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El 20 de octubre de 1983 nació, luego de una cesárea, el primero de los tres hijos de Mónica y Daniel Pueta; e, inmediatamente, los médicos les informaban que Nicolás había llegado al mundo con una malformación congénita, una deficiencia en el nacimiento del fémur de la pierna izquierda.
Hoy, Nicolás tiene 16 años; vive y sueña como cualquier chico de su edad; estudia y hace deportes; un reto al destino con un sostén inastillable: amor por la vida; de él y su familia.
El aporte médico. Mónica y Daniel se apoyaron en dos médicos: Juan Cruz Derqui y José Freire, este último ex jugador de rugby del Club de Gimnasia y Esgrima, especialista del Instituto de Rehabilitación del Lisiado y jefe del Servicio de Rehabilitación del Hospital Italiano.
A Nicolás se le efectuaron tres operaciones; la primera, frustrada- a los cinco años, porque los médicos entendieron que todavía no estaba para una intervención. La segunda, a los siete, con buen resultado y seis meses de yeso, en la cual le reconstruyeron el fémur, mucho más chico que el otro, con doce meses de rehabilitación para poder caminar. La tercera, en cambio, fue menos traumática: lo operaron cuando cursaba quinto grado para alinearle el miembro inferior y en sólo un mes volvió a caminar.
El deporte y la familia. La historia de la familia Pueta está ligada al deporte. Daniel es entrenador, desde hace diecisiete años, en el Club San Andrés; y también es profesor de educación física, como su mujer Mónica. Jugó en la década del 70 en Obras Sanitarias y tuvo un paso fugaz por Pueyrredón. Los otros componentes de la familia son Agustín (17-8-86), octavo de la sexta división, e Ignacio (10-12-88), que cursa sexto grado y es jugador del Colegio San Andrés.
"Empecé a jugar en la predécima y décima de San Andrés, me rateaba porque mi papá no me dejaba jugar. En menores de 15 y 16 no jugué y sólo ahora empecé en los campeonatos oficiales de la URBA", comentó Nicolás, rodeado por su entorno familiar, en su casa de Núñez.
Tímido y reservado, introvertido, pero seguro de lo que dice y piensa, Nicolás se dedicó a otros deportes como el salto en alto, el basquetbol, el fútbol y la natación, disciplina en la cual su padre asegura que podría brillar si se dedicara a pleno.
Mide 1,85 metro y caminó a los quince meses, igual que sus otros dos hermanos; y anduvo en bicicleta con rueditas a los cuatro años; siempre con un entusiasmo contagioso.
Nicolás siempre compitió con chicos sin problemas físicos y se destacó en todo lo que emprendió. Es el capitán del equipo B de menores de 17 años de San Andrés y optó por el rugby porque allí están la mayoría de sus amigos, los mismos que compartían el aula hasta primer año. Ahora cursa el cuarto año en el colegio San Gregorio y está de novio con Anya Jaworski, la hermana de su mejor amigo y compañero de equipo, Sebastián.
Es un apasionado de su club y del rugby; sigue todos los fines de semana a la primera de San Andrés y a los Pumas los va a ver con su papá. Y tiene como ídolo a Andrés Gallino, tercera línea del club de Punta Chica.
Comenzó como pilar y ahora actúa de ala. "En el scrum no podía hacer equilibrio para empujar, porque el pie se me iba para el costado. Entonces me pusieron de tercera línea porque me gusta tacklear y me fueron orientando a medida que pasaron los partidos. Además, salto en el line-out porque tengo una buena altura, aunque por supuesto sabemos que si lo ganamos no es porque salte bien, sino por la ayuda de todos mis compañeros", contó Nicolás. Como toda su familia simpatiza en el fútbol con Estudiantes de La Plata; admira a la Brujita Juan Sebastián Verón y las milanesas con papas fritas son su comida favorita; le gusta la música de Oasis, pero no es todo: toca el clarinete en la banda del colegio y se destaca como un gran actor: interpretó en las obras de teatro del colegio, en inglés, como protagonista principal, "El hombre de la Mancha".
El caso de Nicolás no es único en el mundo. Mientras en nuestro país no es frecuente, en Australia hay grupos de autoayuda que se contactan entre ellos.
"La sociedad tendría que comprender que estas situaciones existen, que hay que ayudar y no mirar para otro lado. Hoy, o compiten en sillas de ruedas o no lo hacen; no hay término medio", advierten mamá Mónica y el médico José Freire, que atiende a Nicolás tras ser derivado por el profesor Juan Cruz Derqui.
"No conozco a otra persona que practique rugby en estas condiciones, pero hay muchos deportistas que sí lo hacen. Sin ir más lejos, del 2 al 9 del mes próximo se llevará a cabo el 13er. Encuentro de Esquí Para Amputados, en Las Leñas, al cual concurrirán entre diez y doce de mis pacientes", señaló Freire.
Nicolás no renuncia a nada. "Cuando sienta que estoy en desventaja física, me sentaré y me lo plantearé. No me siento en desventaja y no creo que haya alguien que me diga que no puedo seguir jugando; no tengo nada que me prohíba hacerlo. No me pongo prótesis ni remaches; y además, en el pie izquierdo, no tengo botín, por lo cual si me tacklean o si tackleo no puedo dañar a nadie."
Hay una anécdota que habla de su espíritu. El último fin de semana en el partido que su equipo jugó contra Los Matreros se dio la siguiente situación: "¿Vas a jugar así?", le preguntó el referí del partido, en alusión a la muleta y la prótesis con la que estaba haciendo el calentamiento previo. "No, así no"; se sacó la prótesis y entró en la cancha; a ganarle a la vida, como siempre.


