¿Cómo afecta a China la guerra con Irán?
Lejos de ser una víctima colateral, Pekín logra amortiguar el impacto del conflicto y hasta obtener ventajas estratégicas y económicas; pero un escenario prolongado podría exponer sus propias vulnerabilidades.
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WASHINGTON.- En el pasado, el consenso indicaba que una guerra desestabilizadora en el corazón petrolero de Medio Oriente podía golpear con fuerza a China, el mayor importador mundial de crudo, y a su ya desacelerada economía. Esos supuestos han quedado desactualizados. Hasta ahora, China está resistiendo mejor que muchos de sus vecinos la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y avanza con cautela mientras surgen oportunidades para beneficiarse.
Mientras Xi Jinping observa a Vladimir Putin y Donald Trump lanzar guerras contra rivales más débiles para luego enfrentar sorpresas indeseadas, el líder chino ha evitado riesgos innecesarios y ha buscado posicionar a su país para la fortaleza y estabilidad de largo plazo. Esa cautela se vio en su manejo de la pandemia de COVID y de las debilidades estructurales de la economía china en los últimos años. También en su negativa a apoyar directamente la guerra de Rusia en Ucrania o siquiera reconocer las reivindicaciones territoriales de Moscú. Y ahora se refleja en su decisión de no criticar la campaña de bombardeos de Trump en Irán. La invitación para que el presidente estadounidense visite Beijing el mes próximo sigue en pie.
China tampoco está tan expuesta a esta guerra —y a la acumulación de poder militar en torno al estratégico estrecho de Ormuz— como lo habría estado hace pocos años. Sus reservas de petróleo y su sólida capacidad de refinación limitan el riesgo de escasez en el corto plazo. Las importaciones de gas por gasoducto y la producción interna reducen su dependencia del GNL. Si el conflicto se prolonga, Beijing puede obtener más energía de países aliados, en particular Rusia, y apoyarse tanto en sus vastas reservas de carbón como en sus energías renovables.
La guerra incluso le ha ofrecido algunas ventajas. Las cadenas de suministro integradas de China le permiten contener mejor los costos de producción que otros exportadores. Y las disrupciones en los envíos energéticos a través de Ormuz —que elevaron los precios del petróleo y los costos de los seguros marítimos— impulsarán la demanda de tecnologías limpias chinas, favoreciendo la inversión de largo plazo en electrificación y la diversificación respecto del petróleo y el gas. Son procesos que ya estaban en marcha, pero que el conflicto ahora acelera.
En el plano estratégico, China también se beneficia de una guerra que ha debilitado el poder militar estadounidense. El conflicto ha reducido los arsenales de misiles de largo alcance e interceptores de Estados Unidos, cuya reposición llevará años, lo que profundiza la dependencia de Washington de las exportaciones chinas de minerales críticos necesarios para producir armamento. Aunque Estados Unidos podría encontrar alternativas en un plazo de tres a cinco años, un horizonte más realista es de una década. Mientras tanto, esto deja a Trump con menos margen de negociación frente a Beijing. China también se beneficia del deterioro de la credibilidad internacional de Estados Unidos, en momentos en que países desarrollados y emergentes buscan diversificar riesgos.
Eso no significa que China esté dispuesta a asumir más riesgos. Ni siquiera una superpotencia distraída y con menor disponibilidad de armamento convencerá a Xi de invadir o aislar Taiwán en el corto plazo. La guerra en Irán permite a los estrategas chinos estudiar el uso más reciente del poder aéreo y naval estadounidense, e incluso el empleo de inteligencia artificial en el campo de batalla. Puede ser útil a futuro. Pero Xi sabe que las fuerzas chinas no enfrentan una guerra real desde un breve conflicto fronterizo con Vietnam hace 47 años —y nunca han librado una batalla naval.
El 3 de abril, Xi desplazó a otro alto funcionario, miembro del Politburó, vinculado al gasto y la adquisición en defensa. Sus purgas contra figuras del Partido Comunista con lazos con el Ejército Popular de Liberación constituyen las más amplias desde la década de 1980. Es otra señal de que Xi considera que sus fuerzas no están listas para una operación militar ambiciosa.
China tampoco siente la necesidad de involucrarse en la guerra de Medio Oriente. Sus líderes parecen cada vez más confiados en la capacidad de un Irán resiliente para elevar los costos de una superpotencia cada vez más impopular, y creen que Trump no logrará el cambio de régimen en Teherán que alguna vez anticipó. Xi también sabe que todos los países de la región reconocen la importancia de mantener buenas relaciones con Beijing para la reconstrucción y la estabilidad futura, especialmente si China termina participando en una eventual fuerza multinacional que garantice la apertura del estrecho de Ormuz tras la guerra.
China sigue siendo el principal cliente petrolero de la región. El comercio entre China y Medio Oriente, que se ha triplicado en dos décadas, continuará creciendo. La región también se ha convertido en un mercado clave para las exportaciones chinas, incluidas las tecnologías verdes, así como para la expansión de su infraestructura digital, plataformas de IA y sistemas de ciudades inteligentes. La diplomacia de Beijing seguirá siendo pragmática y equilibrada, preservando una imagen de neutralidad funcional a sus intereses comerciales.
Dicho todo esto, si la guerra se prolonga más allá de unas semanas, China se volverá más vulnerable. Xi no puede ignorar la disposición de Trump a usar la fuerza militar unilateral contra gobiernos que considera hostiles. Tampoco tranquiliza a Beijing ver cómo un presidente con el que muchos funcionarios chinos creen posible negociar cede espacio en Washington a posturas más duras y confrontativas.
También preocupa el impacto económico a mediano plazo de nuevos daños a la infraestructura energética en Medio Oriente y los riesgos para la seguridad física de la infraestructura tecnológica china. Además, una desaceleración en Asia y Europa que reduzca sus importaciones afectaría a la ya frágil economía china.
En síntesis, China puede considerarse —por ahora— uno de los pocos ganadores de esta guerra. Pero incluso en Beijing hay expectativas de que el conflicto termine pronto.
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