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Richard Williams, el orfebre de este momento, hará realidad el mejor de sus sueños. Ese que alimentó con Oracene, su mujer, en julio de 1985, cuando desde la pantalla de la TV de su casa en el humilde condado californiano de Compton vio como la rumana Virigina Ruzici obtenía un certamen en Austria y se quedaba con un cheque jugoso. Hasta ese momento, Richard ni siquiera sabía qué era una raqueta. En ese entonces, trabajaba por las noches como empleado de una empresa que se encargaba de la limpieza de edificios, pero quería algo más para sus hijas, Venus, Serena, Lyndrea, Isha y Yetunde. Las dos primeras se inclinaron por el tenis, deporte en el que hicieron todos sus pasos bajo los consejos y las miradas de Richard, el mismo que prometió que algún día sus hijas dominarían el tenis.
Hoy Richard festeja como nunca. Porque Venus, de 21 años, su hija mayor, alcanzó la cima del tenis, desplazando a su compatriota, la norteamericana Jennifer Capriati. La diosa de ébano es la mejor de todas. La ganadora de cuatro títulos de Grand Slam -Wimbledon (2000 y 2001) y US Open (2000 y 2001)- y otros 20 títulos del circuito femenino es la nueva N° 1 -la décima desde la creación del ranking, en 1975- y la primera jugadora de raza negra en hacerlo, igualando, en ese sentido, a Arthur Ashe, líder entre los hombres en 1975.
Nacida un 17 de junio de 1980, Venus, al igual que Serena, fue un producto celosamente elaborado. Ciertos prejuicios de Richard impedían que sus chicas se codearan intensamente en su etapa de juniors. Ya en 1995, las Williams se paseaban por el circuito. Y con su padre como interlocutor desafiaban a cualquiera.
De 1,85m, 72 kilogramos y un físico espectacular, Venus Ebone Starr, tal cual es su nombre completo, viene dominando el circuito desde hace tiempo. Insólitas deserciones o vacaciones por cuatro meses, primero, y una lesión, después, impidieron que en las dos últimas temporadas ella alcanzara el lugar más alto de la clasificación. Pero ella siempre dejó entrever que estaba al acecho de ese lugar.
De tiros potentes y arriesgados, dueña de uno de los contratos más importantes del circuito -Reebok, la firma que la viste le abonó un contrato por US$ 40.000.000- , Venus, de a poco, dejó de ser la chica de los apliques en el pelo para ser una mujer que siempre suele sorprender en los torneos de Grand Slam con sus modelos, a puro escote, compitiendo con en el ranking de miradas con la rusa Anna Kournikova, una de sus rivales (con Martina Hingis) en controvertidos duelos verbales por discriminación.
Sin muchas amigas en el circuito, Venus, como Serena, prefiere hacer su propio camino. Sin importarle lo que digan. Sin pensar en las injusticias, como la que cometió la Federación Internacional de Tenis, en junio último, al coronar como campeona mundial de 2000 a la suiza Martina Hingis y no a Venus, la única ganadora de dos Grand Slams y de la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Sydney.
Pero Venus, amante de la historia rusa y de la cultura china, fanática de los muebles franceses e ingleses y de las piedras preciosas y el oro, alguien que afirma que puede concurrir a cualquier sitio que acepte tarjetas de crédito, esperó pacientemente su oportunidad para mirar desde arriba. Y ahora es dueña de hacerlo por el tiempo que quiera. Como alguna vez lo sonó Richard.

