Una solución peor que el problema

Jorge Oviedo
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1 de octubre de 2013  

Si se tiene un problema que causa la propia conducta, lo razonable es cambiar de conducta. Imaginar otra solución es profundizar el problema. Si se tiene sobrepeso por sedentarismo y excesos en la mesa, lo razonable es hacer ejercicios y comer menos. Otra posibilidad es seguir comiendo y amputarse una pierna. El efecto en el peso corporal es el mismo.

Si un gobierno al que le sobraban los dólares y no podía parar la caída de su cotización cambia de conductas y comienza a sufrir una fuga hacia la moneda extranjera, debería cambiar sus políticas. O inventar el Cedin? El gobierno que no permite ahorrar en dólares pidió a quienes los tienen que los entreguen a cambio de un certificado de depósito. ¿Había algún motivo para desconfiar? Muchos. El primero, que la misma administración ya había roto muchas promesas.

Podrá decirse que el blanqueo con Cedin y Baade es una barbaridad. Pero la historia muestra que los gobiernos pueden hacer barbaridades si tienen el suficiente poder político. En este caso, se requería además que el público obedeciera una orden que sonaba absurda. ¿Es posible? En los años 60 el experimento de Milgram mostró que las personas son capaces de obedecer hasta órdenes atroces. Hay una interesante escenificación en I, como Ícaro , la película protagonizada por Yves Montand.

Para que el público acate iniciativas mucho más locas que la del Cedin es necesario que "el poder" muestre coherencia, unidad de criterio. El Gobierno no las tuvo y fue muy visible.

Una administración que no hizo nunca reuniones de gabinete mandó a cinco de sus referentes económicos a dar una conferencia de prensa y anunciar el blanqueo. No hacía falta ser un experto para saber que estaban mucho más revueltos que juntos.

Axel Kicillof parecía el ideólogo en las sombras. Guillermo Moreno, el soldado que no piensa, ejecuta. Y va más allá. Imaginaba toda clase de aplicaciones para contener el blue y conformar a los operadores del mercado informal, que supone manejado por el banquero Jorge Brito. Mercedes Marcó del Pont se enojaba al escucharlo y lo frenaba: "¡Eso es una pelotudez, la Presidenta nos pidió reactivar el mercado inmobiliario!". Ricardo Echegaray parecía no hacerse ilusiones, se negó a hacer pronósticos y se refugió en argumentos legales. Hernán Lorenzino se veía incómodo y parecía que se quería ir.

El grupo se presentó para tratar de generar lo que entre ellos parecía no abundar: confianza.

La presidenta Cristina Kirchner dice que la política es mucho más importante que la economía. Tiene razón. El blanqueo fracasó por cuestiones políticas. Arrancó con muchas dudas. Y el resultado lo liquidó.

El Gobierno hizo una oferta tan generosa e imprudente para blanquear dinero que pudo haber sufrido una sanción internacional. La evitó con un argumento que ayudó al fracaso. Los bancos intermediarios serían los que harían los controles. Lo que demostró también que los cinco funcionarios que lo anunciaron no lo habían pensado bien o ni lo habían pensado. Anunciaron dos instrumentos para blanquear y en el proyecto había tres. No sabían por cuál cámara del Congreso ingresaría cuando ya estaba presentado. En vez de dieta, eligieron la amputación. El resultado está a la vista.

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