"El hermano de Martín Fierro", hombre de muchos talentos, resultó eclipsado por el astro mayor
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"Los hermanos sean unidos/ porque ésa es la ley primera", asevera el mayor de nuestros poetas, en una definición que le ha permitido -al menos en este particular caso- la infrecuente fortuna de ser profeta en su propia tierra, pues la adhesión ejemplar que mutuamente vinculó a José Hernández con su hermano Rafael es parte relevante de la tradición literaria argentina y, en especial, de la devoción que entre algunos suscitan las cosas criollas.
José era el tocado por el destino y éste había resuelto atribuirle la tarea de concretar el más cabal testimonio entre los que dejaría el paso del gaucho, su vida, pasión y muerte en las llanuras que nos rodean. Rafael, nacido cuatro años antes que él y que lo sobreviviría hasta 1903, tuvo el don de comprender, como muy pocos lo hicieron en ese tiempo, la enorme dimensión de la obra tramada por su hermano y de haberse convencido muy temprano de su valor perdurable, en una actitud significativamente contrapuesta a las conocidas reticencias del propio autor.
Por cierto, no era hombre de quedarse en la mera emoción y tras la muerte de José maduró la idea -que, al parecer, no había tenido nadie antes- de que debía contarse con una edición depurada del poema, hasta ahí circulante sólo en precarias ediciones populares vendidas mayormente pulperías y en "almacenes de ramos generales", y recibidas por un público tan lleno de sentimiento y de adherencias gauchas como de rústica ignorancia.
Le interesaba, sobremanera, la sugerente comparación que cabe establecer entre los lenguajes tan cercanos y tan diversos de Hernández y de Estanislao del Campo, pero la muerte le impidió avanzar por ese camino y fue menester el paso de varias décadas antes de que aparecieran trabajos ese tipo, pero ya hechos desde otra perspectiva y otro rigor, a partir de los múltiples enfoques que en el transcurso del siglo XX habrían de enriquecer las nociones sobre creación literaria e interpretación histórica. Ese atisbo crítico se explica porque, entre tantas otras cosas, Rafael fue un gran amante de nuestra poesía, según lo revela su tan citada como poco leída Nomenclatura de las calles de Pehuajó , en realidad un conjunto de reseñas entusiastas de la vida y obra de los principales cantores de la patria vieja, entre ellos su hermano, del que proporciona algunas cuantas referencias que sólo nos han llegado por su intermedio.
De las letras a la acción
Paisano hasta el tuétano pero, a la vez, agrimensor, innovador, inventor y denodado pionero industrial, su mundo, naturalmente, no era el del Martín Fierro inicial, sino el de La vuelta..., cuyos personajes se van abriendo, paulatinamente, al entendimiento de las virtudes domésticas, de la contención del ímpetu de riña y de la buena disposición hacia quienes cifran su orgullo en ayudar y en ayudarse.
Político como casi todos los varones esclarecidos de aquella época, docente en las primeras aulas de la Universidad de La Plata, combatiente bajo la bandera oriental en las épicas jornadas de Paysandú, sus andanzas por la campaña porteña fueron por demás fecundas y se le deben -por mencionar datos de archivo-, las trazas urbanas de Tres Arroyos, Pringles, Coronel Suárez y Bolívar y la fundación de la colonia Nueva Plata, al sudeste de Pehuajó, que tuvo su momento de esplendor. Fuera de "Buenos Aires, patria hermosa..." peregrinó por muchos lados y es de señalar, al respecto, su incursión con fines cartográficos en la Misiones selvática de fines del siglo XIX, de la que dejó una descripción sagaz, acompañada de no pocos certeros anticipos.
Individuo empeñoso, lleno de logros, de buena voluntad y de méritos verdaderos, su memoria, sin embargo, no es sino un apéndice del inmenso renombre conferido por la posteridad a su hermano. A él poco y nada se lo recuerda y ése es, bien visto, su gran tributo fraternal, de seguro el que más hubiese contentado a su corazón de haber podido contemplar lo de entonces desde el mirador actual. Con su mucho de poeta sin palabras, es claro que debía tener presente la consabida figura de que el sol oculta a las estrellas, y que así debe ser. Era necesario que los hermanos fuesen unidos y a él le correspondía, para bien, encarnar esa concordia generosa, ensalzada por el poema muy poco antes de concluir, como para no dejar una deuda pendiente.






