestros hijos nacieron allá, pero siempre con la idea de volver a Argentina. En Suiza vivimos desde finales del 83 al 88.
-¿Cómo era jugar con tu hermano Charlie?
-Al lado de él, un placer. En contra de él, no podía: me tenía de nieto desde chico. Tenía una relación… No nos enojábamos nunca. Él era dos años mayor que yo, viajamos muchos años juntos y nos conocimos a la perfección. Nada lo hacía enojar; fue un personaje maravilloso. Jugamos un montón de dobles juntos y nunca nos peleamos. Era un gran competidor, tenía constancia. Y afuera de la cancha era todo. Fue mi mejor amigo. Íbamos de vacaciones con nuestros padres, mi hermana, mi hermano y todos nuestros hijos: los veranos eran en Necochea y Ascochinga, en Córdoba. Nos arreglábamos para estar todos juntos. De chiquitito nos embarcábamos, íbamos a pescar. También jugábamos al golf.
-El ATP de Buenos Aires año tras año entrega el Premio Charlie Gattiker destacando el esfuerzo y la dedicación del jugador. ¿Qué te genera?
-Me encanta, me emociona. Fui los últimos dos años a presenciar el momento. Antes no porque estaba viviendo afuera y no daban los tiempos, pero ahora sí. Es fuerte para mí. Mientras lo sigan entregando, ahí estaré.
-¿Cómo viviste el tiempo en el que luchó con la enfermedad?
-Fue durísimo. Durísimo. Fueron trece años. Yo la pasé pésimo… pero había que seguir y en honor a él (se le humedecen los ojos, se le hace un nudo en la garganta y detiene el relato por unos segundos). De las pocas cosas que él podía hacer cuando estaba imposibilitado de moverse era jugar al bridge, entonces se armaba y, si bien yo viajaba, cada vez que podía me sumaba. Todos los sábados era algo religioso juntarnos con mis padres, mi hermana, sus hijos, que tuvo tres varones. Dos son profesores de tenis, en este momento, en Hacoaj. Mi nieto está entrenando con ellos. ¡A ver si zafa el apellido Gattiker y sale uno bueno! (sonríe). Le gusta, es hijo de Kurt, mi hijo del medio. En los últimos cinco, seis años, se me fueron dos hijos a vivir a Suiza. Nuestro país estaba un poco desordenado, me dijeron si los bancaba que se fueran y les dije que sí, con todo el dolor del alma porque sé que es difícil que en el futuro vuelvan.

***
El Colorado Gattiker tuvo una carrera más destacada y extensa como entrenador que jugador. En 2000 fue director de la Escuela de Alto Rendimiento de la AAT, que funcionó durante años en canchas cedidas especialmente por el Buenos Aires Lawn Tennis Club a la Asociación.
“Fue una etapa preciosa, idea de Enrique [Morea], que hizo mucho por los tenistas de mi generación, como también Horacio Billoch Caride y el Profe Belfonte. Tuve dos épocas en la Escuela Nacional: como alumno, que se hacía en el Belgrano y después en el Tenis Club Argentino de Olivos. Y después, cuando fui director, en el Buenos Aires, donde teníamos un lugar para entrenar, con cuatro canchas y, si necesitábamos más, la usábamos. Yo entré después de Tito Vázquez. Fue muy importante, porque se juntaba un montón de gente, había un grupo estable, aparecían profesionales que quedaban colgados y tenían dónde entrenarse y jugaban con los juveniles. Ahora no hay un centro, es todo itinerante”, dice Gattiker.
-El centro nacional es una cuenta pendiente de todas las gestiones.
-Qué lástima, qué lástima... Yo viví esas tres épocas en las que había un lugar especial de la Asociación para entrenar. Les servía a todos.
-¿Está bien que en Argentina se siga formando a los jugadores sobre polvo cuando la mayor parte del tour se juega en cemento?
-Es que tenemos un problema de infraestructura. Obviamente que sería mejor, pero no hay canchas de cemento. Hoy las superficies se han emparejado muchísimo. Antes ibas a jugar en indoor y era hielo. En el pasto, como me decía [Jeremy] Bates [británico, 54° del mundo en 1995], no la podías dejar picar. Me decía: ‘Colo, en el pasto hay sólo un secreto: tiene que picar una vez, en la devolución de saque’. No se podía jugar de atrás. Han cambiado las velocidades. Sería mejor que acá se jugara más en cemento, pero no se puede por una cuestión de infraestructura. Vas a los clubes y casi no ves canchas de cemento.

-Como capitán de la Davis conviviste con los jugadores de la Legión. ¿Qué fue lo mejor de esa camada?
-Fue maravilloso. Tuvimos cuatro top ten. Un nivel altísimo de todos y podían ganar casi cualquier torneo. Fue un sueño. Parecía normal que llegaran todos los fines de semana a las finales, pero no era normal.
-¿Por qué no se pudo ganar la Davis?
[Suspira y piensa] -Qué fuerte es la Copa Davis. A mí siempre me gustó y me atrapó la manera antigua de jugarse, el formato clásico. Lo que tuvo siempre la Davis es que las fechas fueron a contramano del circuito. Pero, ¿por qué no se ganó? Hubo una chance muy importante en la que todos pensamos que se daría [se refiere a Mar del Plata 2008, ante España]. Yo estaba en la cancha y me tuve que levantar e irme de la bronca que tenía. Se dio todo para ganarla. Te juro que me levanté y me fui, porque me estaba sintiendo mal por todas las cosas previas que habían pasado. Había entrado en el vestuario y el ambiente se cortaba. Esa Copa era nuestra: se baja Rafa [Nadal], David gana el primer punto con paliza a Ferrer… La Davis siempre será muy especial.

-Te tocó ser el capitán interino en la serie de los sillazos en el Parque O’Higgins de Chile cuando Franco Davin, que era el conductor, se tuvo que ir por un severo problema de salud del papá.
-Fue un momento muy feo. Cada vez que veo la foto abrazando a Mariano [Zabaleta]… Al padre de Mariano le dieron como 17 puntos en la cabeza, Maqui [Javier Maquirriain, el médico] le cosió la cabeza. Yo en ese momento entrenaba a Gumy, Prieto y Hood, que eran los jugadores del equipo, más Zabaleta, que estaba con Infantino de entrenador. Yo estaba en Chile. Y cuando Franco se tiene que ir, por un problema de salud del papá, me dijeron: ‘Colo, metete vos en el banco’. En la previa no notamos nada, pero ahí adentro sí. Nos gritaban, pero más que eso había mucha agresión. Con la gente habló el Chino (Ríos), el Pato Cornejo (capitán de Chile) y nada. Nos habían tirado las monedas de cien pesos chilenos, que eran enormes. Yo me quedé media hora en la mitad de la cancha, rodeado de policías. Porque tras la agresión a Zabaleta el equipo se fue en medio del caos. Fue fuerte.
-¿Temieron por sus vidas?
-Yo soy raro: cuando hay una situación así trato de verla bastante tranquilo. Pero no podía entrar en el vestuario. Cuando finalmente pude hacerlo me encontré con un ambiente sombrío, Maqui diciéndome que había tenido que coser al papá de Zabaleta, los chicos muy tocados. La serie no podía continuar; los chicos estaban vacíos. Yo hablé con ellos, les dije que lo más probable era que perdiéramos la serie si nos íbamos, pero no había manera de jugar, ni siquiera a puertas cerradas. No podía exponerlos a nada. Dentro de la parte tenística, habrá sido la más violenta que pasó en la historia. Recuerdo muy bien la lluvia de botellas y monedas. Después nos fuimos al hotel con custodia policial, al día siguiente con custodia al aeropuerto. Fue un capítulo negro.
-Fuiste capitán en las semifinales contra Rusia en Moscú 2002…
[Interrumpe]-¡Me hubiese encantado que se jugara con Ojo de Halcón! Ahí Gasti [Gaudio] se me volvió loco y no lo pude volver al partido. Me dice: ‘Colo, te juro que fue adentro’ [el Gato tuvo dos match points ante Yevgeny Kafelnikov en el quinto set, sacando 5-2, y el segundo punto de partido fue una derecha sobre un fleje que el juez de línea cantó como mala]. Yo me levanté, protesté, pero sin Ojo de Halcón no podías hacer demasiado. El dobles fue una cosa de locos [Arnold Ker y David Nalbandian, debutando en la Davis, vencieron a Marat Safin y Kafelnikov en cinco sets; Rusia ganó la serie por 3-2]. Tuve grandes momentos en la Davis y no quería que sacaran los partidos a cinco sets, porque eran la esencia.

-Entrenaste a Orsanic, que terminó siendo el capitán del título, en 2016.
-Totalmente. Fui entrenador de entrenadores (sonríe). A unos cuantos: a Luli, Piper (Prieto), Hood… Orsa, divino. El día de la final en Zagreb contra Croacia yo estaba viviendo en Ginebra, sentado frente a la TV y le digo a mi mujer: “Adri, vamos a ganar la Davis, empecemos a abrir champán”. No lo podía creer. Terminé abrazado con mi señora. Lo viví muy fuerte. Necesitaba que mi país ganara la Davis y, encima, con ellos, Orsa y Hood, dirigiéndola. Dani es un tipo muy inteligente, trabajador y manejó muy bien las cosas. Hubo un montón de chicos que han aportado y él logró algo importante cuando estás en un banco: que todos los chicos que jugaron, respondieran. Todos tuvieron importancia. Sin Del Potro es probable que Argentina no ganara la Copa, pero sin los otros chicos, tampoco.
-¿Qué te dejó tu experiencia de vida en Suiza?
-Siempre fui muy familiero, Argentina me encanta y por eso volví. Pero Suiza es otro tipo de país. Es muy organizado, sabés lo que va a pasar, es previsible en todo. Si bien el mundo viene cambiando y no es lo que era hace treinta años, es diferente. Primero volví al país en el 88, estuve viajando un par de años con una tenista suiza, después viajé con Luli, mis hijos estaban creciendo, decidí volver a Buenos Aires. El último jugador profesional que agarré fue Nico Lapentti, hasta 2006. Dejé de ser coach porque tenía un amigo que tenía dinero, trabajaba en un banco y me propuso que siguiera en el tenis a su hijo, al mío y al de un amigo en común para ver si tenían chances de insertarse en el circuito. Le dije que sí, pero al año y un mes hicimos una reunión y les dije: ‘Chicos, a estudiar’. Empecé a trabajar en relaciones públicas en el banco. Iba y venía bastante. Quise seguir aprendiendo, pero me quedé hasta que me jubilé y ahora hace casi tres años que estoy acá.
-¿Cómo fue el surgimiento de Federer en Suiza?
-Se dieron algunas cosas. En ese momento se dio un gran trabajo de la federación suiza, con el sueco Peter Lundgren y el australiano Peter Carter. En mi época, cuando viví los casi seis años en Suiza, entrené a Marc Rosset (9° en 1995). A veces se dan las casualidades. En esa época tuvieron a Rosset, Jakob Hlasek y Martina Hingis. Y apareció Federer. A veces los grandes campeones nacen y salen, pero si tenés una estructura fuerte y entrenadores como Lundgren y Carter, mejor. Esos dos tipos fueron excelentes personas. Nunca tuve demasiado trato con Roger. Siempre fue educadamente perfecto, lo he saludado, hemos hablado. No lo conocí de adolescente, sino de grande.
-¿Fue el mejor que viste?
-Es muy difícil hacer comparaciones… Ahora estoy viendo a Alcaraz [sonríe]. Apareció este flaco, le he visto hacer cosas a una velocidad increíbles.
-Tito Vázquez dijo, sobre el tenis moderno, que si bien la mayoría sentenciaba que estaba tan rápido que no había tiempo de pensar, apareció uno rápido que sí lo hace, quemó todos los libros y crea, como Alcaraz.
-Me parece una gran expresión. Es tal cual. Coincido con Tito. Hubo mucho tiempo en el tenis en el que se pegó muy fuerte y se hacían menos jugadas. Y este chico es rápido, pero cambia trayectorias, alturas, velocidades, juega a once mil por hora y hace un drop. Yo siempre fui pro Rafa Nadal, es algo que vino desde que entrenaba a Luli, que era cercano a Carlitos Costa, el manager de Rafa. Un día Carlitos me dice: “Colo, vení a ver a este pibe, decime qué pensás”. Tenía catorce años, creo. Fui a verlo y era una locura. Se movía igual, saltaba igual, híper nervioso. Después creé una relación con Rafa. Me ve y me dice: “¡Colo!“. Es un tipo bárbaro, lo traté mucho más que a Roger.
-¿Ganar 14 veces Roland Garros es el mayor hito de la historia del deporte?
-Es impensable. Es una locura. Es difícil comparar épocas y deportes. Tiger Woods, Michael Jordan… Yo qué sé. Pero lo que hizo Rafa es una locura. ¿Cómo podés ganar 14 veces Roland Garros? Pero, ojo, veo los récords de Djokovic y me produce escalofríos. ¿Cómo puede ser tan bueno? Tiene casi 39 años y sigue compitiendo de igual a igual. Ha seguido evolucionando con la edad: tiene un saque que es mejor que el de antes y el responsable de eso fue [Goran] Ivanisevic, cuando lo entrenó. Los tres se han ido potenciando, mejorando. Lo que más me asombra de Djokovic es la cabeza.
-¿Qué ves en el día a día del país, en la sociedad?
-No quiero meterme en política. Pero… (piensa) veo a Argentina más encaminada que antes, hay pautas más claras. Si bien vivir me sale dos veces y medio más en dólares que cuando me vine hace tres años, pero no me quejo, prefiero que esté más organizada y espero que esto salga adelante. Falta, falta. Me gustaría que mejorara, además, para que exista la chance de que mis hijos vuelvan acá, porque, si no, no van a volver nunca más.
-¿Qué representa el tenis en tu vida?
-El tenis es todo. Mi familia es todo, obvio. Pero en lo deportivo el tenis me encantó, fui un apasionado y lo volvería a elegir, definitivamente. Mis chicos se ríen, porque es más fuerte que yo: voy a ver a alguien y ya estoy pensando ‘esto me gusta, esto no me gusta, qué cambiaría’. Tengo los rayos X. Quizás estoy mirando por TV y me surge decir que deberían variar más. Fui de una generación que estuvo a favor del slice y de hacerla picar bajo. Alcaraz reúne todas las cosas. Fui hincha de esas jugadas. El slice más fino y lindo de ver fue de Juancito Aguilera, un español que fue top ten. El de Feli [López], el de Roger… El slice es algo que te permite cambiar de defensa incomodando al otro. Antes, el cambio de altura se trabajaba más que ahora, que la pelota viene a mil por hora. Ahora es fium, fium, fium. Soy de otra generación, jaja.
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