La Argentina e Inglaterra, dos socios desconfiados
Pese a un aumento de las relaciones comerciales entre los dos países, todavía la reconciliación entre ambas sociedades demandará que pase más tiempo.
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(The Economist).- En casi todos los terrenos, la Argentina y Gran Bretaña se llevan bien, como lo han hecho en la mayor parte de los dos últimos siglos. La British Airways opera activamente entre los dos países, y el último mes, HSBC, un grupo de bancos británicos, compró el Banco Roberts, que (a pesar de su nombre inglés) es argentino.
Recientemente, la Argentina desplazó a México como la más importante plaza comercial latinoamericana para Gran Bretaña, después de Brasil.
Todo andaría bien si no fuera por un racimo casi insignificante de islas llamadas Falklands por los ingleses y Malvinas por los argentinos. Hace quince años, un gobierno conservador británico libró una guerra para recuperar las islas después de diez semanas de ocupación por la Argentina. Su destino continúa siendo un punto sensible.
El advenimiento de un gobierno laborista con vasta mayoría suscitó en la Argentina la esperanza de que pudiera cambiar la política británica. Eso no era realista, como lo reconocen los propios funcionarios argentinos. Gran Bretaña se mantiene en su tesis: los malvinenses tienen derecho a decidir qué bandera flamea sobre las islas. Hasta que no decidan lo contrario, serán británicas. Para garantizar ese derecho, Inglaterra seguirá manteniendo en las islas una guarnición de 2000 hombres, con un costo anual de más de 70 millones de libras esterlinas (115 millones de dólares).
Gracias a los ingresos por concepto de licencias de pesca, los falklanders (malvinenses) no son ya pobre gente que depende de una moribunda explotación de granjas ovinas. Los hallazgos de compañías petroleras que exploran el Atlántico Sur pueden hacerlos más ricos todavía. En tal caso, los isleños podrían contribuir, en parte, a los gastos de su propia defensa.
La Argentina, no obstante, se muestra moderadora. Desde 1982, la dictadura cedió el paso a una democracia cada vez más consistente (aunque todavía imperfecta). Eso ha hecho que la política argentina sobre las Malvinas sea menos intransigente. En 1989, el presidente Menem renunció al uso de la fuerza para alcanzar las reivindicaciones argentinas. A principios de este año, propuso que la Argentina y Gran Bretaña compartieran la soberanía.
Para los argentinos, eso era inaceptable. La mayoría cree todavía que las islas son suyas (como se les enseña en la escuela). Y la Constitución de 1994 reivindica la plena soberanía. Pero el 50% de los argentinos dice ahora que la soberanía compartida sería aceptable, a diferencia de sólo el 34% en 1990, según el Estudio Mora y Aragón, consultores de opinión.
Roberto Alemann, ministro argentino de Economía en tiempos de la guerra del Atlántico Sur, ha dado a la idea de la soberanía compartida un decidido apoyo de los conservadores.
Después de un acuerdo eventual, "los isleños apenas si notarían la diferencia", dice el ministro argentino de Relaciones Exteriores, Guido Di Tella. Señala que las provincias argentinas gozan de autonomía sobre (algunos de los) asuntos internos.
A pesar de Di Tella
Di Tella ha tratado de seducir a los malvinenses enviándoles regalos de Navidad y almorzando (en Londres) con miembros del Falkland Islands Council.
"Están empezando a gustarme", dijo a una comisión de las Naciones Unidas el 16 de junio, en ocasión del debate anual sobre las islas. Ese sentimiento no es recíproco.
Los isleños siguen desconfiando de las intenciones argentinas. Por su insistencia, a los portadores de un pasaporte argentino les está prohibido visitar o comerciar con las Malvinas (salvo raras visitas a las tumbas de la guerra por parte de familiares). Di Tella llama a esto "una rareza", sólo comparable a la separación entre las dos Coreas o entre Taiwan y China. Es difícil imaginar que se prolongue para siempre ese distanciamiento entre las Malvinas y la Argentina.
La industria petrolera argentina, privatizada, es quizá la más eficiente de América latina, y gran parte de ella tiene sus bases en la Patagonia, frente a las islas. Si se descubrieran yacimientos offshore, las presiones para una mayor cooperación económica serían considerables. La reconciliación demandará mucho más tiempo.
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