Arthur Ashe: un legado más grande que el estadio del US Open

Sebastián Torok
Sebastián Torok LA NACION
Arthur Ashe, el primer afroamericano campeón de Wimbledon (en 1975), falleció en 1993 al contraer VIH/sida
Arthur Ashe, el primer afroamericano campeón de Wimbledon (en 1975), falleció en 1993 al contraer VIH/sida Fuente: AFP
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22 de agosto de 2019  • 00:01

Es tan cierto que el Arthur Ashe de Nueva York es el estadio más grande de tenis del mundo, con capacidad para 23.700 espectadores, como que es el escenario más bullicioso de ese deporte. El court central del US Open, último Grand Slam de la temporada (comenzará el lunes), es una caja de resonancia en el que la efervescencia de la gente -y la inclinación al consumo de todo tipo de alimentos y bebidas- amplía los sonidos a niveles altísimos, sobre todo en los partidos nocturnos, donde el show se potencia. Es probable que, durante Flushing Meadows, muchos de los que asisten en cada jornada a ese gigante de concreto del Billie Jean King National Tennis Center no sepan quién fue Arthur Ashe. O, al menos, no conozcan su lucha, su legado. Nacido el 10 de julio de 1943 en Richmond, Virginia, fue el único hombre afroamericano en lograr el trofeo de Wimbledon (en 1975, al derrotar en la final al por entonces número 1 del ranking, Jimmy Connors). Ganador de la Copa Davis en varias oportunidades, también fue el campeón del primer US Open abierto a jugadores amateurs y profesionales, en 1968. Sin embargo, su obra fue más valiosa que todos sus éxitos deportivos. Promotor de la igualdad, combatió el racismo en EE.UU. y el apartheid en Sudáfrica. Fue símbolo, bandera y voz.

"Arthur me dio la paliza más grande de mi vida. Fue en 1978, en mi primer Roland Garros, en la cancha central. Me ganó fácil (6-2, 6-4 y 6-4). Solo le faltó el canasto y música", sonríe José Luis Clerc, ante LA NACION. "Arthur jugaba con ángulos tremendos, se te metía en la cancha y todas las voleas eran cruzadas y cortas. Cuando sacaba, lo hacía abierto y con efecto; tenías que buscar la pelota 50 metros hacia afuera", aporta Batata, 4º del ranking en 1981. Doce años antes de aquella exhibición en París que Clerc no olvida, Modesto "Tito" Vázquez tuvo un primer encuentro con Ashe. Fue en Buenos Aires. "Vino a Argentina para jugar el campeonato de la República, en 1966. Lo hizo como integrante de un equipo de Copa Davis de Estados Unidos que utilizó el torneo como entrenamiento para después competir con Brasil, de visitante y en cancha de tierra (fue en Porto Alegre, por las semifinales del Inter-zonal; ganaron los locales 3-2). Yo tenía 17 años, era el mejor junior argentino. Me tocó Ashe en la primera rueda y me ganó en dos sets", dice el excapitán del equipo nacional de Copa Davis. El destino volvió a unir a Vázquez y a Ashe. Fue en la UCLA, la universidad de California. En tiempos distintos, fueron becados allí.

"Cuando estuve en la UCLA él ya había terminado, pero venía de vez en cuando a entrenarse. Lo admiré: era elegante, espigado, ágil, jugaba con anteojos, tenía un saque muy rápido, muy buen revés. Pero más allá de eso, se involucró en los problemas raciales; en esa época estaban fuertes las Panteras Negras (movimiento que defendía los derechos de los negros), pero él no militaba. Siempre iba a países pobres, a África, colaboraba mucho. Descubre a Yannick Noah en Camerún, en uno de los tours que hacía para promover el tenis. Fue una suerte de embajador. Era culto, estudioso, leído. Tuvo momentos de felicidad, se enamoró de una mujer que era una fotógrafa conocida (Jeanne Moutoussamy)", ilustra Vázquez, que en 1975 vio en vivo, en el All England, la victoria de Ashe sobre Connors por 6-1, 6-1, 5-7 y 6-4. "El triunfo contra Connors fue una especie de combate. Jimmy había nacido en una zona bastante racista de Estados Unidos (en East St. Louis, Illinois). Él no era racista pero había vivido esa niñez en la que se odiaba a los negros y había pica. Ese triunfo fue importante".

Ashe, encumbrando el trofeo de Wimbledon, luego de vencer a Jimmy Connors en la final de 1975
Ashe, encumbrando el trofeo de Wimbledon, luego de vencer a Jimmy Connors en la final de 1975 Fuente: AFP

Ashe vivió en los tiempos del movimiento de los derechos civiles con Martin Luther King. Y esa independencia que marca Vázquez al acotar que no militaba en partidos y que él era el mismísimo impulso, quedó graficado en "Levels of the game (Los niveles del juego)", un libro escrito en 1969 por John McPhee, ganador del Pulitzer. "Debido a su color de piel, mucha gente espera de Ashe que sea algo más que un jugador de tenis; le exigen que sea, en términos generales, un líder. Cuanto más gana, más palabras o gestos se esperan de él. La prensa negra lo ha criticado por no hacer suficiente por la causa. En repetidas ocasiones le han ofrecido participar en huelgas y piquetes y se ha negado. Los activistas negros le han instado a renunciar al equipo de Copa Davis. Lo han llamado tío Tom (en referencia al personaje de una novela escrita por Harriet Beecher Stowe sobre la esclavitud en el siglo XIX. El tío Tom era el esclavo negro de la casa que no se planteaba otra vida de la que tenía)".

Sudáfrica le negó tres veces la entrada a Ashe, hasta que logró la autorización y jugó en medio del apartheid. Alcanzó el Nº 2 en 1976 y ganó 33 títulos. Pero en 1979, a los 36 años, padeció un primer ataque cardíaco que requirió una cirugía y lo obligó a retirarse. Sufrió un segundo problema de corazón y una cirugía posterior, en 1983, terminaría condenándolo, ya que en la transfusión de sangre contrajo el VIH. Visitó la Argentina otra vez en 1987 para ofrecer clínicas de tenis en La Horqueta, el club de San Isidro que dirigía Clerc, pero no reveló que tenía esa cruel enfermedad hasta abril de 1992. Creó una fundación para la lucha contra el sida. El 4 de febrero de 1993 Ashe iba a participar de un foro sobre sida en Connecticut, pero no pudo hacerlo por una neumonía, cuadro que se agravó como consecuencia del VIH. Ese día, de todos modos, grabó un mensaje en video en el que llamó a tener esperanza a los enfermos como él. Dos días después, el 6 de febrero de 1993, falleció en Nueva York, a los 49 años, dejando dolor y enseñanzas. "El final fue doloroso, fue un shock. Trascendió todo, trabajó para la humanidad, para la igualdad", acota Clerc.

Poco antes de morir, recibió una carta en la que un fanático se preguntaba, acongojado, por qué le había tocado infectarse a él. Y la respuesta fue: "En el mundo 50 millones de niños comienzan a jugar al tenis, 5 millones aprenden a jugarlo, 500.000 llegan a profesionales, 50.000 entran en el circuito, 5.000 juegan un Grand Slam, 50 llegan a Wimbledon, 4 a las semifinales, 2 a la final. Cuando levanté la Copa nunca le pregunté a Dios: ¿Por qué a mí?".

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