Algunas ideas y enseñanzas básicas de quien fue tres veces ministro de Economía
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Juan José Romero, Jorge H. Wehbe y alguien más, cuyo nombre por ahora me reservo, fueron los tres argentinos que ocuparon el Ministerio de Economía en tres oportunidades. En los 165 años que van desde la presidencia de Justo José de Urquiza hasta fines de 2019, la cartera económica estuvo a cargo de 131 personas, lo cual implica una permanencia promedio de un año y tres meses. Ramón Antonio Cereijo y Domingo E. Salaberry fueron ministros durante seis años, Miguel Roig, durante seis días. Salaberry se suicidó, por no poder soportar infundadas acusaciones de corrupción.
Sobre lo que significa ser ministro, conversé con el argentino Roberto Teodoro Alemann (1922-2020), quien ocupó la cartera de Economía entre mayo de 1961 y enero de 1962, y entre diciembre de 1981 y junio de 1982. Además de eso, en el sector público fue agregado y consejero financiero en la embajada argentina en Londres (1957); consejero financiero en la embajada argentina en Washington (septiembre de 1959 a abril de 1961), y embajador ante Estados Unidos (1962-1964). A partir de 1981, dirigió el Argentinisches Tageblatt, diario perteneciente a su familia. En lo personal era un “grande”: luego de participar en un programa de televisión, me invitó a subir a su auto. Le señalé que mi casa no le quedaba de camino. Insistió, preguntándome: “¿Sabe lo que es un auto? Un artefacto que sirve para llevar a los amigos”. Lo imito cada vez que puedo.
–El rol ministerial no siempre es adecuadamente comprendido. ¿Cuál fue su experiencia al respecto?
–Ocupé la cartera de Economía formando parte de dos gobiernos bien diferentes. Pero, dada la ocasión, prefiero concentrarme en la experiencia de otro compatriota.
–¿Quién?
–No lo voy a decir por ahora, y luego le voy a explicar por qué. Un verdadero personaje, que en los debates se sentía superior y que no hacía nada por disimularlo, por más desagradable que suene. Pero que planteó de manera muy importante cómo tiene que operar un ministro, no solamente en lo suyo sino con relación al presidente de la Nación.
–Lo escucho.
–Poco antes de fallecer, afirmó en un reportaje que “nuestro sistema de gobierno es un sistema presidencial ministerial, en el cual los ministros son un rodaje no subalterno, sino principalísimo. El presidente de la Nación debe reunirse con los ministros. Imagínense que me hubieran dicho a mí, cuando era ministro y necesitaba ver al presidente, que no tenía audiencia. ¿No tengo audiencia? ¡Que suprima todas las otras!, porque un miembro del gobierno tiene que tener acceso”.
–Además de lo cual, distinguía entre el ministro-secretario y el ministro-consejero.
–Así es, porque según él, el desempeño de la función ministerial implica no solo la obligación de cuidar una determinada rama de la administración pública, sino el privilegio y la responsabilidad de tener participación en la decisión de los problemas generales de gobierno. Un ministro se va no solo por cosas de su ministerio, sino por las de otros. Si uno es ministro de Hacienda, el gobierno quiere romper con Brasil, y él (o ella) cree que eso es una macana, lo dice. Claro, no es cuestión de irse por una triquiñuela, pero cuando los asuntos son de significación suficiente como para dar la orientación de un gobierno, un ministro se cree obligado a irse.
–Cosa que él hizo.
–Probablemente en su primera incursión ministerial, ciertamente en las dos últimas, no renunció por razones económicas, sino por razones políticas. En 1962, durante la presidencia de José María Guido, hubiera preferido ser ministro de Interior, no de Economía, y condicionó su permanencia en el Poder Ejecutivo a que mantuvieran abierto el Congreso. Cuando pocos días después de asumir lo cerraron, renunció.
–Perdón por la obviedad, pero la relación que se desarrolla entre un presidente de la Nación y sus ministros, la plantea básicamente el primero.
–Así es, pero la relación no es estática, porque la agenda de quienes ejercen responsabilidades ejecutivas se nutre mucho más de las circunstancias que de los grandes principios. Los estilos no se cambian, pero los hechos pueden generar cambios dentro de un mismo estilo.
–Otra gran enseñanza es que era un gran componedor en política.
–A Arturo Frondizi, con quien coincidía en pocas cosas, pero con quien tenía muy buen trato personal, le aconsejaba “desdramatizar la lucha política”. Como le dije, era implacable en los debates, pero entendía que la realidad era suficientemente importante como para, cuando se ejercía una importante responsabilidad de gobierno, bajar los decibeles. Característica que heredó uno de sus nietos, senador de la Nación.
–¿Es cierto que tenía clara lo que la literatura especializada denomina el enfoque monetario de la balanza de pagos?
–Le cito textualmente. En 1962 dijo: “Hay fases de la economía en que, sin una política crediticia extremadamente dura, no se puede mantener una moneda. Por consiguiente, no hay más remedio que persistir en esa política de dureza, aunque ello sea doloroso. Estamos en una de ellas, en que toda la expansión crediticia deprime el valor de la moneda, y si se trata de una moneda como el peso, de libre convertibilidad, expele las divisas”.
–¿Ya en ese momento los argentinos ahorraban en dólares?
–Eso vino después. En aquel momento, la demanda de dólares provenía fundamentalmente de las empresas que se habían endeudado en dicha moneda, haciendo inversiones reales durante la presidencia de Frondizi.
–Déjeme adivinar. Usted está hablando de Federico Pinedo, de quien el próximo 10 de septiembre se cumplen 50 años de su fallecimiento.
–Quien ocupó la cartera de Economía durante 860 días entre agosto de 1933 y diciembre de 1935; 137 días entre septiembre de 1940 y enero de 1941; y 19 días en abril de 1962. Coincidimos en la Academia Nacional de Ciencias Económicas, durante los últimos cinco años de su vida, y en 1957 fuimos miembros fundadores de la Asociación Argentina de Economía Política.
–¿Por qué intentó hasta ahora mantener el misterio?
–Porque lamentablemente en la Argentina solemos desperdiciar buenas ideas por la descalificación personal que generan quienes las plantean. Parecería que ningún compatriota puede tener una sola buena idea debido a que como funcionario no fue exitoso, a sus vinculaciones familiares o profesionales, etcétera. Demasiado lujo para un país que necesita solucionar problemas graves.
–¿Qué sugiere?
–Que las ideas sean planteadas de manera anónima, o que los autores utilicen seudónimos. Haga lo siguiente: sugiera una iniciativa entre sus parientes y amigos, y cuando parezca aceptable, adjudíquesela a alguien cuestionado y verá.
–Discúlpeme, ¿está usted hablando en serio?
–Muy en serio. No hay nada más fácil que descalificar, pero con la descalificación no se construye.
–Querido Roberto, muchas gracias.
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