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(DPA).- El suizo Roger Federercomprobó que a los 32 años probablemente ya no esté para innovaciones y puso fin a su "experimento" del cambio de raqueta.
"Haré pruebas con raquetas cuando tenga más tiempo, tras el Abierto de Estados Unidos", dijo Federer luego de su debut con victoria en el Masters 1000 de Cincinnati, donde hoy por octavos de final chocará ante el alemán Tommy Haas.
Tras caer sorpresivamente en la segunda ronda de Wimbledon, Federer había probado una raqueta de aro más grande en Hamburgo y Gstaad, dos torneos en los que estuvo lejos de mostrar su mejor juego y en los que los resultados fueron decepcionantes. Tanto, que ahora dio marcha atrás con la esperanza de recuperar en los próximos días su tenis y mejorar así sus posibilidades en el Abierto de los Estados Unidos, que empieza el 26 de agosto próximo.
"Jugué durante un mes con la negra, un prototipo. Al final sentí que ahora mismo lo que necesito es simplificar todo y jugar con lo que mejor conozco", explicó el número cinco del mundo.
El salto de la raqueta de 90 pulgadas a una de 98, similar a la que utilizan la mayoría de sus rivales en el circuito, no funcionó para el suizo, que acusó también problemas en la espalda durante aquellas semanas de gira europea sobre arcilla.
"Estoy siempre abierto a lo nuevo", aseguró el suizo, que encaraba un cambio no precisamente menor, ya que pasaba de una raqueta de 90 pulgadas a una de 98, de 581 centímetros cuadrados a 632.

La teoría indica que una raqueta más grande tiene más "piedad" con su dueño, le perdona más errores, un dato no menor para el Federer de los últimos tiempos, que falla más que antes.
"Se siente muy diferente", admitió Federer en Hamburgo antes de caer en semifinales con Federico Delbonis. "Cambiar de raqueta es uno de los mayores cambios que un jugador puede hacer. Pero creo que lo hice en el momento correcto".
Quizás sí, porque en un año en el que sólo ganó un torneo -Halley se fue eliminado en los cuartos de final de Roland Garros y la segunda ronda de Wimbledon, las citas alemana y suiza aparecían como el momento adecuado para probar la novedad.
Ver a Federer entrenarse y jugar con una raqueta más grande fue todo un acontecimiento para los "insiders" del tenis. El suizo es el heredero más directo del estadounidense Pete Sampras, un hombre que hasta el final de su carrera se negó a cambiar su raqueta de 85 pulgadas, el mismo modelo con el que Federer jugó en los primeros años de su carrera.
Djokovic y Nadal juegan con modelos de 100 pulgadas, Murray lo hace con una de 98. Con su raqueta de 90, Federer era en cierta forma un anacronismo, el último eslabón con los años '80 y '90. Ahora, insatisfecho con el cambio, abraza nuevamente feliz el anacronismo.
Como consuelo le queda que las raquetas de aro más pequeño jerarquizan a su dueño, le dan un aura especial, "dicen" algo del tenista en cuestión: cuanto más chica la raqueta, más talento y precisión requieren del jugador, porque el "sweet spot", el "punto dulce" de impacto es más reducido y el margen de error mucho menor.
Si se le pega bien, el golpe saldrá perfecto, con gran control y suficiente potencia. Si no se le pega tan bien, las cosas se complicarán bastante más que con las raquetas de mayor tamaño, que cuentan con una zona más amplia para impactar la pelota, algo especialmente útil a la hora de sacar.
Como contrapartida, los golpes son en general menos sutiles, menos preciosistas, algo que probablemente podría haber perjudicado a un talento como el suizo, bastante desorientado de todos modos en cuanto a golpes este año.
"Tengo la sensación de que logro más potencia con más facilidad", dijo Federer cuando aún albergaba esperanzas de que la nueva raqueta lo ayudara. Nada de eso: mejor volver a lo conocido.
