The Last Dance: detrás del éxito del documental y de los nuevos fans de Jordan, el show tóxico de la vanidad

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos
Donald Trump, presidente de los Estados Unidos Crédito: Sebastian Domenech
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20 de mayo de 2020  • 00:01

The Last Dance podría haber comenzado con el final del capítulo 7. El momento exacto en el que Michael Jordan admite que, querer ganar a cualquier costo, no sale gratis. Los ojos anuncian llanto. Hay amague de derrumbe. De corazón que se abre. Pero no. El campeón pide "break". Y la cámara se apaga. Una pena. Nos quedamos sin saber qué precio pagó Jordan. Lo intuímos. Porque Jordan acaba de escuchar que hasta sus propios compañeros de Chicago Bulls le tenían miedo. Y él mismo acaba de aceptar también que, para seguir ganando, maltrató mucho y odió demasiado. A uno porque no lo saludaba. A otros, simplemente porque un día jugaban mejor que él. La cámara vuelve a encenderse con el inicio del capítulo 8. Pero el corazón de Jordan ya se ha ido. Vuelve la marca. Nike Air. El director Jeson Hehir le muestra imágenes de su enésima hazaña. El día de una anotación récord para "vengarse" de un novato que, supuestamente, se había burlado de él cuando lo derrotó en el partido previo. Treinta años después, Jordan nos cuenta que esa burla jamás existió. Que fue todo un invento. El odio como motor.

La serie documental de Jordan y los Chicago Bulls es la mejor sobre deportes que he visto en mi vida. Y Jordan (junto con Muhammad Alí y Diego Maradona) completa acaso mi podio histórico. The Last Dance pasa por temas áridos, pero pactó concesiones con Jordan. Su productora fue socia del documental. Hay críticos que dicen que eso no es periodismo. Y comparan a The Last Dance con documentales tremendos sobre O.J.Simpson o Aaron Hernández, ídolos encarcelados. Pero Jordan, el "tirano que sólo quería ganar", no asesinó a nadie. Y no es la primera ni será la última vez que entrevistador y entrevistado acuerdan condiciones. Aun así, The Last Dance es hipnótica. "Show, not tell" (mostrar, no contar). Imágenes y palabras que son puro documento. "El narcótico de la nostalgia". Deporte puro (talento individual y equipo, ciclos cumplidos, competencia a altísimo nivel). Y la vida (los padres, las envidias, los dolores). Son historias sin telenovela. La vida como es. Hasta que llega el límite. Jordan a punto de quebrarse. Y los campeones, sabemos, los campeones no lloran.

Mejor resaltar entonces al campeón que repite odios. Y justificarlo. Hay enemigos en cada capítulo. Villanos elegidos a los que Jordan humilla inclusive por su aspecto físico. Todo dedicado. Hasta podríamos decir que la serie está dedicada a LeBron James, el sucesor que ni siquiera aparece. ¿Cómo compararlos si Jordan, nos confirma la serie, es incomparable? Las imágenes, conocidas, pero igualmente impactantes, ratifican que Jordan vuela. "Pero te das cuenta de que cada salto hacia el cielo -dice el periodista Mark Reason- es sólo un paso más en el descenso solitario y egoísta". Jordan es "Dios", como él mismo se autodescribe cuando le regala a su compañero un boleto para el estadio. O "Jesús Negro" ("Black Jesus"), como le dice en pleno partido a Reggie Miller. "¿Documental deportivo o proyecto de vanidad?", se pregunta Ben Strauss en The Washington Post. ¿Campeón "tóxico"?, inquiere Noam Schreiber en The New York Times.

Dave Zirin observa que el documental dedica más tiempo a los guardaespaldas que a los hijos de Jordan y afirma que "si The Last Dance tuviera coraje", en lugar de una "hagiografía" sobre "un hombre torturado por la necesidad del éxito", sería "una historia de advertencia". Nos diría que no es necesario lastimar para ganar. Bill Russell, máximo campeón de la NBA, con 11 campeonatos en 13 años, recuerda Zirin, no necesitó degradar ni denigrar. Fue un luchador en tiempos de tensión racial. "El compañero de equipo más divino que haya existido", lo describió Frank Deford. Millones de jóvenes ni saben quién fue Russell. Muchos de ellos tampoco sabían gran cosa de Jordan. Hasta que vieron The Last Dance. En estos tiempos de mayor corrección política, creemos que ciertas formas de Jordan serían hoy acaso inaceptables. Pero hay que recorrer las redes sociales. Jordan ganó millones de nuevos fans.

The Last Dance entrevista a los ex presidentes Bill Clinton y Barack Obama. Jordan, dice Obama en los últimos minutos, se convirtió "en un embajador de la cultura de Estados Unidos en el mundo". Superación y talento sí. Pero también el campeón que precisa intimidar hasta a un novato. ¿Cuánto exigirle al deporte si hoy, aún en tiempos de pandemia, vemos esa vanidad y narcisismo justamente en la propia Casa Blanca? La semana pasada, una periodista preguntó a Donald Trump si acaso veía como una competencia deportiva los números siempre horrorosos del coronavirus que sigue matando a miles en Estados Unidos. Trump abandonó la conferencia. El también dijo "break".

La prensa europea se pregunta hoy qué liderato puede seguir ofreciéndole al mundo el Estados Unidos de Trump, quien elogia hasta a hombres armados y con esvásticas que protestan contra la cuarentena e irrumpen como si nada en un Congreso con carteles que proclaman "libertad o muerte". Vivimos tiempos delicados para resaltar que "todo vale" con tal de "ganar". No sólo por Estados Unidos. Y no sólo por el deporte. Mi personaje favorito en The Last Dance es Phil Jackson. Antes de emprender la recta final del "último baile", el técnico zen avisa a sus jugadores: "Somos como ovejas rodeadas de lobos".

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