Gaby Sabatini, íntima: de cómo se sobrepuso a la talasemia al sufrimiento que le producían las críticas

La mejor tenista argentina de la historia reveló que sufría talasemia, una enfermedad hereditaria; acepta que el retiro la liberó mentalmente y cree que hoy estaría en el top-ten
Gaby, en el Madison Square Garden, en marzo pasado
Gaby, en el Madison Square Garden, en marzo pasado Fuente: AFP
La mejor tenista argentina de la historia reveló que sufría talasemia, una enfermedad hereditaria; acepta que el retiro la liberó mentalmente y cree que hoy estaría en el top-ten
Alejandro Ciriza
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22 de octubre de 2015  • 18:04

MADRID - Más allá de elevar un Grand Slam, hace 25 años en Nueva York, Gabriela Sabatini dejó huella en la historia del tenis. Pese a jugar afectada por la talasemia, alcanzó el tercer peldaño del ranking y fue uno de los íconos de una era dorada del circuito femenino, en la que se batió con ilustres como Steffi Graf, Martina Navratilova o Mónica Seles. Jugadora de un talento rebosante, jugó a los 15 años unas semifinales de Roland Garros, y del mismo modo se despidió de su deporte de una forma precoz, en 1996, cuando tenía solo 26 años. Distinguida, dentro y fuera de la pista, fabricaron su propia muñeca en los Estados Unidos y bautizaron una rosa con su nombre. Ahora, como empresaria del perfume y la belleza, atiende cortesmente la llamada desde Buenos Aires.

-El pasado mes de marzo, después de mucho tiempo, volvió a empuñar una raqueta. ¿Que sintió?

-Hacía cuatro o cinco años que no jugaba. ¿Por qué acepté? Porque me gustaba la idea de volver a jugar en el Madison Square Garden, en Nueva York, en una exhibición contra Monica [Seles]... El US Open era un torneo que me gustaba mucho y que jugué muchas veces. Era un sueño volver a estar ahí y poder revivir esos momentos.

-¿Por qué ese desapego hacia el tenis?

-Cuando lo dejé sentía un agotamiento mental. Llevaba dos o tres años en los que ya no disfrutaba. Me comenzaba a pesar el tener que ir a entrenarme y se me estaba haciendo muy difícil. Me puse en contacto con un psicólogo deportivo y me hizo darme cuenta de que ya no quería jugar más. Estaba agotada, necesitaba alejarme del tenis. Ya no era feliz. A veces hay que dar un paso al costado antes de que todo sea peor; yo, de lo contrario, hubiera terminado odiándolo.

-¿Tan exigente es el circuito profesional?

-Es uno de los temas por lo que siempre hemos peleado todas las jugadoras. El tenis es uno de los pocos deportes en los que no hay un periodo de descanso. Yo solo tenía dos semanas de descanso, porque después tenía que volver a prepararme; dos semanas en todo el año, con todo lo que uno juega y lo que hay, es muy poco. Hoy día ha cambiado un poquito, pero sigue siendo muy duro. Los jugadores ya no viajan solo con el entrenador, sino que llevan a un kinesiólogo, porque ahora lo más importante es mantenerse sano.

-¿Compensa el deporte de élite?

-Cuando una hace lo que le apasiona no lo siente como un sufrimiento. Lo que a mí me pasaba es que yo era muy joven; cuando venía a la Argentina, mis amigas salían por la noche, pero yo me tenía que ir a dormir. Perdés esa etapa de chica. Yo no la tuve y ningún deportista la puede tener. El deporte profesional es muy bonito, pero no es una vida fácil. No puede afrontarla cualquiera.

-Usted, tanto por su juego como por su físico, fue un ícono.

-Pienso en todo lo que hay hoy, en todo lo de las redes sociales, y siento alivio. ¡Menos mal que aún no funcionaban en esa época! A veces leo y me asusta tanta información, el estar tan conectados con todo. Entonces era diferente, pero había una atención especial hacia mí y no me molestaba. Siempre noté el cariño y el apoyo de la gente.

-La Argentina estaba encima suya. ¿Acusaba mucho la presión?

-Cuando venía aquí y leía un diario, una nota sobre mí, veía muchas críticas que no eran verdaderas: que no me gustaba entrenar, que no aspiraba a ser la mejor, y a mí eso me afectaba mucho. Yo no entendía por qué escribían esto. Me costaba mucho separar estas cosas y a veces me las llevaba dentro de la cancha. Eso me perjudicaba.

-Sufría talasemia. ¿Cómo le afectaba exactamente?

-Era una anemia que hacía que mi hemoglobina fuese muy baja. Vi a varios médicos y al final di con uno en Alemania con el que empecé a hacer un tratamiento y con el que poco a poco fui mejorando.

-Fuiste la única que se abstuvo de votar en contra de congelarle a Seles su ránking cuando fue apuñalada, en 1993. ¿Por qué?

-Lo evalué desde el punto de vista humano. Me asusté mucho cuando le pasó eso a Monica, porque cualquiera de nosotras podía haber estado en ese lugar. Fue un shock bastante importante y lo sentí desde el lado humano y personal, por eso tomé esa decisión. Dentro de la cancha somos jugadoras, pero fuera somos personas.

-Desde entonces, el tenis ha cambiado mucho. ¿Qué opina?

-Ha cambiado, ni para mejor ni para peor. Hoy es mucha más potencia. Quizá es menos parejo que el de antes. Personalmente, a mí me gustaría ver un juego más variado, como el de antes, pero es cierto que ahora le pegan increíblemente fuerte a la pelota.

-¿El monopolio de Serena Williams puede llegar a ser perjudicial?

-Su caso es excepcional. A los 34 años sigue estando muy bien, como si todavía tuviera 25. Tiene una mentalidad arrolladora y eso es lo que le diferencia del resto. La gente se acostumbra a ver a una sola jugadora dominando el tenis y eso empieza a cansar un poco.

-¿Qué jugadoras le gustan?

-Aquellas que pueden hacer cosas diferentes. Las italianas Roberta Vinci o Francesca Schiavone tienen un poco ese estilo de antes. También Carla Suárez Navarro. Yo a Carla la menciono mucho porque me identifico mucho con su juego.

-¿Y Garbiñe Muguruza?

-De ella me encanta su mentalidad. Es muy aguerrida. Tiene pasta para estar entre las mejores.

-Usted, en el circuito actual, ¿dónde estaría?

-¡Qué pregunta difícil! Yo creo que mi tipo de juego haría daño a estas jugadoras que son más de pegada, pero también hay que poder aguantar ese ritmo de potencia. Quizá podría estar en el top-10.

-¿Cuál fue la rival que más le exigió?

-Por un lado, Steffi [Graf] me exigía, pero por otro lado sacaba lo mejor de mí. Esos partidos los sufría, pero también los disfrutaba. Obviamente, si dijera que no Steffi me mataría, porque aunque no tuve muchas chances jugué mis mejores partidos contra ella. También contra Monica. Era muy molesto jugar contra ella. Con ella me pasaba lo mismo que contra Arantxa [Sánchez-Vicario]. Corrían todas las bolas, nunca abandonaban.

-Le dedicaron una estatua en el Paseo de la Gloria, en Buenos Aires. ¿Qué siente cuando pasa por allí?

-Desde que la inauguraron no he vuelto a pasar. A veces lo pienso y digo: no puedo tener una estatua, es demasiado. ¿Realmente me merezco esto? Cuando uno piensa en estatuas piensa en héroes, historiadores o personas que han dejado un legado muy importante… Es demasiado, un orgullo enorme.

-De no haber sido tenista, ¿qué le hubiera gustado hacer?

-Algo relacionado con el deporte. Adoro el deporte y todo lo que te aporta. Saca a los jóvenes de todas las cosas adictivas que hay, de las cosas malas, de estar todo el tiempo con internet y los videojuegos. No hay nada más lindo que poder ir al un club y tener tus amigos. Para mí siempre fue y sigue siendo el mejor cable a tierra. No puedo empezar el día sin hacer algo de deporte. Lo necesito, pero no solo físicamente, sino también mentalmente.

-¿Y qué inquietudes tiene, más allá de sus negocios y el deporte?

-La otra cosa que me gustó toda la vida es la música, me gusta mucho cantar. ¿Un estilo? Las baladas y el pop. Después de dejar de jugar comencé a estudiar canto. También me llena viajar, descubrir lugares. Estambul me ha impresionado mucho, al igual que Atenas. Otro rincón al que me escapo es Palma de Mallorca. Lo que te da el viajar te lo dan muy pocas cosas, por eso viajo mucho; pero no como lo hacía antes, sino de otra manera, porque ahora puedo ver los lugares e ir a los museos... Soy una persona a la que le gusta seguir creciendo, seguir aprendiendo.

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jld/ae

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