La brisa bolivariana no sopla donde quiere

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14 de diciembre de 2019  

Que el episodio se haya desencadenado por una confusión de identidades puede haber sido premonitorio o metafórico. Dicen diplomáticos norteamericanos que Mauricio Claver, director de Seguridad Nacional para el Hemisferio Occidental, decidió irse antes de la jura de Alberto Fernández cuando se enteró de que el venezolano invitado a la ceremonia no era quien le habían anticipado, Héctor Rodríguez, gobernador del Estado de Miranda y chavista moderado, sino otro Rodríguez, Jorge, ministro de Comunicación de Maduro y uno de los 29 funcionarios que tiene prohibido el ingreso y tránsito por las 18 naciones firmantes del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), encabezado por Estados Unidos y que incluye a la Argentina.

Al nuevo gobierno le será difícil ejercer la ambigüedad diplomática sin incomodar a Estados Unidos. Porque necesita de su respaldo para renegociar la deuda, primer paso para equilibrar la macroeconomía, y por circunstancias propias de Trump, que busca ser reelecto y, por lo tanto, ha decidido captar votos en segmentos no prescindentes de la región. Es lo que explica muchos de los tuits del republicano. Por ejemplo el que anticipó hace dos semanas una medida que todavía no aplicó: "Brasil y la Argentina han estado presidiendo una devaluación masiva de sus monedas, lo cual no es bueno para nuestros agricultores. Por lo tanto, y con vigencia inmediata, restableceré los aranceles a todo el acero y el aluminio que se envíe a los Estados Unidos desde esos países". Por ahora no cumplió. "No se han tomado decisiones", relativizó esta semana al Wall Street Journal Larry Kudlow, director del Consejo Económico Nacional. Pero el asunto mezcla proselitismo interno con geopolítica: Trump menciona a los agricultores porque son los primeros perjudicados cuando China, como consecuencia de la guerra comercial, deja de comprarle soja a Estados Unidos y, por lo tanto, los reemplaza por proveedores argentinos y brasileños.

Es una discusión por la hegemonía global frente a China, pero también por las adhesiones del centro del país, núcleo de su electorado. Un universo que los jefes de campaña republicana pretenden completar con los inmigrantes latinos de Florida, un estado de 21 millones de votantes cuyo ganador ha terminado siempre, desde 1992 y sin excepción, en la presidencia. Trump se impuso ahí en 2016 por apenas 113.000 votos. Algunos cálculos afirman que los venezolanos llegan en ese distrito a 500.000. El periodista Jonathan Blitzer recordaba días atrás en The New Yorker que los políticos locales llaman a la autopista interestatal 4, que recorre ese estado desde Tampa hasta Daytona Beach, "el camino a la Casa Blanca".

Por eso es relevante Venezuela. Jorge Rodríguez, el invitado que convenció a Claver de no abrir siquiera la valija, es hermano de Delcy, vicepresidenta de Maduro. Ambos cuestionan a Estados Unidos desde la infancia. Su padre, Antonio Rodríguez, dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, murió a los 34 años en 1976 durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez en circunstancias confusas. Había sido detenido por agentes de la Dirección General de los Servicios de Inteligencia y Prevención, acusado de secuestrar a William Frank Niehous, vicepresidente de la fabricante de envases de vidrio Owens-Illinois Venezuela y a quien los guerrilleros acusaban de ser agente de la CIA. Aquel secuestro, que se extendió durante tres años y cuatro meses, fue el más largo en la historia venezolana. Los registros dicen que Rodríguez murió detenido como consecuencia de un infarto, pero se supone que por las secuelas de la tortura. Delcy y Jorge, que entonces tenían siete y diez años, respectivamente, se criaron en ese contexto. Hace un año, en un programa que conduce José Vicente Rangel, exvicepresidente de Chávez, por Venepress TV, Delcy se sinceró: contó que su madre y su familia estaban felices "de estar en la revolución bolivariana, porque sabemos que esa es nuestra venganza personal de esa época oscura". Después cuestionó a Trump por alentar la conformación del Grupo de Lima, al que llama "Cartel de Lima", y al país entero: "Los Estados Unidos están destinados por la providencia a plagar de miseria y hambre a nuestro continente en nombre de la libertad".

Delcy y Jorge están en la lista de los 29 a quienes el TIAR les prohíbe el ingreso a países miembro. Por eso, Claver se movió el martes a lo Trump: de manera estruendosa. No solo no fue a la jura, sino que se volvió antes y explicó sus razones a la periodista Natasha Niebieskikwiat, de Clarín. "Jorge Rodríguez y Maduro no le traen ningún beneficio a la Argentina, Evo Morales no le traen ningún beneficio a la Argentina. Rafael Correa no le trae ningún beneficio a la Argentina. Es al revés: le quitan beneficio y desenfocan lo que debe ser la prioridad de la Argentina, que es el bienestar del país, y cómo pueden trabajar bilateralmente con nosotros y con otros aliados", planteó Claver, funcionario con autonomía propia porque trabaja en la Casa Blanca, no en el Departamento de Estado, y por lo tanto reporta solo a Trump.

Son condicionamientos que encontrará cualquier afinidad bolivariana en el Frente de Todos. Lo constató esta semana Jorge Argüello, futuro embajador en Estados Unidos y quien más trabajó para saldar el desencuentro en el almuerzo que Alberto Fernández y Felipe Solá tenían previsto para el día siguiente con la delegación norteamericana. Ya sin el invitado más importante, Claver, se procuró ahí aligerar las diferencias y se acordó una visita de funcionarios argentinos a un encuentro de petroleros el próximo martes en Washington.

Horas después, en una decisión con pocos precedentes en el mundo de la diplomacia, que desaconseja dar asilo político a dirigentes de países fronterizos, el Gobierno recibió a Evo Morales. "Esto es para pelearse, no le encuentro ningún sentido", protestó a este diario un empresario que votó al Frente de Todos.

El contexto no es sencillo. Alberto Fernández deberá convivir con estas tensiones en una región convulsionada, donde tampoco están claros los alcances de la brisa bolivariana que celebró Diosdado Cabello. Es cierto que el Presidente se ha especializado en suavizar este tipo de enojos. En 2007, apenas asumió Cristina Kirchner, él y el embajador Earl Wayne organizaron un encuentro para convencer a la presidenta de que la valija de Antonini Wilson no obedecía a una operación de los servicios de inteligencia norteamericanos. Pero, como en tantos otros ámbitos, deberá practicar el arte de la equidistancia: cualquier gesto con Estados Unidos podría no ser indiferente a una militancia kirchnerista urgida de recuperar epopeyas discursivas. No deja de ser, después de todo, una coincidencia diplomática: ambos presidentes estarán tentados a pensar la política exterior en términos partidarios. La diferencia es que, por ahora, Fernández conoce más la identidad de Trump que este la de su par argentino.

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