Hace cuatro años, los Gutiérrez, pioneros en Casa de Piedra, implantaron pistachos y esperan que el lugar se perfile como una nueva zona de producción
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En octubre de 2021, en un rincón árido del sur de La Pampa, una familia se animó a un desafío que, para muchos, sonaba improbable: plantar pistachos donde casi nadie los imaginaba. Cuatro años después, en Casa de Piedra, las primeras plantas ya florecieron y comenzaron a semillar. Para los Gutiérrez, ese momento marcó mucho más que un hito agronómico: fue la confirmación de que el proyecto familiar que nació casi como un sueño hoy empieza a echar raíces firmes.
La historia se desarrolla en una chacra de 28 hectáreas, donde funciona PampaPist SRL, un emprendimiento que combina producción, conocimiento y una fuerte impronta familiar. Allí, en pleno sur pampeano y bajo riego, el pistacho encontró suelo, clima y agua para crecer.
Pero el origen del proyecto no está en La Pampa, sino a miles de kilómetros, en Europa. Todo empezó en París, cuando Agustina Gutiérrez, luego de un viaje de vacaciones, decidió dejar su trabajo y mudarse a Francia para desempeñarse como guía turística. Allí conoció a Juan Carlos, un joven español de Cuenca, un pequeño pueblo cercano a Madrid, cuya familia había sido pionera en la reconversión de olivares a pistachos en la provincia de Guadalajara.

Ese giro productivo en esa región española, que en su momento parecía insólito, terminó transformando a la zona en una de las pistacheras más importantes de España y de la Unión Europea.
“Hace como una década cuando mi hermana vino con su pareja a la Argentina a conocer, trajeron bolsas de pistachos en sus valijas; nosotros no habíamos comido nunca, y la realidad es que se enloqueció la familia”, recordó ante LA NACION Santiago Gutiérrez, diseñador gráfico y socio-gerente de PampaPist.

Las visitas se repitieron y también las maletas cargadas de pistachos. Con cada viaje, crecían las charlas familiares en torno a ese fruto exótico todavía por estos lares, primero como una fantasía y luego como una posibilidad concreta de producirlo en el país. “Los años siguientes volvieron a traer y se dieron las mismas conversaciones hasta que ya empezamos a dar forma y empezamos a recorrer distintos productores de diferentes regiones de la Argentina”, contó.

El primer destino fue San Juan, la provincia con mayor tradición en pistacho en el país. También recorrieron Mendoza. Sin embargo, la idea original siempre había sido La Pampa y no querían claudicar a ese. “Como somos oriundos de esta provincia y vivimos en Santa Rosa para nosotros la idea siempre fue que el proyecto sea en alguna zona de La Pampa”, señaló.

“Traen agua del río Colorado, del otro lado del dique que hay en Casa de Piedra, la pasan por una planta de procesamiento, una bomba gigante que no existe en Sudamérica y desde ahí llevan el agua a otra estación de purificado para luego llevarla hasta la cabecera de cada lote. Lo que hacen es vender lotes de 50 hectáreas aproximadamente, y en la cabecera de cada lote hay una bomba hasta donde llega el agua, con presión, purificada y limpia. Esto te genera una gran ventaja comparativa en cuanto a costos porque el agua ya está directamente en el lote”, explicó.
La familia adquirió una parcela de 28 hectáreas que comenzó a implantarlas de manera escalonada: primero cuatro hectáreas, luego ocho y así sucesivamente. Hoy, no solo tienen su finca implantada, sino que además de ser los primeros en la zona, desencadenaron un efecto contagio. “Fuimos los pioneros en implantar pistachos en la zona pero enseguida se generó un efecto de bola de nieve. En la actualidad, ya hay más de 300 hectáreas implantadas. Además, hay solicitudes ingresadas para poner otras 300 hectáreas más. Nosotros también pedimos unas 50 hectáreas adicionales. Esto va a crecer exponencialmente hasta convertirse en un polo productivo de pistachos que es un boom a nivel mundial. Ahora solo se ve la punta del iceberg“, afirmó.

La empresa está integrada por el padre, Fernando Gutiérrez, abogado, y sus seis hijos, cada uno con su profesión: desde diseñador gráfico y anestesista hasta estudiantes. En detalle, además de Fernando y Santiago; forman parte Agustina, guía turística radicada en París; Lucas, anestesista; y Juan Manuel, Felipe e Ignacio, todos estudiantes: “Es un emprendimiento totalmente familiar, dentro de la empresa estamos todos los hermanos y mi padre”.
El aprendizaje fue, en gran parte, autodidacta. “Como diseñador gráfico, no tenía idea, por eso con mi padre empezamos a estudiar sobre el tema. Fue camino al andar”, reconoció.
Libros, miles de videos por Youtube, artículos técnicos y el seguimiento del modelo español fueron las principales fuentes de información. Describió que en las fincas de la Argentina la forma de producción es totalmente distinta a las de Europa.

“Nuestra idea siempre fue copiar el modelo español. En las chacras de San Juan que recorrimos todas tienen su planta procesadora, sus cosechadoras y, por ahí alquilan el servicio a algún pequeño productor. Nuestra idea siempre fue armar una cooperativa, donde las máquinas se asignen por días y horarios de cosechas y después para la venta trabajar de manera mancomunada", dijo.
Hoy, la familia produce sus propios portainjertos, realiza injertos, podas y también asesora a quienes quieren iniciarse en el cultivo. En total implantaron alrededor de 8000 plantas, con un dato que los sorprendió incluso a ellos: “En todo ese tiempo, vimos cómo las plantas fueron creciendo, adaptándose al lugar. Cuando las trajimos de San Juan, nos habían advertido que había una probabilidad de que mueran algunas plantas. Pero, de esas 330 plantas por hectárea que pusimos, no registramos ninguna muerta”, destacó.

Aunque las plantas ya dieron frutos, decidieron quitarlos para priorizar la formación del árbol. “Las vamos a tener unos tres años más por lo menos en formación”, explicó. La producción comercial llegará más adelante, pero las proyecciones son alentadoras.
El destino de la producción está claro: la exportación. “Todas las grandes fincas de la Argentina destinan una muy pequeña parte al consumo interno, la mayor parte se va para afuera”, señaló.
En este momento, dijo, la demanda mundial supera ampliamente a la oferta y el precio se mantiene estable. “Hoy se vende a granel a US$10 el kilo, es un valor que se ha sostenido en los últimos 15 años”, detalló.
Si bien la inversión inicial es alta, el sistema de esa región pampeana reduce costos. “En la zona, tiene un máximo por implantar una hectárea de US$18.000, incluida la tierra”, indicó, frente a valores mucho más elevados en otras provincias, como en San Juan, donde el costo de implantación puede rondar entre los US$25.000 y US$30.000. Contó que la recuperación de la inversión comienza alrededor del séptimo año y la expectativa es alcanzar rindes de unos 3000 kilos por hectárea.
“Estamos hablando, año a año, de unos US$30.000 por hectárea. Mercado hay de sobra”, afirmó. En un contexto global donde el pistacho es un boom y la oferta no alcanza, en Casa de Piedra, al sur de La Pampa, una familia ya empieza a cosechar algo más que frutos: la confirmación de que animarse a lo distinto también puede dar resultados.
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