Clima: un giro drástico en la economía global, el desafío en la lucha contra el calentamiento
Sin un rápido cambio del sistema dependiente de energías fósiles y emisión de gases, los efectos del aumento de la temperatura mundial se agravarán, advierten los expertos
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PARÍS.- En menos de un siglo, la huella colosal de las actividades humanas precipitó al planeta en una nueva era geológica, en la que todos los ecosistemas se ven afectados: el "capitaloceno". Así lo llaman algunos expertos que, al mismo tiempo, no se explican la apatía criminal general frente a un drama anunciado y preconizan -como única solución- un cambio total del sistema económico actual.
"A veces tenemos la impresión de asistir a una tragedia griega: uno sabe lo que sucederá y cómo se producirá, pero nadie parece dispuesto a evitarlo", confesaba en septiembre la paleoclimatóloga francesa Valérie Masson-Delmotte, a propósito de la degradación del clima.
Masson-Delmotte se refería a un informe de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), la ONU Medioambiente y el Grupo del Banco Mundial. Según ese texto, de los 180 signatarios del Acuerdo de París de 2015 (COP21), solo nueve países presentaron a Naciones Unidas programas concretos para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).
Mientras espera que los otros 171 respeten sus compromisos, la OCDE constata con preocupación que "los gobiernos continúan consagrando cerca de 500.000 millones de dólares por año para subvencionar el petróleo, el carbón y el gas, y que la mayoría de ellos no fueron capaces de poner fin a su dependencia de las energías fósiles".
"Esta inercia podría hacernos perder la guerra contra el calentamiento climático", advirtió el secretario general de la organización, Ángel Gurría. Es decir, el objetivo de un calentamiento máximo de 2°C a fines del siglo XXI.
Pero ¿cómo explicar esa indiferencia suicida? Desde hace algunos años, investigadores, historiadores y economistas de primera línea avanzan una explicación radical. La humanidad no habría entrado en el antropoceno con la Revolución Industrial y la globalización de las economías. Ingresó -afirman- en el "capitaloceno": la era del sistema capitalista triunfante, incapaz de contener su carrera desenfrenada por las ganancias.
Andreas Malm, profesor de Ecología Humana en la universidad sueca de Lund, explica que el calentamiento no es producto de una "especie humana" abstracta que sería responsable del desastre ecológico. "El primer responsable es el Imperio Británico", escribe.
Lund rememora la historia de la máquina y de la locomotora a vapor, patentada en 1784. Otros científicos señalan la aceleración que sufrió ese proceso a partir de 1950: polución industrial masiva, sexta extinción animal, acidificación de los océanos, desertificación, pesca descontrolada, licuefacción de los hielos, concentración de GEI, recalentamiento... Todo se agravó, se globalizó. Esos especialistas hablan hoy de un "capitalismo devastador".
En otras palabras, la única solución para evitar la extinción del planeta sería cambiar el sistema económico, como advirtió el mes pasado el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), un grupo de científicos convocados por la ONU para asesorar a líderes mundiales. Aunque la afirmación se asemeje más a una "boutade" que a una propuesta seria.
Porque ¿cómo tendría que hacer una potencia para lograr los objetivos fijados por la COP21? Francia, por ejemplo, debería "descarbonizar" el 90% de sus actividades económicas y cotidianas antes de 2050.
Esto quiere decir eliminar casi todos los sistemas de calefacción de los edificios que utilizan gasoil y gas, o usar solo biogás; remplazar los motores térmicos que utilizan combustible a base de petróleo por motores eléctricos, que funcionen a electricidad también descarbonizada; cambiar los planes de urbanismo para disminuir los transportes cotidianos; relocalizar gran parte de la producción de objetos manufacturados y que se produce en plataformas industriales low cost como China, y plantearse la cuestión de las materias primas no agrícolas para disminuir las emisiones de carbono.
El reciente Nobel de Economía, William Nordhaus, premiado por su trabajo sobre el cambio climático, estima "ilusorio e imposible de alcanzar" el objetivo de 2°C de aumento de temperatura fijado para 2100, y con más razón el 1,5°C fijado por la COP21, salvo poniendo en peligro el crecimiento mundial y el desarrollo de los países pobres o emergentes, que de todas maneras no lo aceptarían jamás. "La columna de mercurio podría estabilizarse en +2,5°C a fines del siglo XXI", explica.
A juicio de Nordhaus, el mejor instrumento para llegar a ese objetivo sería una tasa-carbono mundial, compensada con reducciones fiscales, que aumentaría con los años, sobre todo a partir de 2025-2030.
El problema suplementario es que, si bien cada una de las opciones incumbe a los ciudadanos y a los consumidores, ninguna puede obtener el resultado buscado sin una suma de decisiones colectivas, tomadas a nivel de la organización política.
Y el obstáculo reside precisamente en esa "capacidad política" de los gobiernos para tomar las decisiones que se imponen. Porque, si bien todavía es técnicamente posible permanecer bajo el umbral del 1,5°C para hacer decrecer los GEI en los plazos previstos, solo sería posible bajo un régimen autoritario global que controle la economía con mano de hierro y planifique su desarrollo hasta mediados del siglo XXI, sin preocuparse de las elecciones, y con el único objetivo de evitar el derrape climático.
Pero las democracias de mercado no están adaptadas a las transiciones radicales. En el mundo real, la mínima medida destinada a luchar contra el calentamiento choca invariablemente con una feroz oposición.
Prueba de esa enorme dificultad, cuando faltan 12 días para la cumbre del G-20 en Buenos Aires, los encargados del documento final no consiguieron aún llegar a un consenso sobre la cuestión climática. Es necesario entonces aceptarlo: se cerró la última ventana de oportunidad. Y se cerró hace ya mucho tiempo.
The New York Times publicó en agosto una historia desconocida. El artículo titulado "Perder la Tierra: 1979-1989. La década en la que casi conseguimos detener el calentamiento", relata la forma en que un puñado de científicos, militantes y funcionarios norteamericanos trabajaron diez años para inscribir la cuestión climática en la agenda internacional. Y casi lo lograron.
En un informe publicado en 1979, la Academia de Ciencias de Estados Unidos advertía: "Teniendo en cuenta la inercia del sistema climático, si esperamos a poder observar los cambios antes de actuar, habrá que aceptar que sea imposible evitar sus principales efectos nocivos".
En otras palabras, esperar para ver antes de actuar, significa esperar a que sea demasiado tarde.
Un mundo aún muy lejos de las metas de París
Estados Unidos
- Tiene un altísimo índice de emisión de gases de efecto invernadero (GEI), de 20 tCO2e/cápita (el promedio del G-20 es de 8). Tras retirarse del Acuerdo de París sobre el clima, EE.UU. revocó la norma que obligaba a la industria automovilística a producir cada año vehículos más eficientes en el consumo de combustible. El transporte norteamericano tiene una emisión de 5,39 tC02/cápita (el promedio del G-20 es 1,13). Los subsidios a los combustibles fósiles alcanzaron 8640 millones de dólares en 2016 (el promedio del G-20 es de 7870)
China
- Es una de las mayores potencias contaminantes. El 64% de la energía china aún funciona con carbón, mientras que el promedio del G-20 es del 32%. Luego de tres años de declive en el consumo de carbón, en 2017 volvió a aumentar. Según un estudio publicado anteayer en la revista global Nature Communications, si fuera por China la temperatura mundial aumentaría a fines de siglo 5,1°C, muy lejos del 1,5°C propuesto en el Acuerdo de París
Canadá
- Tiene un altísimo índice de emisión de GEI, de 22 tCO2e/capita (casi el triple que el promedio del G-20). Además, el transporte canadiense tiene una emisión de 4,76 tC02/cápita (cuadruplica el promedio del grupo)
India
- Lleva adelante un positivo liderazgo ecológico en la emisión de GEI, con 2,2 tCO2e/cápita. Si fuera por India, la temperatura global aumentaría 2°C para fines de siglo, no muy lejos del 1,5°C propuesto por el Acuerdo de París
Rusia
- Es un gran emisor de GEI: 16,9 tCO2e/cápita. Además, el 90% de la energía rusa funciona con combustibles fósiles (el promedio del G-20 es del 82%). Si fuera por Rusia, la temperatura global aumentaría en 5,1°C para fines de este siglo, un nivel igual al de China
Alemania
- La locomotora europea tiene un alto índice de emisión de GEI, de 10,5 tCO2e/cápita. Además, Alemania bloqueó las negociaciones dentro de la Unión Europea para fijar metas más ambiciosas en las emisiones de CO2 en vehículos de carga liviana para 2025-2030
Argentina
- Tiene un índice de emisión de GEI de 8,6 tCO2e/cápita, apenas por encima del promedio del G-20. Si fuera por la Argentina, la temperatura global aumentaría 5,1°C para fines de este siglo, un índice igual al de potencias como China, Canadá y Rusia, según el estudio publicado en Nature Communications
Arabia Saudita
El país árabe, una de las mayores potencias petroleras del mundo, está muy lejos de los objetivos del Acuerdo de París, con un altísimo índice de emisión de GEI, de 20,1 tCO2e/cápita
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