Australia, una pesadilla para los ilegales

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30 de agosto de 2001  

CANBERRA.- Aproximadamente la quinta parte de los 19 millones de habitantes de Australia nació en otra parte. Los inmigrantes de origen asiático ya son allí más de un millón.

Ese remoto continente isleño, que afianzó su función de país tradicional de inmigración especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, podría ciertamente asimilar a mucha gente más. Hace muchos años que los políticos australianos abandonaron el antiguo lema "poblar o perecer" que había surgido ante la terrible perspectiva de un "peligro amarillo". También abolieron la llamada "Política para una Australia Blanca".

Sin embargo, en los últimos años, la naturaleza inhóspita del interior del país, las preocupaciones ambientales y los problemas relacionados con la infraestructura urbana (particularmente en los alrededores de Sydney) llevaron a Australia a reducir considerablemente los cupos de inmigrantes. Ahora el gobierno anunció que permitirá el ingreso de 6000 extranjeros adicionales durante el año fiscal 2001-2002, aumentando a 85.000 el número total de nuevos inmigrantes.

El cambio de política se debe a una buena razón: con una tasa de natalidad de tan sólo 1,65 hijo por cada mujer, los australianos corren el riesgo de "extinguirse". Philip Ruddock, ministro de Inmigración, afirmó que "la idea de aumentar la inmigración apunta a compensar las consecuencias del déficit en lo que respecta al número de nacimientos", afirmó.

El gobierno da prioridad a los trabajadores especializados, para los cuales asignó 45.000 nuevas plazas. Dentro de esa categoría, los más buscados son los especialistas en el campo de la tecnología de la información. Un segundo cupo de visas -37.900- fue reservado para el grupo de inmigrantes que ya tienen parientes que viven en Australia. Además, hay 1600 plazas para casos especiales y 12.000 por un acuerdo con un programa humanitario.

El Ministerio de Inmigraciones tiene particular interés en atraer gente con un sólido conocimiento del idioma inglés. Sobre todo, el gobierno busca aquellos aspirantes físicamente y mentalmente aptos y sin antecedentes policiales que solicitan visas en las embajadas y consulados australianos de sus países de origen. También tiende a dar el visto bueno a los aspirantes que completaron su capacitación profesional en Australia o estudiaron allí.

La otra cara de la moneda

La manera en que Australia maneja la inmigración legal está considerada un éxito. Sin embargo, es escandalosa la manera en que trata a refugiados que desembarcan en las costas del Norte y del Oeste después de llegar en botes cuyos dueños, generalmente asiáticos, se encargan de hacerlos ingresar clandestinamente.

En esos casos, tanto los hombres como las mujeres y los niños son inmediatamente separados y enviados a centros de detención rodeados por cercos de alambre de púas y situados en medio de zonas desérticas y desoladas. Allí permanecen encerrados hasta que en Canberra se resuelva su destino. A los inmigrantes ilegales se les puede conceder el derecho de permanencia por ser considerados refugiados políticos o se los puede deportar.

Sólo en los últimos dos años fueron más de 4000 las personas -la mayoría de ellas oriundas de Afganistán, Irak, Argelia, y China- que desembarcaron ilegalmente. Muchas de ellas permanecen en centros de detención durante años y deben soportar ese tormento.

En más del 90 por ciento de los casos se autoriza a permanecer a aquellos que buscan asilo procedentes de Irak y de Afganistán, aunque el gobierno australiano no los ayuda a rehacer su vida en su nuevo lugar. Los refugiados que no reúnen los requisitos son deportados a sus respectivos países.

Ruddock explicó que las infrahumanas condiciones de vida en los centros de detención apuntan a disuadir de su propósito a futuros inmigrantes ilegales. La posición del gobierno generó reacciones airadas, especialmente de diversas congregaciones religiosas.

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