Jaime Ortega: el cardenal cubano que fue clave en el deshielo con EE.UU.

Jaime Ortega
Jaime Ortega Fuente: Archivo
Daniel Lozano
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27 de julio de 2019  

CARACAS.- Cuando el cardenal cubano Jaime Ortega irrumpió en 2015 en el famoso programa Con 2 que se quieran 2, el país entero se sorprendió, pero sobre todo constató la dimensión del personaje invitado, uno de los principales aliados eclesiásticos del papa Francisco en América Latina. Desde el triunfo de los "barbudos" ateos en 1959, nada parecido había ocurrido en la televisión cubana: la iglesia de los perseguidos accedía al coto privado de la elite revolucionaria.

El jerarca de la Iglesia Católica, arzobispo de La Habana y posterior cardenal, habló con su voz tenue, la misma que usaba para sus conversaciones políticas. Y allí dejó la sentencia que marcó durante años su quehacer diplomático: "Se ha hecho un camino largo, a veces difícil, contradictorio? Pero siempre existió espacio para el diálogo, siendo este el sendero correcto".

El cardenal emérito Jaime Ortega, figura clave en la política cubana de las dos últimas décadas, murió ayer a los 82 años en La Habana, tres años después de que el Papa lo relevara de su cargo por razones de edad. Su estado de salud había empeorado y desde hace días se temía el desenlace, que finalmente se produjo durante la madrugada cubana.

La revolución cubana celebraba ayer una de sus fiestas más importantes, el aniversario del asalto al Cuartel Moncada, que pese a ser un fracaso cimentó la leyenda de Fidel Castro. Toda una paradoja.

"Su eminencia reverendísima", como lo definió el diario Granma, órgano oficial del Partido Comunista Cubano, que destacó "su incansable trabajo pastoral y su amor al país, que lo llevaron a fortalecer las relaciones entre la Iglesia Católica Romana y el Estado". Palabras que posteriormente repitió el presidente Miguel Díaz-Canel.

Ortega, tan alabado por su diplomacia como criticado por su cercanía a Fidel y, sobre todo, a Raúl Castro, no pasará a la historia por su "invaluable labor pastoral", como subrayó en su día el Pontífice, sino sobre todo porque gracias a sus maniobras consiguió que los católicos cubanos, perseguidos durante buena parte de la revolución, salieran de sus catacumbas caribeñas.

Él mismo permaneció durante ocho meses en una de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), los temidos campos de concentración donde la revolución cubana encerraba sobre todo a homosexuales, pero también a católicos, para ser "reeducados" en la fe castrista.

Ortega, cardenal desde 1994, arzobispo habanero hasta entonces, recibió a los tres papas (Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger y Jorge Bergoglio) y también sirvió de puente entre las administraciones de Barack Obama y Raúl Castro durante el deshielo que culminó con la visita del entonces presidente norteamericano a La Habana, en 2016.

Obama demostró su cercanía al cardenal cuando no bien bajó del Air Force One fue a La Habana Vieja para saludarlo y realizar su primer recorrido por la ciudad, una forma de reconocer sus labores secretas para una reconciliación histórica hoy dinamitada por su sucesor, el presidente Donald Trump.

El todopoderoso cardenal lució siempre sus dotes para la diplomacia, fiel heredero de la tradición del Vaticano y de la escuela de Augusto Casaroli. Su cercanía con el papa Francisco era tan evidente que a pesar de pedir su jubilación al cumplir los 75 años, el Santo Padre lo mantuvo al frente de la jerarquía católica durante cuatro años más.

El cardenal emérito también consiguió la liberación de presos políticos, aliado en ocasiones con diplomáticos europeos.

Sus relaciones con el poder se vieron facilitadas por su cercanía personal con Raúl Castro, su interlocutor más íntimo pese a situarse ambos en las antípodas ideológicas. Mucho se ha hablado sobre la fe católica de Raúl, tan distante de su hermano mayor en estos asuntos.

Luego de recibir en su país a Francisco en 2015, Raúl Castro profundizó el misterio con una frase que dio la vuelta al mundo: "Si sigue así volveré a rezar y volveré a la Iglesia Católica".

En los últimos años, los opositores y disidentes cubanos, que ya lo criticaban por su cercanía al poder, arremetieron luego contra el cardenal cuando este afirmó en 2016 que no existían presos políticos en la isla.

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