Vélez ni siquiera tuvo que transpirar para ser campeón

Con la derrota de Gimnasia y el empate de Lanús, jugó muy tranquilo y no necesitó esforzarse para lograr la victoria decisiva ante Huracán por 1 a 0, con un gol de Martín Posse, la gran figura.
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1 de junio de 1998  

Casi con displicencia, la gente fue acercándose al estadio José Amalfitani con sus banderas, sus gorros, sus camisetas, o pintarrajeados con la V azulada de Vélez en el rostro. Sabían que ante la derrota de Gimnasia y Esgrima La Plata y el empate de Lanús, el título del Clausura (el quinto local de su historia) no se podía escapar. Tal vez lo mismo sintieron los jugadores, que parecían estar dosificando energías para ganar con lo justo por 1 a 0 ante Huracán y dejar lugar en el cuerpo para el posterior desahogo de la vuelta olímpica. Aunque aquí no se incluye a Marcelo Bielsa, que se encerró en un vestuario apenas el árbitro Horacio Elizondo dio el pitazo final. Un caso aparte el del hacedor de este equipo con ciertas particularidades.

Porque si bien muchos de los nombres son los mismos que disfrutaron de otros logros durante la exitosa década del noventa, la fisonomía del equipo de Liniers es absolutamente diferente. Y eso es pura responsabilidad de Bielsa. Casi un maniático de los aspectos tácticos con paladar para saborear a los buenos jugadores, que tuvo la virtud de transformar al viejo Vélez a su gusto futbolístico sin negociar las mieles del éxito. A pesar de que algunos de los jugadores más representativos, casi hijos deportivos de Carlos Bianchi, le fueron infieles y se alzaron en su contra.

¿Habrá sido por eso el final con la alegría privada de Bielsa? La respuesta le pertenece únicamente a él.

Ante todo, un equipo

Vélez es, ante todo, un equipo. Altamente efectivo, más que lujoso. Más allá de las individualidades que hacen a un conjunto, y que las tiene, el concepto grupal tiene tal grado de asimilación que a veces, como ayer, da la sensación de que mide esfuerzos, que juega con la capacidad.

Porque aunque es cierto que Huracán pudo haber empatado, sobre todo por lo hecho en el segundo tiempo, nunca dio la sensación de estar siquiera cerca de pelear de igual a igual con Vélez.

El equipo de Liniers tuvo una primera etapa en la que dominó a placer a los dirigidos por Omar Larrosa. No encontraba ni alcanzaba a generar un hueco claro en la defensa visitante que le permitiera romper el 0 a 0. Conocedor de sus virtudes, no se desesperó. Insistió en el juego abierto por las puntas y las apariciones sorpresivas por el medio. Hasta que, a los 39 minutos, justamente fue esta fórmula la que le permitió a Vélez sentarse más cómodamente en el sillón de campeón.

El rubio delantero Carlos Cordone hizo una de sus escapadas por el sector derecho, su preferido, y envió el centro que el diminuto Martín Posse conectó casi sobre la línea del área chica. La muy buena actuación del arquero de Huracán, Rolando Cristante, no pudo con el cabezazo goleador del Cholo y fue la sentencia defintiva para el partido y el campeonato.

En el segundo tiempo, Huracán apuró un poco más a Vélez, pero ninguno de los dos pudo concretar las situaciones que generaron, en un partido que se hizo más atractivo y entretenido.

El valor de los jugadores

¿Cuál es la razón por la que Vélez no cesa de alzar copas repletas de festejos? Seguramente la coherencia de sus dirigentes y la capacidad de los cuerpos técnicos de turno. Pero la razón principal posiblemente podrá encontrarse dentro del plantel de Vélez Sarsfield. No es casualidad que estos jugadores hayan pasado por las manos de tres entrenadores y con los tres hayan ganado títulos. Bianchi, Osvaldo Piazza y ahora Bielsa. Los tres le otorgaron al equipo características particulares y nunca esas características significaron fracaso, todo lo contrario.

Para lograr eso hacen falta jugadores. Buenos, de calidad. Por eso el mérito del triunfo tiene como grandes protagonistas a ese delantero rápido y habilidoso que es Posse, o ese otro preciso y goleador que es Patricio Camps. No hay que olvidarse de los arqueros; ayer no estuvo José Luis Chilavert, con la selección paraguaya, y Pablo Cavallero, con el equipo argentino, pero apareció la saludable promesa de Ariel de Lafuente. Mauricio Pellegrino fue el gran capitán, el respaldo de todos. Tampoco estuvo ayer la picardía de Darío Husain, pero se vio la perseverancia de Cordone. El esfuerzo de Raúl Cardozo. Y el incansable regulador del medio: Christian Bassedas, que sobrevivió indemne a la desafectación del seleccionado.

Por todas estas razones, ¡salud, Vélez campeón!

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