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SAINT-DENIS.- No se trata de un nuevo Maradona ni de un Pelé en ciernes. Tampoco alcanza el nivel de Di Stefano ni el de Cruyff. Pero sí es el rey. El mejor del mundo, hoy. El dueño de la pelota. El que destronó a un Ronaldo maltratado por las lesiones y los malestares intestinales. El flamante número uno del planeta.
Se llama Zinedine Zidane, es francés, aunque su ascendencia sea argelina, juega con los pies, pero usa tanto la cabeza que piensa más que nadie y hasta convierte los goles con esa extremidad.
Crack, ya sin duda. Sin que alguien pueda endilgarle un calificativo pesado y duro como "pecho frío". Sin que uno solo se anime a criticarlo porque le falta ese fuego sagrado que se necesita para afrontar las finales.
Qué pueden decirle a este fenómeno que llevó a Francia a su primer título mundial. A este jugadorazo que ahora sí se anima a discutirle a Michel Platini la chapa de ídolo francés de todos los tiempos.
Zinedine Zidane apareció cuando se lo necesitaba. Cuando su equipo clamaba por un líder, por un hombre que marcara la diferencia. Cuando el mundo lo seguía bien de cerca y le tiraba toda la presión del lado bleu.
Porque había como una especie de desafío en el aire. Era un Zidane-Ronaldo a todo o nada. Con un título mundial en el medio, con la Copa tan deseada, con el cartel de mejor del mundo en juego.
Y ganó Zidane, pero no por fallas ajenas, sino por categoría propia, definición que lo encumbra más aún. Que lo deja en un escalón más alto. No es el mejor por descarte; es el número uno por méritos indiscutibles.
Tan difíciles de poner en duda como que con semejante actuación hasta hizo olvidar ese amago al Fair Play que lo conminó a dos fechas de suspensión. Resultó en la segunda fecha del torneo, cuando le dejó la huella de sus botines Adidas a un árabe. Difícil de recordar a esta altura, ¿no?
Este Zidane que tuvo un primer tiempo tan brillante que, de 32 pelotas que recibió, sólo cedió mal 5. Y que, más importante aún, no perdió ni una. Brasil no pudo quitarle ni una vez el balón. Tan estadístico como impresionante.
Convirtió dos tantos de cabeza cuando, en verdad, ése no es su mejor golpe. En una oportunidad se le anticipó a Leonardo. En la otra se le escapó a Dunga. Y siempre le dio el mismo destino a la pelota: la red.
Hombre de sangre que no hierve, festejó cada tanto con un par de besos a su camiseta, pero sin locuras. Estaba tan concentrado que ni se acordó de desequilibrarse un ratito.
Igual, no tembló para sumarse a cada ataque, para marcar, para jugar bien casi todo balón que pasó por sus pies.
Nunca se escondió. Nunca le esquivó el alma al partido más importante que da el fútbol. Y encima le salió casi todo de maravillas.
Jugó e hizo jugar. Lo dejó mano a mano a Guivarc´h con Taffarel, al principio. Lo mismo hizo con Dugarry, al final. Y en el medio, él convirtió los dos tantos fundamentales. Los que liquidaron psicológicamente a Brasil. Los que agrandaron a Francia. Los que lo elevaron al rango de mejor del mundo.
Por ahora, Zidane no es Maradona ni Pelé. Si acaso se buscan comparaciones, el nuevo rey del fútbol ya alcanzó a Platini. Un crack, en síntesis. El mejor, sin vueltas. El más desequilibrante del Mundial.
