El liderazgo de EE.UU., debilitado por la crisis

Antonio Caño
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18 de octubre de 2013  

WASHINGTON.-La larga y grave crisis presupuestaria, resuelta con un pacto de última hora que sólo alarga los plazos hasta el siguiente duelo, debilitó el liderazgo internacional de Estados Unidos y dio argumentos a quienes apuestan por un mundo multipolar en respuesta al inminente declive norteamericano.

Si la potencia que debe garantizar la estabilidad económica mundial tiene en vilo al resto de las naciones cada tres meses, si el líder que debe proveer seguridad a sus aliados está maniatado por sus problemas internos de gobernabilidad, esta crisis puede acabar siendo la señal de alarma sobre la necesidad de cambios más profundos.

Después de varias semanas de tire y afloje, el Congreso votó una ley que permite elevar el techo de deuda sólo hasta el 7 de febrero. Eso garantiza un comienzo del próximo año envuelto de nuevo en peligros sobre la situación presupuestaria en Estados Unidos. ¿Hasta cuándo puede esto continuar? ¿Qué solución tiene?

El sistema norteamericano se caracteriza por una estricta división de poderes y por la existencia de numerosos instrumentos de contrapeso para evitar abusos. El Congreso tiene el control de la elevación del límite de deuda para asegurarse de que el gobierno gasta exactamente lo presupuestado. Su aprobación fue durante décadas oportunidad para que cada partido plantee sus demandas y cada cual deje oír su voz. Cuando era senador, Barack Obama votó en contra de elevarle el techo de deuda a George W. Bush, aunque más tarde confesó su arrepentimiento.

Esas negociaciones, que solían afectar asuntos menores, se fueron resolviendo siempre sin mayores tensiones y sin que siquiera trascendieran a la opinión pública. Hasta que el Tea Party llegó a Washington con la voluntad de aprovechar cada ocasión para impulsar su radical programa de reformas.

En esta ocasión, lo que pedía para evitar la suspensión de pagos era nada menos que acabar con la reforma sanitaria de Obama, el programa emblemático de su presidencia.

El modelo de crear contrapesos de poderes y de favorecer a las minorías funcionó mientras esos poderes y esas minorías compartían una visión similar sobre sus responsabilidades institucionales. Pero quedó puesto en entredicho cuando el futuro del país estuvo pendiente de que un solo senador del Tea Party decidiera si bloqueaba la votación del acuerdo alcanzado por la inmensa mayoría o cuando la influencia y la capacidad de intimidación de la minoría del Tea Party en la Cámara de Representantes anulaba las funciones del propio presidente de ese órgano.

Esas anomalías confluyeron en esta crisis para llevar a Estados Unidos a las puertas de la catástrofe económica y del ridículo internacional. Las consecuencias económicas ya fueron largamente enumeradas y son obvias: si una gran nación amenaza con no pagar sus deudas sólo puede provocar desconfianza y turbulencias de similares proporciones.

Obstáculos

Pero son aún peores y más profundas las consecuencias políticas. Durante este período de crisis, Obama tuvo que ausentarse de una cumbre, donde cedió el protagonismo a China, y cancelar viajes a cuatro países de Asia, un territorio vital para la seguridad y la expansión económica de Estados Unidos, probablemente el espacio en el que se disputa el liderazgo de la segunda mitad de este siglo.

Aunque comenzó el deshielo con Irán, esta crisis con el Congreso sirvió para recordar los obstáculos que el presidente encontrará cuando necesite la aprobación parlamentaria para uno de los pasos imprescindibles de cara a la plena normalización con el régimen islámico: el levantamiento de las sanciones.

La crisis relegó a un segundo plano una apuesta tan fundamental de Obama como la reforma migratoria, que ya había sido aprobada en el Senado con la inclusión de una vía para legalizar más de 11 millones de inmigrantes, y dejó tan exhausta a la clase política que se hace casi imposible pensar en una agenda de cambios en lo que resta de su presidencia.

En las situaciones límite se obtienen, a veces, los resultados que se resistían en condiciones de tranquilidad. No se puede descartar que esta crisis actúe como catalizador del amplio acuerdo presupuestario que fue imposible durante años. Todo indica que el Tea Party saldrá derrotado y que el Partido Republicano tendrá que poner orden en sus filas para recuperar el papel que tuvo siempre. El partido de Lincoln no puede convertirse en el partido de Ted Cruz.

Pero todo eso sería obvio si el Tea Party fuese una fuerza convencional y si existiese en el Partido Republicano una cabeza capaz de convocar a las mayorías, lo que en ningún caso ocurre. El Tea Party no es de este mundo. Celebró el pasado fin de semana una concentración en la que le pedía a Obama que "pliegue su Corán y se largue de aquí".

Si alguien lo controla, ese alguien no tiene un escaño en Washington. John McCain, republicano del viejo orden, confesaba ayer con dolor: "Los republicanos tenemos que admitir que perdimos esta batalla".

El final de esta crisis puede ser solo el comienzo de otra aún más compleja.

© El País, SL

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