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LONDRES.- "Yo los miro a todos ustedes y podría preguntarme: ¿por qué son ustedes todos distintos a mí?". La frase brotó de los labios de un sonriente hombre delgado, altísimo, huesudo y negro. Un joven con imponentes rastas embutidas dentro de un enorme gorro de lana. La dijo en inglés, con acento alemán, a metros de un mítico rectángulo de césped ya gastado, de ese gran escenario del tenis en el que acababa de liquidar a una leyenda que jugó cinco finales y ganó dos de ellas.

Dustin Brown podrá pensar cómo quiera, pero el "diferente" ayer era claramente él, porque acababa de sacudir lo más sagrado del mundo de la raqueta: el court central de Wimbledon.
"Es, hablando de jugadores modestos, una de las más grandes actuaciones de todos los tiempos en Wimbledon", sintetizó John McEnroe apenas Brown, 102°, selló un por momentos apabullante 7-5, 3-6, 6-4 y 6-4 sobre Rafael Nadal.
El resultado fue algo mentiroso, porque el alemán dominó al español estratégica y psicológicamente. No se puede pedir mucho más en el deporte, y el hijo de padre jamaiquino y madre alemana selló su día soñado con un potente saque a las 19.42 de una fresca tarde.
Ya no hubo temperaturas extremas en Londres, fue Brown el que aportó una novedosa mezcla de calor germano-caribeño. Él, que durante años se movió en la vida con un reloj en el que llevaba la hora adelantada diez minutos, estuvo en el momento y el lugar justos.
"¡Eso es muy alemán!", dijo entre risas Brown al recordar aquel reloj que pretendía acercarlo a los usos en Celle, una ciudad cercana a Hannover, capital de la Baja Sajonia y conocida por ser el lugar en el que se habla el alemán más puro, sin los acentos o dialectos de bávaros, suabos, berlineses o renanos.
Lo sencillo sería pensar que Brown revolucionó al All England por su aspecto de rastafari, pero en realidad lo hizo mucho más por su tenis. El alemán ya había derrotado a Nadal sobre césped un año atrás en la 2a rueda de Halle, pero lo de ayer lo graduó como jugador. ¿Qué hizo? Se plantó de igual a igual en un primer set valiente, sin complejo alguno, sacó como los dioses en casi todo el partido y se jugó en momentos decisivos desde el fondo con golpes planos y secos, en especial con el revés a dos manos. Pero sobre todo puede decirse que "tocó" a Nadal, jugueteó sin pudor con el ex número uno: lo trajo a la red con drops y lo paso con globos y muñecazos inverosímiles. Brown fue además poseído por el espíritu de Pam Shriver, aquella estadounidense que fuera gran rival de Gabriela Sabatini, porque el drive con slice, un golpe que en el tenis es ya casi como encontrarse un dinosaurio vivo, fue una de sus armas. ¿Quién juega hoy entre los hombres un drive con slice? Nadie. Brown se metió en el túnel del tiempo y rescató golpes habituales en el Wimbledon de la primera mitad del siglo pasado.
Pero es 2015, Brown tiene 30 años, uno más que Nadal, y está dispuesto a quedarse con una pequeña porción de historia. Bastante tuvo ya el español; déjenme un ratito a mí, dio a entender con su actuación sobre ese césped, que es su superficie preferida.
Quedarme en el fondo corriendo tras sus tiros no era la mejor de las ideas, así que lo que busqué fue sacarlo de su zona de confort
"Quedarme en el fondo corriendo tras sus tiros no era la mejor de las ideas, así que lo que busqué fue sacarlo de su zona de confort", explicó un Brown embutido en una remera negra con el logo de Superman decorado con los colores de la bandera de Alemania, el país que abrazó cinco años atrás y en el que aprendió a jugar al tenis. Con 11 años se fue a Jamaica en busca de sus otras raíces, y con 18 debutó en el equipo de Copa Davis de la isla caribeña. Su entusiasmo fue mucho, pero la decepción también. Con el paso del tiempo entendió que tendría menos posibilidades si seguía representando a la tierra de Bob Marley. El pasaporte de sus abuelos le abría las puertas para representar a Gran Bretaña, una federación siempre atenta a las "ofertas" del exterior y que en su momento tentó al serbio Novak Djokovic, pero la opción definitiva fue Alemania, un país que carga con el estereotipo del rubio alto y de ojos celestes, pero que es en realidad una de las sociedades más multiculturales del mundo. Brown recorrió Europa entre 2004 y 2007 manejando una camioneta Volkswagen, ese mítico modelo para camping que forma también parte de la identidad germana. Los alemanes la aman. Se la había comprado su padre para que se ahorrara los gastos de hotel e ir así de torneo en torneo dándole forma a una carrera con la que soñaba.
Puede dejar de soñar: esa carrera es real, sólida y levanta vuelo en la treintena, la nueva edad de oro de los tenistas. Fue evidente ayer que Brown tiene aún mucho margen comercial para ser explotado. Flaquea de patrocinadores, pero le sobra carisma. Tras su paso por el court central de Wimbledon, nadie puede ignorar ya quién es y cómo juega. Él asegura que no va a cambiar: "Soy como soy, como lo fui toda mi vida. Si me preocupara por lo que piensan de mí los demás, seguramente no tendría este aspecto que tengo".
No sería, en definitiva, Dustin Brown.
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