Mariekondonomics: el orden y el desorden aplicados a la economía

Una pregunta central en esta ciencia es si los agentes librados a sus acciones y a la fuerzasdel mercado son más compatibles con la organización o con el caos; cómo juega la idea de "tirar"
Una pregunta central en esta ciencia es si los agentes librados a sus acciones y a la fuerzasdel mercado son más compatibles con la organización o con el caos; cómo juega la idea de "tirar" Crédito: Javier Joaquín
Walter Sosa Escudero
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7 de abril de 2019  

Es de buen economista practicar la racionalización a posteriori: inventar historias compatibles con hechos observados, como quien insiste en contemplar la posibilidad de que una piña en el ojo en realidad pudo haber sido un cabezazo al puño. Y desde esta perspectiva es que varios economistas se han subido al tren de la reciente "mariekondomanía" por el orden, tirando cabezazos y también puñetazos (con la mano invisible).

La cuestión del orden es atávica en la economía. A la larga, tal vez "la" pregunta seminal de la disciplina maldita fue si los agentes librados a sus acciones y a la fuerza del mercado son más compatibles con el orden que con el caos. La historia de la economía puede contarse como la larga saga de intentar responder afirmativa o negativamente la pregunta de marras (y en sus distintos grados de validez) y de entender los mecanismos que conducen a ese orden/equilibrio social.

Entre oportunistas y advenedizos, varios economistas saltaron a la palestra del orden, atraídos por el tsunami provocado por el libro de Marie Kondo . Así, el verborrágico economista Tim Harford escribió recientemente que "lo que me sorprende es que Kondo es una economista intuitiva", señalando que varias de sus recomendaciones son compatibles con algunos principios básicos de la economía. En particular, Harford refiere a la recomendación enfática de Kondo de romper el "sesgo de statu quo", revirtiendo la práctica usual de no tirar un objeto "por las dudas", sino todo lo contrario: partir de la base de que un objeto no sirve para nada a menos que realmente haya evidencia de lo contrario.

Otros, como Bouree Lamb, en un artículo en The Atlantic, han sugerido nexos entre la práctica "abandónica" propuesta por Kondo, y los estudios de los Nobel Daniel Kahneman y Richard Thaler, en lo que se refiere a la sobrevaloración de objetos por el mero hecho de poseerlos y la inhabilidad de las personas en calcular su utilidad futura, como quien guarda celosamente el traje de su casamiento creyendo inocentemente que en algún momento recuperara el peso y la forma, diez años después de haber empezado a engordar en forma monótona desde el mismísimo día de su boda.

La idea de "tirar y ordenar" recurrente en el best seller de Kondo encuentra su basamento en algo que los economistas creen y enseñan a sus alumnos casi desde la primera clase: que una vez que los costos se "hundieron" no importan en la decisión posterior. En este sentido, muchos economistas no aceptan como excusa el clásico "no seas fiaca, vamos al cine que ya pagamos las entradas", porque habiendo pagado a la mañana las entradas, la decisión de quedarse a la noche durmiendo en vez de ir a ver la película debería basarse en cuánto gusta o molesta ir al cine, y no en el hecho de que las entradas ya estén pagas. Esto racionaliza la práctica de tirar, ignorando el costo hundido de haber adquirido objetos innecesarios, implícita en la propuesta de Kondo.

También es cierto que lo de "ordenar tirando" a veces se parece, sospechosamente, al "método de María Antonieta para el malestar cervical": la práctica habitual de muchos economistas de pretender resolver el problema de vaciar la bañera tirando por la borda al agua y al bebé juntos.

Hasta aquí, los "cabezazos al puño", es decir, la actitud de algunos economistas, que al racionalizar las enseñanzas de Kondo tanto la validan como la relativizan al señalar (con el diario de mañana) que sus premisas ya estaban de alguna manera flotando en los principios elementales de la disciplina. Los puñetazos también llegaron desde la economía. El mismo Tim Harford publicó un libro titulado Desordenados: el poder del desorden para transformar nuestras vidas, en el cual, a contramano de KonMari (marca genérica de varios de los productos de Kondo), argumenta enfáticamente a favor del caos y el desorden como motores y aceite de la creatividad, afín a la estética despreocupada y anárquica de genios como Einstein o Charly García.

La revolución de big data y machine learning no resulta ajena a la "mariekondización" y convoca a la pregunta obvia de si no será posible relegar el orden a algún algoritmo: la buena de Marie Kondo, vengativamente reemplazada por un robot. Como si provisto de suficientes datos, un algoritmo bondadoso pudiese poner orden en el caos del "segundo cajón de la cocina", ese que todos tenemos y atesora hilos, botones, pilas, tornillos disociados de sus tuercas, llaves y el inevitable "cosito que va en la punta del coso" que nadie sabe ni de dónde vino ni para qué sirve. Interesantemente, y por más datos de los que se disponga, la respuesta es negativa, porque, como lúcidamente adelantó don Jorge Luis Borges en El Idioma Analítico de John Wilkins: "No hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural".

Es decir, toda clasificación de objetos implica cierta arbitrariedad. Como que, por ejemplo, fastidia a quien hace dieta y preferiría que en el súper la mermelada light se ubicara con el pan integral y no con las otras mermeladas con azúcar -como ocurre en la práctica-, y beneficia al que las cuestiones de peso le son ajenas y va a la góndola de los dulces sin andar discerniendo si engordan o no: mermeladas por un lado, panes por otro.

Los métodos de "análisis de cluster" son un caballo de batalla de machine learning, y son una solución inteligente a esta cuestión: asignan objetos a grupos que no son definidos a priori, sino que surgen de satisfacer el doble criterio de que, dentro de un grupo, los objetos son parecidos entre sí y a la vez distintos entre grupos, sobre la base de sus características, como quien en el cajón de la cocina separa objetos por su forma (largos por un lado, pequeños por otro) o por su función (de cocina o no), sobre la base de sus características observables.

Este tipo de métodos computacionales permiten armar grupos de "objetos", tales como consumidores, votantes, enfermedades y sus síntomas, imágenes, etcétera, poniendo un orden simple en miles de datos otrora caóticos. De amplio uso en todas las disciplinas, desde el marketing hasta la opinión pública y pasando por la biología y la medicina, son de uso incipiente pero relevante en economía. A modo de ejemplo, los métodos de cluster se han usado efectivamente para clasificar países de acuerdo con sus esquemas cambiarios (como en un trabajo del expresidente del Banco Central Federico Sturzenegger junto a Eduardo Levy Yeyati), para identificar a la clase media (como en un artículo del autor de esta nota junto a Marcela Svarc y Maria Edo) o para agrupar países de acuerdo con su grado de institucionalización, como en un estudio reciente de Mariano Tommasi, Germán Caruso y Carlos Scartascini, por mencionar unos pocos ejemplos relevantes para nuestro ámbito.

A diferencia de la ciencia de Adam Smith, el libro de Marie Kondo propone un método concreto para ordenar el mar de objetos inexplicables que habitan la mayoría de los hogares, y que ha catapultado a la autora, empresaria y consultora japonesa a la categoría de una auténtica rock star, con serie en Netflix incluida. No son pocos los que querrían encontrar en las páginas de sus libros alguna pista que ponga orden en nuestra agitada economía, más allá de las arbitrariedades señaladas por nuestro José Luis... perdón, Jorge Luis Borges.

waltersosaescudero@gmail.com

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