Auge de la violencia juvenil en Japón
La criminalidad ha crecido súbitamente; los jóvenes cometen más de la mitad de los asesinatos
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Cuando Yo Hirano se ahorcó en su casa del sur de Tokio, en 1994, tenía 14 años. Hace menos de un mes, sus padres recibieron 340 mil dólares de indemnización por parte de nueve ex compañeros de la escuela secundaria de Yo, los mismos que hostigaron al chico hasta empujarlo al suicidio. El acoso, al parecer, incluyó puñetazos, chinches colocadas en el asiento del estudiante y escritos ofensivos en sus cuadernos.
Un juego de niños, si se lo compara con la sangre que hicieron correr varios jóvenes nipones en tiempos recientes. De hecho, los índices de criminalidad en Japón son los más altos de los últimos 32 años y la juventud está acusada de cometer más de la mitad de los asesinatos. Tan sólo en los primeros seis meses de 2000, la violencia juvenil se disparó hasta más de un 15% respecto de 1999. En ese lapso, un adolescente de 17 años secuestró un ómnibus, acuchilló a una pasajera y, durante más de 15 horas, mantuvo como rehenes a los otros diez ocupantes. Días más tarde, otro chico de 17 años atacó con un bate de béisbol a sus compañeros de equipo, huyó a su casa y apaleó a su madre hasta matarla. Poco antes, un joven había irrumpido en una casa vecina y apuñalado a su dueña. Según confesó a la policía, "quería vivir la experiencia de matar a alguien".
Quedó claro que ninguno fue un crimen pasional, por dinero o incluso por venganza. La saña con que fueron ejecutados no sólo horrorizó a la sociedad japonesa, sino que además la desconcertó como pocas veces. Muchos de los jóvenes asesinos comparten ciertas características: provienen de familias de clase media, son buenos alumnos y se comportan normalmente a los ojos de los adultos a su alrededor.
¿Qué pasa con los adolescentes del país que era considerado uno de los más seguros del mundo?
Para muchos, la culpa es de un creciente número de jóvenes que se aíslan de la sociedad y se esconden en la soledad de sus habitaciones. Son los hikikimori, o aquellos que se recluyen. Algunos de los acusados de la espiral de violencia fueron identificados como hikikimori. Aunque no existen cifras oficiales, los analistas estiman que hay entre 50 mil y un millón de adolescentes que cortan todo contacto con el mundo exterior durante meses, e incluso años.
A contramano del mundo
Estos ciberermitaños se encierran en sus cuartos y viven al revés: duermen todo el día, se levantan cuando oscurece, asaltan la cocina cuando el resto de la familia ya comió y pasan toda la noche viendo televisión o jugando con los videojuegos. La mayoría posee teléfonos celulares, equipos de música y computadoras, y no tiene amigos.
Ya sea por vergüenza, miedo a la condena social o, incluso, porque los mismos jóvenes amenazan con suicidarse, los padres prefieren guardar silencio.
"Después de la Segunda Guerra Mundial, el estilo de vida norteamericano irrumpió en la sociedad japonesa, liberándola de una cultura represiva, fuertemente disciplinada y autoritaria", explicó a La Nacion, desde Japón, Hidefumi Kotani, profesor de Psicología Clínica en la International Christian University.
"Sin embargo, el cambio de vida en la isla fue tan abrupto que los japoneses no lograron integrar las nuevas prácticas con su cultura tradicional. El resultado es que los jóvenes japoneses carecen de un sistema de valores firmemente arraigado en la sociedad, de un modelo de contención", opinó el especialista.
En cambio, para el sociólogo Mariko Fujiwara el problema de la alienación juvenil debe rastrearse, principalmente, en una flagrante falta de motivación.
"La gente está descubriendo que estudiar duro, sacarse buenas notas y graduarse en una prestigiosa universidad ya no garantiza el éxito. En su lugar, los jóvenes se encuentran con una economía que languidece, trabajos que escasean y un futuro poco esperanzador."
Sin embargo, a pesar de la desaceleración económica y de la difícil salida laboral, los padres y abuelos de estos jóvenes amasaron sus buenos billetes y ahora los chicos pueden darse el lujo de no trabajar y vivir como verdaderos parásitos. Pero mientras el fenómeno de los hikikimori comienza a destaparse, algunos analistas prefieren dividir las aguas.
"La mayoría de los hikikimori son antisociales, no violentos -dice Hidehiko Kuramoto, un psicólogo de adolescentes-. ¿Cómo pueden tener la energía para cometer esos crímenes? No quieren salir de sus cuartos."
Sin embargo, nadie cuestiona que los hikikimori son problemáticos, pero ayudarlos no es fácil. El Centro de Salud Mental para Jóvenes, en Tokio, ideó un método ingenioso: usar Internet para acercar consejos. Takeshi Tamura, psiquiatra, trató a unos 100 hikikimori de esta manera, cobrándoles 20 dólares por cada e-mail personal. Quienes visiten www.tako.ne.jp pueden toparse, incluso, con artículos que hablan de "cómo reincorporarse a la sociedad".
"Esto es Japón. Acá hay que ser como el resto de las personas", sentencia Sadatsugu Kudo, titular de un centro de ayuda a los hikikimori en Fussa, un suburbio de Tokio. "Si no, el sentimiento de humillación es tan fuerte que lo más lógico es optar por la autopreservación y desaparecer."
Más suicidios
* En el país donde se inventó el harakiri –la práctica que llevaba a los guerreros samuráis a clavarse la espada si eran derrotados o capturados– los suicidios están causando ya el doble de muertes que los accidentes de tránsito.
Según estadísticas de la policía japonesa, un récord de 32.862 personas se quitaron la vida en 1999, un 35% más que el año anterior. De esas muertes, el Ministerio de Salud registró 2065 suicidios juveniles, lo que representa un incremento del 45% respecto de 1998. La psicóloga infantil Junko Nakajim atribuye el alto índice de suicidios entre los adolescentes a las altas expectativas que la sociedad japonesa proyecta en su juventud.



