
Baluarte contra el comunismo
El poder espiritual del Vaticano, y el origen de Juan Pablo II, fueron decisivos en la inesperada caída en cadena de los regímenes prosoviéticos de Europa del Este.
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El humo blanco de la Capilla Sixtina presagiaba cambios. Radicales. "Habemus Papam", tremoló el 16 de octubre de 1978 a las 18.20. El sucesor de Pedro no era italiano, sino polaco; provenía de la órbita dominada, o sometida, por la Unión Soviética. Señal terrenal, más que divina, de que el arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, difícilmente iba a preservar la neutralidad, en medio de la Guerra Fría, después de haber sufrido en carne propia los rigores de los regímenes nazi y comunista.
Casi dos años después, en el verano de 1980, el Politburó advertía, desde Moscú, los primeros signos del peligro que entrañaban, en la sucursal Polonia, presuntos extremistas como Lech Walesa, líder del incipiente sindicato Solidaridad, y el clero católico. Era el correlato, o el impacto, de las huelgas que Leonid Brezhnev llamó insurrecciones políticas de la contrarrevolución. Semillas de una nueva era.
Alentadas discretamente, desde junio de 1979, por Juan Pablo II. EI primer Pontífice que pisó el bloque comunista. "¿No es la voluntad de Cristo que este Papa polaco, este Papa eslavo, manifieste en este preciso momento la unidad espiritual de la Europa cristiana?", dijo en una misa celebrada en la Plaza de la Victoria, de Varsovia. Fue el punto de partida. O de inflexión. Frente a una multitud que, durante 10 minutos, coreó: "¡Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat! (Cristo conquista, Cristo reina, Cristo gobierna)".
Cristo molestaba. Sin violencia. Como Gandhi en la India y Martin Luther King en los Estados Unidos, profesando la libertad y el respeto a los derechos humanos. El gobierno comunista polaco, convencido de que la religión era el opio de un pueblo que profesaba en un 90 por ciento la fe católica, no entendió el mensaje. O se vio superado por él. Como se vio superado por la formidable campaña de Solidaridad, apuntalada en una cruzada de trabajadores contra un aparente Estado de trabajadores. Y por los contactos cada vez más frecuentes de Walesa con el Papa, virtual interlocutor de Ronald Reagan.
La santa alianza, o trilogía, perseguía el mismo fin: terminar con el comunismo. En silencio, el poderío espiritual del Vaticano iba convirtiéndose en un arma geopolítica. Por el origen del Papa, por las necesidades de Walesa, por los intereses de Reagan. Seguros de que el eje Moscú-Varsovia comenzaba a debilitarse: "No deberíamos ignorar la eventualidad de que los extremistas puedan tomar el control de Solidaridad, con todas sus consecuencias obvias", advertía ahora el Politburó.
Un obstáculo insalvable
Tan obvias eran las consecuencias como el resultado de la reunión entre el Papa y Reagan, el 7 de junio de 1982, en la Biblioteca del Vaticano. En ella habrían acordado la disolución del imperio comunista, según revelaron en su momento el periodista norteamericano Carl Bernstein, famoso por su contribución al caso Watergate, y su colega italiano Marco Politi en el libro His Holiness: John Paul II and the Hidden History of Our Time (Su Santidad: Juan Pablo II y la historia escondida de nuestro tiempo).
Tiempo signado, según Bernstein y Politi, por intercambio de información confidencial con el jefe de la CIA, William Casey, y el ex subdirector Vernon Walters. Sospechaban que el gobierno de Bulgaria había estado implicado, en 1981, en el intento de asesinato del Papa. Pero, por pedido de él, todo quedó en el limbo: no quería desencadenar una crisis profunda en Moscú. No aún.
En seis años, el gobierno de Reagan habría invertido unos 50 millones de dólares en Solidaridad. Y todo gracias a Dios; a Juan Pablo Il, en realidad. "El papel del Santo Padre es más del 50 por ciento de nuestra victoria –convino Walesa, el electricista de Gdansk que llegó a ser presidente de Polonia–. No una conspiración. Era un hecho que nos daba fe, que nos movilizó. Por lo tanto, más del 50 por ciento de nuestro éxito le corresponde al Papa, el 30 por ciento a Lech Walesa y Solidaridad, y el resto a otras cosas."
Entre esas otras cosas primaba una: Wojtyla entendía más a su pueblo que Brezhnev y compañía. Los soviéticos, a su vez, no podían invadir Polonia como Hungría, en 1956, y Checoslovaquia, en 1968. La mera presencia de un polaco en el Vaticano era un límite. Un obstáculo insalvable, incorporado en la creencia popular con una mano en alto frente a los tanques, deteniéndolos.
Los cambios, radicales, demandaron 10 años en Polonia, 10 meses en Hungría, 10 semanas en Alemania y 10 días en Checoslovaquia. Fue un derrumbe en cadena, propiciado, sin fomentar confrontaciones entre la Iglesia y el Estado, por 10 minutos de fervor frente al hombre que, cual presagio, surgió del humo blanco.



