Del boom a la crisis: la tormenta perfecta que amenaza a la industria del vino
Con un consumo que no repunta y las exportaciones golpeadas, el sector acumula stocks, deudas y bodegas con carteles de “en venta”; el entusiasmo inversor de otras épocas dio paso a un proceso de ajuste
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En las últimas semanas la industria del vino se vio sacudida por una sucesión de malas noticias. Primero fue la presentación en concurso preventivo de Norton -la bodega controlada por la familia austríaca Swarovski, que acumula deudas por más de US$30 millones-, después llegó el anuncio de la reestructuración de la cadena de pagos de Bianchi -una de las contadas firmas del sector que sigue en manos de los descendientes de los fundadores- y los problemas financieros que enfrenta la sanjuanina Casa Montes, con más de 280 cheques rechazados.
En el sector reconocen que más allá de la situación puntual y las dificultades que arrastra cada bodega, la crisis que enfrenta el sector es mucho más generalizada, con una caída en el consumo doméstico que se sintió con mucha más fuerza en el vino que en otros rubros y exportaciones golpeadas por un tipo de cambio que no ayuda y una menor demanda internacional. Sin embargo, también destacan que la industria continúa siendo competitiva a nivel global y que el cambio en los hábitos de compra abre una oportunidad para las bodegas que logren adaptarse a un nuevo escenario en el que los consumidores toman menos y con menor frecuencia, pero están dispuestos a pagar más por vinos de mayor calidad, con origen definido y marcas reconocidas.

La recesión como telón de fondo
Hace unos días se conocieron los números del consumo de los productos de la canasta básica. Según el relevamiento de la consultora Scentia, las ventas de alimentos, bebidas, artículos de tocador y limpieza cerraron 2025 con una suba interanual del 2% en volumen y así quedaron muy lejos de recuperar todo el terreno perdido de 2024, cuando habían caído un 13,9 por ciento.
En un contexto generalizado de números en rojo, el peor resultado se lo llevó la categoría de bebidas con alcohol. En 2025 las ventas del sector crecieron un modesto 2,6%, pero en 2024 se había desplomado casi un 20 por ciento y de esta manera encabezan el ranking de industrias de consumo masivo más golpeadas. A la hora de explicar esta pobre performance, en el sector reconocen que el vino era uno de los productos más beneficiados por el anterior modelo de alta inflación, en el que a los consumidores les quemaban los pesos y corrían a stockearse. Con el cambio de régimen económico, el freno inflacionario y bolsillos más ajustados, esa dinámica desapareció, lo que obligó a toda la cadena -desde las bodegas hasta los supermercados y las vinotecas- a reformular su propuesta comercial.
“La industria del vino fue la que más se acomodó a los precios y una inflación a la baja, absorbiendo los mayores costos que no se podía trasladar al precio al consumidor en un contexto de baja del consumo. Pero esto se logró a costa de tener una rentabilidad negativa. Este tipo de situaciones se puede aguantar unos meses pero no puede ser algo estructural”, señaló Mario González, presidente de la Corporación Vitivinícola Argentina (Coviar) y director de la cooperativa La Riojana.
En el sector, igualmente, otras voces advierten que más que una crisis generalizada de la industria vitivinícola hay que hablar de bodegas en problemas. “Si bien no es un momento fácil para la industria, especialmente para los productores de uva, lo que vemos en muchas bodegas son problemas de mala administración. En algunas empresas hay un severo déficit de administración, con dificultades que no se pueden atribuir a la situación económica, sino a la incapacidad de adaptarse a un nuevo escenario, en el que ya no se pueden esconder las ineficiencias con la inflación”, advierte José Alberto Zuccardi, director de Familia Zuccardi, una de las contadas bodegas nacionales que permanece en manos de la familia fundadora.
Un mundo que compra menos
Otro de los problemas que enfrenta la industria vitivinícola local es que el vino que no se vende en la Argentina no se puede colocar en el exterior. En 2025 las exportaciones nacionales del sector sumaron US$661 millones y de esta manera cerraron con una baja interanual del 7,2%. En volumen, representa el número más bajo en 20 años y para encontrar ventas menores en dólares hay que retrotraerse hasta 2009.
La caída en las exportaciones se explica, aunque sea en parte, por una menor demanda a nivel global. El escenario es particularmente sensible en Europa, aunque también otros mercados relevantes como Estados Unidos y China, muestran signos de desaceleración de la demanda.
Según el último informe anual de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), el consumo de vino a nivel global se ubica en el nivel más bajo desde 1961, lo que llevó a muchos países productores a implementar medidas para restringir la oferta. A fines de 2025 la Unión Europea aprobó un plan de apoyo para el sector, que incluye subvenciones para el levantamiento de viñedos en países como Francia, Italia y España, con la intención de aliviar la presión sobre los precios.

“Históricamente, el sector compensó las caídas en el mercado interno con más exportaciones, pero hoy no se puede hacer porque el mercado a nivel global está en recesión y además enfrenta una guerra de aranceles”, señaló González, de Coviar. “El gran problema que enfrenta la industria es la pérdida de competitividad. La Argentina tiene muy buen producto y además se trata de un sector acostumbrado a competir, con más de 900 bodegas y 3000 marcas, pero hoy cuando salimos al exterior estamos en desventaja por nuestros mayores costos impositivos y logísticos”, agregó.
A pesar de este contexto global de consumo estancado y mayor competencia, en el sector destacan que el vino argentino sigue teniendo una oportunidad más allá de las fronteras. “Para recuperar exportaciones la Argentina debe adaptarse a tendencias globales, mejorar eficiencia y competir con mayor valor agregado. Eso exige mejorar la competitividad con una menor carga impositiva y celebrar acuerdos comerciales que nos pongan en igualdad de condiciones con otros orígenes. Hay oportunidades para el vino argentino, si bien el crecimiento de la premiunización se desaceleró, aún es positivo. También hay crecimiento de vinos tranquilos en países emergentes como Brasil, México, India y Tailandia”, asegura Marco Jofré, CEO de Trivento, la bodega mendocina controlada por el grupo chileno Concha y Toro que en 2025 se consolidó como la marca de vino argentino más vendida del mundo, tanto por volumen como en dólares.
Mucho volumen, poca rotación
La caída de las ventas en el mercado interno y en las exportaciones se tradujo en un exceso de stocks en toda la cadena productiva y comercial. Y lejos de resolverse, el escenario podría agravarse en los próximos meses. “Estamos frente a una tormenta perfecta, que todo indica que puede empeorar con la próxima vendimia. Las bodegas están muy golpeadas por la baja de las ventas y con volúmenes importantes de vino que no logran colocar”, señaló Matías Lammens, dueño de Ñuke Mapu, la firma que en los últimos años se consolidó como la mayor distribuidora de vinos de la Argentina. Lammens es uno de los pocos inversores que hoy se muestra activo en materia de compras: en octubre del año pasado se alzó con el 80% de la bodega Atamisque, que pertenecía al empresario belga John Du Monceau.
“Venimos de tres cosechas continuadas de buen volumen que generaron una sobreoferta en el mercado interno, pero el mayor problema no es ese, sino la poca capacidad financiera de las bodegas para sostener los stocks, en un mercado en que no hay una perspectiva de mejora de los precios”, explicó Zuccardi.
Una copa menos
A todos los problemas económicos que enfrenta la industria, también hay que sumar factores culturales. A nivel global, la irrupción en el mercado de las nuevas generaciones es acompañada por una baja generalizada en el consumo, lo que llevó a que en el Primer Mundo se popularizaran conceptos como sober october o dry january (octubre sobrio y enero seco, que consiste en pasar el mes sin beber alcohol) o flexi-abstemio, que son las personas, principalmente de la generación Z, que deciden reducir conscientemente su consumo. “Este tipo de campañas globales no son inocentes y en muchos casos están orquestadas por otras industrias, como las de las gaseosas o las cervezas que buscan imponer sus propuestas 0.0”, advierte Zuccardi.
Richard Halstead, director de Consumer Insights en IWSR -una consultora internacional especializada en la industria de las bebidas alcohólicas- advierte que el consumo de alcohol atraviesa una transformación estructural: los volúmenes muestran una caída sostenida, mientras que el valor registra un leve repunte, impulsado por factores económicos y un cambio de hábitos hacia elecciones más moderadas. “El tiempo de ocio se orienta cada vez más hacia actividades digitales —como el streaming y los videojuegos— que compiten con las tradicionales reuniones presenciales, donde el vino solía tener un rol central”, señala Halstead.
Los cambios en los hábitos a su vez están obligando a las bodegas a reformular su portafolio de productos. Siguiendo los pasos de la industria cervecera que desde hace años viene apostando a las versiones 0.0 como una manera de sumar ocasiones de consumo y adaptarse a los nuevos hábitos de las generaciones más jóvenes, en el último tiempo también empezaron a aparecer en el mercado local algunos vinos sin alcohol.

Nieto Senetiner, la histórica casa del grupo Perez Companc, presentó recientemente Nieto Senetiner 0% Brut, definido por la bodega como “el primer espumante sin alcohol 100% vino de la Argentina”. “La categoría ‘low & no alcohol’ crece a doble dígito en el mundo y se espera que represente el 4% de las ventas globales para 2028. Y en la Argentina vemos exactamente el mismo movimiento, consumidores que desean cuidarse, sentirse livianos, elegir con conciencia, pero sin dejar de lado el placer y el ritual del vino compartido”, explicó Delfina D’Alessandro, gerente de Marketing de Nieto Senetiner. “Hoy vemos un cambio profundo en los hábitos de consumo, con personas que buscan moderar su consumo de alcohol sin resignar el ritual del vino. Tanto millennials como adultos están alternando entre bebidas con y sin alcohol según el momento, ya sea por bienestar, deporte, manejo o simplemente un disfrute más equilibrado”, agregó D’Alessandro.
Los compradores que no aparecen
A partir de la década del 90, el sector vitivinícola se convirtió en uno de los más seductores para los inversores internacionales. Las bodegas argentinas comenzaron a cambiar de manos y, con el correr de los años, el mapa de la industria se fue extranjerizando. Hoy son contadas con los dedos de una mano las empresas de mayor tamaño que permanecen en manos de las familias fundadoras, como en los casos de Bianchi y Zuccardi.

La lista de compradores fue amplia y diversa. Incluyó a grandes jugadores del negocio global del vino, como el grupo francés Pernod Ricard, que desembarcó en el país con la adquisición de la bodega salteña Etchart; los ingleses de Diageo que compraron Navarro Correas y después de la vendieron al grupo local Peñaflor (de los ex dueños de Quilmes); o el fondo L Catterton, que se alzó con una parte de Luigi Bosca. También se sumaron grupos chilenos como Concha y Toro, con Trivento, y Santa Rita, que tomó el control de Doña Paula, reforzando su presencia al otro lado de la cordillera.
El fenómeno no se limitó a capitales extranjeros. Empresarios locales de sectores como la energía, el agro, las finanzas o el real estate también incursionaron en el negocio del vino, como el petrolero Alejandro Bulgheroni (dueño de bodegas como Argento y Pacheco Pereda), Darío Werthein (que controla a la marca Riglos) Eduardo Eurnekian (que sin descuidar los aeropuertos invirtió en la neuquina Fin del Mundo) o José Luis Manzano (Altus).

Con distinta intensidad, la ola compradora se mantuvo activa hasta la pandemia. Pero, en los últimos años, el escenario cambió de signo: el interés inversor se fue enfriando y hoy prácticamente no hay jugadores en modo comprador. Del otro lado del mostrador, en cambio, las bodegas con el cartel de venta se multiplican, reflejando un mercado que pasó del entusiasmo por crecer a la necesidad de reordenarse.
“Con muy pocas excepciones, todas las bodegas están en venta. Todos los días recibimos una carpeta de una empresa del sector que está buscando comprador”, le aseguró a LA NACION un fondo de inversión que hoy está muy activo a la caza de oportunidades en rubros como la energía o la minería, pero que pasa de largo en el vino.
Desde el sector, otra voz introduce un matiz distinto. “Hoy es el momento ideal para comprar una bodega, porque en muchos casos lo que se ofrece es hacerse cargo de la empresa sin poner dinero. Lo que buscan es alguien que tome el negocio, pague los sueldos y, con el tiempo, ordene las deudas. El problema es qué hacer con el vino. Las ventas cayeron y todos los canales están sobrestockeados. Incluso contando con fondos, comprar una bodega, en muchos casos, hoy representa comprarse un problema: no está claro cómo darle salida al vino”, advierte un empresario del rubro.









