De heredero blando de Chávez a líder autoritario que no le preocupa ser llamado dictador

Daniel Lozano
Daniel Lozano PARA LA NACION
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10 de enero de 2019  • 11:54

CARACAS.- Nicolás Maduro asumió en 2013 con el único aval que le había otorgado Hugo Chávez con su opinión "firme, plena, como la luna llena, irrevocable, absoluta, total". Antiguo sindicalista, muy cercano al líder revolucionario y canciller de los últimos tiempos, su fidelidad, cierta fama de hábil negociador y la presunta bonhomía de un "echador de bromas", como se dice en Venezuela, convencieron al presidente moribundo en lo que para muchos fue su error más grave en 14 años de gobierno.

Seis años después, Venezuela sufre un derrumbe de tal tamaño que ha perdido más de la mitad de su Producto Bruto Interno, ha expulsado del país a más de cuatro millones de sus ciudadanos y llevó a la cárcel a casi 300 presos políticos. De luna llena a cuarto menguante.

En un proceso inversamente proporcional, el "hijo de Chávez" no solo ha aumentado su tamaño físico, también su poder dentro de la revolución, así como el número de detractores, dentro y fuera del país. Rodeado de su círculo más íntimo, conformado por Cilia Flores, primera combatiente revolucionaria, y los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, el "presidente obrero" ha acaparado miles de horas de televisión y casi todos los resortes de la República, comenzando por el Tribunal Supremo de Justicia y continuando por la fiscalía, el Consejo Nacional Electoral y el propio ejército. Todos ellos conspiraron para que no se llevara a cabo a mitad de mandato el proceso revocatorio exigido por la oposición, una derrota segura.

"Maduro sí ha cambiado. Al principio no tenía liderazgo porque no se le veía capaz de sustituir a Chávez, incluso se la pasaba llorando. Ahora es un tipo arrogante", precisa el politólogo Luis Salamanca, antiguo rector del Consejo Nacional Electoral.

Más poder, menos amigos

A más poder, menos amigos. El deslave de antiguos colaboradores de Chávez comenzó desde el principio y todavía no se ha detenido. Desde los primeros, el exvicepresidente Jorge Giordani, que fuera el gurú marxista del "comandante eterno" hasta el último huido la semana pasada, el magistrado del TSJ Christian Zerpa. Y entre medias la fiscal rebelde, Luisa Ortega; el zar del petróleo, Jorge Ramírez; y el general Miguel Rodríguez Torres, jefe de la inteligencia y el favorito de Chávez. Hasta el ortodoxo Elías Jaua ha dado un paso a un costado, decidido a realizar en los próximos meses un máster. Una prueba más de que Maduro ejerce un liderazgo inflexible que en nada se parece a sus sesiones sindicalistas en el Metro de Caracas. El término "traidor a la patria" no se despega de sus labios.

"En cuanto a sus apoyos también ha cambiado muchísimo, incluso se ha diluido casi todo el capital electoral que heredó de Chávez. Su victoria en 2013 fue cuestionadísima, pero al final se impuso oficialmente por una diferencia de 270.000 votos. Inició débil electoralmente, pero el movimiento chavista tenía fuerza, como demostró en las municipales de ese año. Después se le vino encima la crisis económica, la escasez y, hoy por hoy, es un hecho que el modelo económico que Chávez montó se vino abajo", prosigue Salamanca.

En el mundo no le ha ido mejor. La autocoronación de hoy confirma que a Maduro sólo le quedan sus grandes aliados (Rusia y China), sus amigos de alma revolucionaria (Cuba, Bolivia y Nicaragua) y una pequeña constelación de países beneficiados por el petróleo y la dádivas bolivarianas. Quien le iba a decir a Maduro que el expresidente colombiano Juan Manuel Santos, tan próximo a Chávez, acabara liderando una coalición regional en su contra, con un término que se repite hoy en medio mundo: dictador.

"Empezó diciendo que no le importaba que le llamaran dictador y ahora lo están llamando dictador. Con la asunción de hoy oficializa una dictadura sui generis, atípica, distinta a las tradicionales, pero una en el que el gobernante no es electo por el pueblo democráticamente sino producto de una maniobra institucional, una farsa electoral", sentencia Salamanca.

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