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En abril de 2007, David Ferrer cumplió 25 años. Para esa edad, la expectativa normal de un tenista aspirante a grandes cosas pide, al menos, alguna que otra muy buena figuración en los torneos mayores. Pero en ese punto de su carrera, de esa clase de medallas el currículum de Ferru no tenía nada para mostrar. Lo más lejos que había llegado en un Grand Slam eran los cuartos de final de Roland Garros 2005. Algunos todavía recuerdan muy bien su participación en aquel torneo, porque nos fastidió al eliminar en un partido terrible, de esos que a él le encantan, al por entonces todavía espumoso campeón Gastón Gaudio. También porque aquel choque fue el de la famosa anécdota del Gato tranquilizando al coach del español ("Quedate tranquilo que lo pierdo yo").
A Ferrer, la pasta de competidor se le vio siempre, pero los frutos jugosos los empezó a recoger bastante después: de 2011 para acá, tiene cinco semifinales y una final (abierto francés de 2013). También en este tiempo aparecen sus varias finales de Masters 1000 y su único título de esa categoría (París 2012). El año pasado, por primera vez en su vida terminó una temporada como número 3 del mundo, a los 31 años. Su juego no vende. O depende de quién sea el comprador: los jugadores de su tipo, es decir los que son capaces de porfiar un peloteo durante horas por el simple placer de pelotear, también tienen un nicho de seguidores, pero son los menos. Una especie de futurismo realista nos dice que es bastante probable que no gane nunca un Grand Slam. Le tocó en suerte, o en desgracia, convivir con un puñado de fenómenos que para su bagaje tenístico son demasiado: Nadal, Djokovic, Federer... Ese grupo de elegidos opera como una pared infranqueable para él.
A partir de esas supuestas limitaciones, de las cuales quizás él mismo sea el hombre más consciente sobre la Tierra, nace lo más valioso de deportistas como Ferrer. Todas esas cuestiones le importan mucho menos que el estado de bienestar y autosuficiencia que alcanzó en su madurez y que lo empuja a encarar un torneo de Grand Slam con las mismas pretensiones que aquellos monstruos. Se trata de un top 3 que habla como si fuera el número 100 del mundo y tuviera que seguir peleando desde abajo. "Romper una raqueta es de maleducado, de no aceptar que el contrario también participa, que uno puede fallar, que no puede ganar todos los partidos", dice ahora, por ejemplo. Que "el contrario también juega" y que "uno puede fallar" son expresiones que no aparecen seguido en el vocabulario de atletas de su categoría. Pero Ferrer, sin un trofeo de los grandes en su casa hoy y tal vez nunca, ya llegó al estatus de los mejores en muchos sentidos.



