Los medicamentos de esta actividad son insumos estratégicos y si desaparece la producción nacional aumentan los costos por dependencia de productos importados
4 minutos de lectura'

La industria farmacéutica veterinaria, que desarrolla, produce y distribuye fármacos y productos biológicos destinados a la salud animal, no es un sector accesorio de la economía. Es un componente estructural de la seguridad sanitaria, alimentaria y productiva de un país. Cuando esta industria se reduce o desaparece, ya sea por pérdida de competitividad, dependencia importadora o por marcos regulatorios excesivos y desproporcionados, se generan vulnerabilidades profundas que trascienden lo económico y afectan la soberanía nacional.
La producción local de medicamentos veterinarios es clave para sostener programas de prevención y control de enfermedades. La salud animal está estrechamente vinculada a la salud humana bajo el enfoque de “Una Salud”, que reconoce la interconexión entre personas, animales y ambiente.
Sin industria local se depende de importaciones de vacunas y tratamientos críticos, se debilita la capacidad de reacción ante brotes (aftosa, brucelosis, rabia, encefalitis equina, etc.), se reduce la posibilidad de adaptar productos a cepas o condiciones epidemiológicas locales. La autonomía productiva permite responder con rapidez y ajustar formulaciones a la realidad sanitaria del país, algo que no siempre es prioridad para proveedores globales.
En países con fuerte base agropecuaria, los medicamentos veterinarios son insumos estratégicos. Si desaparece la producción local aumentan los costos por dependencia de productos importados, se generan riesgos de desabastecimiento ante crisis logísticas o comerciales, se afecta la competitividad de productores de carne, leche y otros alimentos.
Una enfermedad animal mal controlada puede cerrar mercados de exportación y provocar pérdidas millonarias. La industria veterinaria, por lo tanto, es parte del engranaje de la seguridad alimentaria nacional.
La concentración global de ingredientes farmacéuticos activos (APIs) y productos terminados en pocos países ha demostrado ser una vulnerabilidad estructural. Crisis sanitarias, conflictos geopolíticos o restricciones comerciales pueden interrumpir cadenas de suministro.
La lección aprendida en la industria farmacéutica humana, especialmente tras la pandemia, es clara, ya que la dependencia excesiva limita la soberanía sanitaria. En el ámbito veterinario ocurre lo mismo. Si un país pierde su capacidad industrial, queda expuesto a decisiones regulatorias o comerciales externas, puede enfrentar aumentos abruptos de precios, reduce su capacidad de negociación internacional.
A estos factores estructurales se suma una amenaza interna, como los marcos regulatorios excesivos, desproporcionados o innecesarios, que pueden asfixiar a la industria nacional. Las regulaciones sanitarias son esenciales para garantizar calidad, seguridad y eficacia.
Sin embargo, cuando se imponen requisitos duplicados o técnicamente injustificados, se elevan costos de registro sin fundamento sanitario proporcional, se exigen estándares diseñados para grandes multinacionales sin considerar la escala local, se promueven cambios regulatorios sin análisis de impacto productivo, y el efecto puede ser la exclusión de laboratorios nacionales del mercado.
En algunos casos, grandes empresas internacionales pueden verse favorecidas por marcos regulatorios complejos que funcionan como barreras de entrada. Esto genera un fenómeno conocido en economía política como captura regulatoria, donde la regulación termina beneficiando a actores dominantes en detrimento de la competencia.
El resultado no es mayor calidad sanitaria, sino concentración de mercado, reducción de competencia, menor innovación local, aumento de precios, dependencia estructural de proveedores externos. Paradójicamente, una regulación diseñada para proteger puede terminar debilitando la seguridad estratégica del país.
La desaparición de laboratorios veterinarios locales implica pérdida de empleo calificado, fuga de conocimiento, menor inversión en investigación aplicada a problemáticas regionales, desarticulación de vínculos entre industria, universidades y sistema científico. Una vez perdida, la capacidad industrial es difícil y costosa de reconstruir.
Si se combinan la dependencia externa más la sobrerregulación interna y la concentración de mercado, el país enfrenta vulnerabilidad sanitaria ante emergencias, mayor costo productivo en la cadena agroalimentaria, pérdida de soberanía regulatoria real, debilitamiento del entramado científico-industrial, transferencia de valor agregado al exterior.
La industria farmacéutica veterinaria local es un activo estratégico. Su debilitamiento -ya sea por falta de políticas industriales o por regulaciones excesivas que actúan como barreras artificiales- compromete la seguridad sanitaria, la estabilidad productiva y la autonomía nacional. La regulación debe garantizar calidad y seguridad, pero también ser proporcionada, basada en evidencia y evaluada en términos de impacto sistémico. Un equilibrio inteligente permite proteger la salud pública sin destruir capacidades productivas esenciales.
El autor es presidente de la Cámara de Laboratorios Argentinos de Medicina Veterinaria (ClameVet)
1Resultados económicos: ganadores y perdedores de una campaña caliente
2Medida histórica: la identificación electrónica obligatoria del ganado generó una explosión de ventas
3Alerta: detectaron un caso de gripe aviar en aves de corral y el Gobierno suspendió exportaciones
4Aranceles al 15%: incertidumbre en los sectores exportadores argentinos por el anuncio de Trump




