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El calificativo de grande en el deporte no es para cualquiera. Es una adjetivación que va más allá de lo realizado en una carrera. Porque a los resultados se le agregan actitudes, gestos y valores que hacen que, en el recuerdo, siempre sobresalga la distinción. Y bien puede decirse que en el caso del tenis esa barrera fue superada con comodidad por Guillermo Vilas. Hace 30 años que está en lo más alto. Hace tres décadas, exactamente, recibió el primero de los tres Olimpia de Oro de su carrera. Pero, lo más importante es que hizo todo lo necesario para ser grande. Desde el primer día en que empuñó una raqueta.
Es que Vilas, el hombre que cambió el concepto del tenis en la Argentina, fue un revolucionario desde el principio de su relación con este deporte. Tenía poco más de diez años cuando su padre, José Roque, en ese entonces presidente del Club Náutico Mar del Plata, lo invitó a ser el primer alumno de Felipe Locicero, peluquero de profesión, pero que sabía mucho de tenis, conocimiento al que le había agregado la teoría de los libros. Suficiente para atrapar al chico que no le importaba el frío o el fuerte viento del mar de esas increíbles mañanas de invierno. Todos los días iba desde la quinta de la avenida Constitución hasta la calle Juan B. Justo, para escuchar al profesor y, a partir de la fuerza de su brazo izquierdo, martillar a pelotazos el desgastado frontón.
Un día de verano de 1967 asombró a Federico Barboza, entonces presidente del Buenos Aires Lawn Tennis Club, quien invitó a adolescente Vilas, de 15 años, a competir para ese club. La vida del deportista había cambiado: todos los viernes dejaba el Instituto Peralta Ramos para subirse al tren que lo llevaría a la casa de Juan José Vázquez; y los domingos, luego de competir, otra vez al tren, rumbo a Mar del Plata para retomar los estudios.
Un año más tarde, junto con Ricardo Cano, viajó a Miami para participar en el entonces por acá poco conocido Orange Bowl. Y el zurdo argentino venció en la semifinal a Jimmy Connors y al mexicano Emilio Montaño en el partido decisivo. La historia empezaba a escribirse. El colegio le dio paso a la universidad. La Residencia San José, en Zavalía 2048, fue el albergue ideal para combinar tenis –por la cercanía con el Buenos Aires– y los estudios de derecho. Pero un día, la pasión por la raqueta le ganó la pulseada a la abogacía. Para arriesgarse a Europa, necesitaba dinero. Y en Mar del Plata esa aventura podía ser tomada como una cosa de locos. Con el mismo sacrificio que mostró en su carrera profesional, ahorró la plata para comprar el billete de avión y vivir en el Viejo Continente. El tiempo de concretar los sueños llegó en 1972. Pero en Roma, esa vez no pudo sentirse como un César. Perdió en la primera rueda del abierto y los planes cambiaron. Había que salir a ganar dinero. Mordió el polvo, pero no se entregó. En 1973, dio un aviso en Roland Garros, el torneo que disputó sin interrupción durante 18 años, al vencer al sudafricano Bob Hewitt, una figura de esos tiempos.
Pero no fue suficiente para crecer: volvió a Italia, fue sparring del conjunto de Copa Davis, batalló incansablemente. Regresó a Buenos Aires y logró en la Catedral su primer título profesional tras vencer en la final del Abierto de la República al sueco Björn Borg, quien tiempo después sería multicampéon en Wimbledon y Roland Garros. Y en la temporada siguiente, se produjo la irrupción de Vilas. En julio obtuvo el primer torneo en el exterior, Gstaad y así hilvanó una seguidilla que lo permitió ganar el Grand Prix y clasificarse para el Masters de Australia. "El pasto es para las vacas", había confesado. Pero en Melbourne, después de convertirse en Maestro tras ganarle a Ilie Nastase en el match decisivo, aclaró que "el pasto era para las vacas y para el tenis".
Había nacido el mito. Vilas era el culpable de la inundación de gajos de naranja en toda la Argentina. Conoció al rumano Ion Tiriac y éste le anunció que conocía los secretos para llegar a la cima. Y, Vilas, como fiel discípulo, se sometió a todas las enseñanzas. Talento, trabajo, sacrificio y una conducta intachable se combinaron en un cóctel que explotó en 1977: en junio, llegó a la gloria en París, con esa conquista en Roland Garros, ante el norteamericano Brian Gottfried por 6-0, 6-3 y 6-0 en la final con menos games de la historia; tocó el cielo en septiembre, cuando derrotó a Jimmy Connors por 2-6, 6-3, 7-6 (7-4) y 6-0 en la final del US Open, en Forest Hills: dos títulos de Grand Slam a los que hay que sumarles otras 15 conquistas y la final del Abierto de Australia. Un récord de torneos ganados en un año hasta hoy no superado; en esa misma temporada alcanzó otro registro: 50 partidos sin conocer la derrota.Y encima, junto con Cano venció por primera vez a los Estados Unidos por la Copa Davis y clasificó, también por primera vez, a la Argentina a las semifinales de ese torneo.
En todos lados donde jugó dejó marcada su huella. No hay lugar en el mundo del tenis en el que no se lo reciba con una alfombra roja. No hay dudas que cambió un deporte en la Argentina, por la que siempre puso el corazón a la hora de jugar la Davis; mucho más en ese court central del Buenos Aires que convirtió en una fortaleza inexpugnable.
Guillermo Vilas fue, es y será grande. Se dio el gusto de escribir la historia como él la quiso. Calculando cada detalle como un sabio. Es por eso que sigue vigente. Como todas esas hazañas que forman parte de la leyenda del solitario zurdo de la raqueta.
4 Son todos los títulos de Grand Slam conquistados por Guillermo Vilas: Roland Garros ‘77; US Open ‘77; Australia 1978 y 1979
62 Los certámenes ganados a lo largo de 19 años como profesional; el primero fue en Buenos Aires’73 y el último en Kitzbühel’ 83
17 Los torneos ganados en 1977, un récord todavía vigente en el circuito profesional; en esa temporada jugó 33 torneos y un total de 163 partidos
50 La seguidilla de partidos sin conocer la derrota; el número se estira a 57 solamente los disputados sobre polvo de ladrillo o arcilla

