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Para muchos será lógica, otros lo considerarán tendencia y algunos creerán en la fuerza del estigma. Lo concreto es que cualquiera de esas tres acepciones cabe para desmenuzar el clásico más antiguo de nuestro fútbol.
Porque ayer, River alcanzó las bodas de plata -desde un 1-2 en 1973- sin ser derrotado por Racing en el Monumental. Ahora, ¿había manera de que pasara algo distinto con una Academia aplazada por cuarta fecha consecutiva en la materia del gol? Tampoco nadie puede sentirse asaltado por la sorpresa con este nuevo gol de Marcelo Escudero, el quinto para su cuenta personal en las últimas dos semanas, entre el Clausura y la Copa Libertadores.
Son razones que arrastraban su peso y que ayer, puestas a ejercer su influencia psicológica, engordaron un poco más el ego ganador de los muchachos de Ramón Díaz y desnudaron la impotencia de sus rivales.
Este River, aun con los lesionados que se acumulan y el cansancio de atender por igual el frente casero y el internacional, demostró que sabe resolver un partido, virtud que todavía no puede arrogarse este Racing en pleno trance de proyecto.
Y esto no significa que River haya marcado grandes diferencias como para sobrar el partido. Al contrario, su victoria estuvo pendiendo de un hilo muy fino en los últimos 25 minutos, cuando le costó sacar la pelota de su campo y aguantarla en terreno adversario. Y si no se cortó fue porque Racing, en ataque, mostró el filo de una madera.
Para ganar, a River no le hizo falta tener la pelota más tiempo que su adversario. De hecho, Racing sacó ventajas en la posesión, pero la mayoría de las veces fue para quedar al descubierto en su angustia ofensiva.
Porque el conjunto de Cappa, en cierta medida, es una contradicción, ya que va para adelante por convicción, pero falla por incapacidad. No se lo acusa de amarrete, se lo condena por ineficaz. Es muy difícil que Marcelo Delgado desperdicie una pelota y es muy fácil verlo desequilibrar su marca, pero está obligado a salir mucho del área, allí donde no encontró compañía para que alguien -Perezlindo o Vilallonga- diera la puntada final a su tejido de gambetas y desbordes.
Lo mismo vale para el juvenil Estévez -decayó en la parte final-, que jugando bien abierto sobre la derecha complicó bastante a River en el primer tiempo y obligó a reiterados foules para ser detenido. Claro, su caso resultó similar al de Delgado: el área fue un área de exclusión.
De arranque, la declaración de intenciones de Racing merecía ser considerada: una postura ambiciosa, presión en la zona central con Lux y Michelini y la vocación de buscar en forma prolija -excepto cuando intervenían Mac Allister y Gaitán- y asociada (salvo por la isla solitaria que generalmente se fabricó Gastón Córdoba).
Esa postura quedaba mal parada cuando se revisaban las situaciones de gol; sólo había servido para generar siete corners...
Al menos lo hizo sentir incómodo a River, que no podía armarse con Gallardo ni con Berti. Igual, algo empezaba a ser evidente: pese a controlar menos la pelota, ponía en aprietos a Bizzarri ni bien alguno de sus hombres llegaba lanzado desde atrás. Como lo hizo Escudero, al cruzar una pelota que no capitalizaron Rambert y Salas, o un cabezazo de Hernán Díaz, luego de haber comenzado la jugada.
Y por si quedaban dudas de que River podía ser mucho más riesgoso en ataque, allí quedó el testimonio de las tres ocasiones de gol que Salas tuvo en los últimos cinco minutos de la etapa inicial; eso también demostraba que la defensa visitante se desarmaba y caía en gruesos errores apenas era apurada.
Angel le dio un sentido más participativo al ataque de River en el comienzo de la segunda etapa, mientras Astrada se afirmaba como el patrón y un sobrio distribuidor en la zona media.
Y así, River castigó un insulso avance de Racing con una réplica letal. Sacó Bonano, Hernán Díaz salió inflando el pecho a paso de locomotora, el alargue para Rambert, la llegada al fondo de Angel y el pase atrás para la definición de Escudero. River daba una lección de contundencia y de visión para manejar un contraataque.
River se recostó demasiado en el 1 a 0 y lo dejó venir a Racing, que siguió sin encontrar el camino del gol por virtud, pero estuvo cerca de hacerlo por insistencia, como el remate que Bonano le desvió a Facciuto, un cabezazo cruzado de Delgado y otro de Vilallonga increíblemente desviado.
El quedo de River tenía el costo del sufrimiento, agravado porque Ayala enarbolaba la resistencia con una de sus piernas lesionadas.
Igual, fueron matices que no cambiaron el curso del encuentro. La historia del Monumental y el presente de River fueron suficientes para la modesta y decorosa realidad de Racing.
Dirigió Claudio Martín (bien) y los equipos formaron así:
River: Bonano (7); Hernán Díaz (7), Ayala (6), Berizzo (5) y Sorin (6); Marcelo Escudero (6), Astrada (capitán, 7), Berti (5; 28 del ST, Netto) y Gallardo (6; 37 del PT, Placente); Salas (6; ST, Angel) y Rambert (5). DT: Ramón Díaz. Suplentes: Saccone y Solari.
Racing: Bizzarri (6); Gaitán (5), Galván (5), Ubeda (capitán, 6) y Mac Allister (4); Estévez (6), Michelini (6; 19 del ST, Facciuto), Lux 6) y Córdoba (4); Delgado (7) y Perezlindo (4; ST, Vilallonga, 5). DT: Angel Cappa. Suplentes: Cáceres, Arce y Zanetti.
Segundo tiempo: 11, Escudero (R).
Recaudación: $ 274.220.
Reserva: River 5 v. Racing 1.

