Una apuesta en medio de la nada

Francisco Olivera
Francisco Olivera LA NACION
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31 de agosto de 2019  

Es a desgano, pero necesitan creer. Parte de los empresarios han hecho en los últimos días esfuerzos por acercarse al universo de Alberto Fernández, en la mayoría de los casos sin excesivo entusiasmo. Asimilado el nuevo fracaso colectivo de un país que, cada tanto, se ve forzado a resetear su economía porque no consigue volverla viable, cada uno a su modo va buscando alternativas. Son contorsiones ideológicas o políticas derivadas del primer acto reflejo del establishment, que es preservarse a sí mismo. Tal vez, razonan, falto de recursos y opciones, el candidato del Frente de Todos haga una presidencia amigable con la creación de riqueza. El sueño del peronista ortodoxo. Esta idea incluye una suposición todavía imposible de poner a prueba: como la única preocupación de Cristina Kirchner serán sus causas judiciales, se limitará a un rol simbólico y no entorpecerá la gestión. En otras palabras, que quien aportó la mayor parte de los votos para volver al poder se resigne a no ejercerlo.

Es una apuesta en medio de la nada. Anteayer, durante la reunión con la Mesa de Enlace, Alberto Fernández les dejó a los líderes agropecuarios una tarjeta con su teléfono móvil. Un mensaje al sector que más se resiste al regreso de Cristina Kirchner: el interlocutor será él mismo. Los productores están forzados a olvidar el conflicto de 2008. Es cierto que en aquella crisis el entonces jefe de Gabinete se dedicó a buscar un acuerdo para el que ninguno de sus dos jefes estaba dispuesto. Fue uno de los motivos de su renuncia, que se dio en medio de esas discusiones y en circunstancias que nunca admitió en público: en las horas posteriores a la sesión del Congreso en que Cobos votó en contra de la resolución 125, Fernández hizo gestiones para que el matrimonio presidencial no tomara una decisión drástica que estuvo cerca a concretar: abandonar el poder. Llamó, por ejemplo, a Marco Aurelio García, el canciller brasileño, para pedirle que le propusiera a Lula convencer a Cristina Kirchner de no renunciar. García aceptó y, momentos después, volvió a comunicarse con él para contarle que el jefe del Estado brasileño lo había intentado tres veces, pero que no le contestaban el teléfono. Fernández exhortó también a Parrilli a exigirles lo mismo a Hebe de Bonafini y a Estela de Carlotto. No está claro si por esas gestiones la presidenta finalmente no se fue. Los testigos recuerdan que ese desenlace enemistó a Néstor Kirchner con el jefe de Gabinete, que empezó a llamarlo sin éxito a El Calafate durante todo el fin de semana siguiente. Y que eso precipitó la renuncia de Fernández, a quien la entonces presidenta llegó a pedirle llorando que no se fuera. Después lo reemplazó por Massa.

Esa historia, más o menos conocida en el mundo de la política, es la carta más creíble que tiene el candidato del Frente de Todos para convencer al establishment de que no será fácilmente influible. Es cierto que casi todo ha cambiado desde aquel conflicto. Por lo pronto, Cristina Kirchner se terminó de emancipar políticamente con la muerte de su marido, dos años después. Pero ya entonces Fernández y los empresarios contemplaban el poder desde el mismo lugar: desde afuera.

Por eso es difícil imaginar cómo pueden repartirse el poder si ganan en octubre. Es lo que temen el mercado y los empresarios. "No estoy en condiciones de volver a la sala de espera de Roberto Baratta: voy a contratar un gestor o me voy a vivir afuera", se sinceró ante este diario el accionista de una empresa de servicios. A los sectores de la producción les cuesta menos. Los industriales de la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, han resuelto empezar a tomarse en serio las propuestas de Axel Kicillof, a quien acaban de agregar como invitado al festejo del día del sector la semana próxima en Costa Salguero. Lo recibieron el miércoles para acordar los detalles de su exposición, que será en el cierre del acto, y volvieron a oír los conceptos de siempre: el candidato a gobernador les habló del "industricidio" que, dijo, había cometido Macri en los últimos años y defendió las DJAI y el cepo: cuando hay fuga de capitales, planteó, es necesario restringir la cuenta de capital.

Los resultados de las primarias cambiaron también el tenor de viejas relaciones personales del mundo de los negocios. Dirigentes que hasta hace tres semanas parecían condenados a una presencia solo testimonial han vuelto a gravitar, por ejemplo, en la Unión Industrial Argentina. El martes, fuera de protocolo y después de la reunión del comité ejecutivo, miembros del Grupo Industriales, la corriente más proteccionista de la central fabril, se quedaron para dejarle sus propuestas al presidente, Miguel Acevedo. Hay nombres que vuelven allí a ser relevantes: José Ignacio de Mendiguren, Juan Carlos Lascurain, Guillermo Moretti, Carlos Garrera.

Este nuevo paradigma se sustenta no solo en la posibilidad incierta de un próximo gobierno con sesgo industrialista, sino en un concepto más fácil de predecir: una administración peronista tiene siempre mayores posibilidades de desindexar el modelo. Es decir, convencer a los sindicatos de esperar para la recuperación de los salarios frente a la inflación. Impedida de hacer ajustes o reformas estructurales y presa de su déficit fiscal, la Argentina vuelve al problema que la visita todos los lustros: ¿cómo generar los dólares necesarios para financiar su gasto público? En esta cuestión irresuelta reside su rezago. El país, que había conseguido duplicar su PBI per cápita en la década siguiente al colapso de 2002, no pudo hacerlo crecer desde 2012 en adelante. Perú consiguió triplicarlo en los últimos 15 años.

Ahora es fácil decir que Macri subestimó esta debilidad estructural del mismo modo en que sobreestimaba su poder para emprender reformas. Lo que empezó a discutirse esta semana forma parte del mismo problema: Alberto Fernández necesitaba que fuera el Presidente quien pagara el costo político de reprogramar la deuda y licuar parte del déficit. Este proceso es inherente al desgaste de su adversario electoral, al que seguramente volverá a intentar debilitar si advierte que, por ejemplo, liberado de los dólares que reservaba para pagar vencimientos, vuelve a hacer pie. "Debe estar contando los días", sonrió el candidato del Frente de Todos cuando le recordaron que Macri afirmaba que para los 59 días que quedaban para la elección se requería la colaboración de todos. Es otro desfase de la Argentina: sus dirigentes contabilizan en días problemas que la historia registra en décadas o siglos. Es entendible que los empresarios prefieran adaptarse a horizontes exiguos.

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