El magnate y la prensa de EE.UU.: una guerra que recién empieza

Gail Scriven
Gail Scriven LA NACION
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17 de noviembre de 2016  

Recuperó su cuenta de Twitter de manos de sus asesores y tardó apenas unas horas en mutar, nuevamente, del presidente electo Donald Trump al candidato Donald Trump. El verborrágico e incendiario populista que odia a la prensa.

En una catarata de tuits contra The New York Times, ya dejó en claro que con los medios no habrá moderación ni pragmatismo. Todo lo contrario: promete una guerra sin cuartel.

"Wow, The New York Times está perdiendo miles de suscriptores por su cobertura, muy pobre y sumamente errónea, del fenómeno Trump. Envió una carta pidiendo disculpas por su MALA cobertura. Me pregunto si cambiará. Lo dudo", disparó.

Poco antes, había ignorado las reglas básicas del protocolo para la transición al dejar plantado al pool de medios asignados para cubrirlo, nada más ni nada menos que en su primera visita a la Casa Blanca, el jueves pasado. Además, los acusó de fogonear la ola de protestas en su contra.

Ayer volvió a la carga: en otra virulenta catarata de tuits, acusó (otra vez) a The New York Times de publicar información falsa sobre la transición. Un mal presagio.

La misma prensa que está atravesando un proceso de gran introspección por no haber advertido la magnitud del fenómeno Trump está ahora en busca de una brújula para descifrar cómo serán las reglas de juego con un presidente que dejó en claro que no tiene ningún respeto por ella.

¿Está preparada la prensa tradicional norteamericana para enfrentar una presidencia de Trump? Un hombre que no acepta críticas, ataca en público a los medios y periodistas y tiene listas negras de los que no pueden cubrir sus actos...

"No, no lo está", responde sin tapujos Jeff Jarvis, investigador y profesor de periodismo de la Universidad de Nueva York. "Tenemos que cambiar la forma en la que hacemos nuestro trabajo. Tenemos que aprender la lección y buscar la manera de llevar al periodismo a la gente, escuchar y entender a los que lo votaron", dijo a LA NACION. "Conocemos muy bien lo que piensa Trump, su carácter. Él no va a cambiar porque hayan cambiado los muebles. Es probable que siga limitando el acceso a la información, que siga mintiendo -añadió-. Tenemos que estar más vigilantes que nunca."

Entre inquietos y alarmados, muchos en Estados Unidos empiezan a mirar hacia otras latitudes en busca de lecciones. Venezuela, Turquía, Rusia, China, Medio Oriente... y la Argentina hasta hace poco. "¿Qué consejos nos pueden dar ustedes? -preguntó Jarvis sobre la relación de los medios con el gobierno en la Argentina-. Tenemos que aprender de América latina, de Italia. Tener las antenas bien altas y evitar que nos engañen."

Para Pablo Boczkowski, profesor de la Northwestern University, la prensa de elite de Estados Unidos está en una encrucijada. "No podemos saber cómo va a actuar Trump, pero si extrapolamos su conducta durante la campaña, podemos interpretar que puede tener un sesgo populista-chavista, donde el partido en el gobierno toma a los medios como parte de la oposición -opinó-. La prensa va a tener que aprender qué estrategias funcionan en otros populismos, como el latinoamericano." "Se trata de gente que discute sin pestañear que el cielo es verde. Pudieron ganar unas elecciones haciendo esto. Ahora tienen todo el aparato del gobierno federal para sostener sus mentiras. Y la prensa tradicional lamentablemente no está preparada para enfrentarlos", coincidió Adam Serwer, de la revista The Atlantic.

Para los medios, amenazados por una sostenida caída de los ingresos por publicidad, la fragmentación de las audiencias y una creciente competencia de gigantes como Facebook y Google (que tuvieron un papel crucial en la última campaña), el desafío no es menor. En palabras de Richard Tofel, de la organización sin fines de lucro ProPublica, que produce periodismo independiente: "Trump es el candidato más hostil a los derechos constitucionales que hemos visto en los últimos dos siglos".

Una de las principales advertencias la dio el propio Trump en la campaña. "Vamos a abrir las leyes de difamación y les vamos a entablar juicios como nunca antes. Les vamos a sacar mucha plata", amenazó. Eso, en Estados Unidos, es cruzar la línea roja. Es atacar las bases de la Primera Enmienda, institución fundamental del sistema democrático norteamericano. Las luces de alerta se encendieron en todo el espectro político.

Para los analistas, no le será fácil tomar decisiones concretas que abran las puertas a demandas o a silenciar a los medios, aunque podría, sin duda, hacerles la vida más difícil a los periodistas y a las empresas de medios, bloqueando fusiones, ocultando información, amedrentando a los reporteros. "Tenemos a favor nuestro sistema de pesos y contrapesos. Y volveremos a votar en dos años", afirma Jarvis.

Ya en junio Trump lo había anticipado sin tapujos: "No voy a cambiar. Voy a seguir atacando a la prensa. Creo que la prensa es extremadamente deshonesta".

La autopsia de los errores en la cobertura de la campaña quedará para historiadores y especialistas en medios. Algunos ya van emergiendo; entre ellos, haber tratado a Trump como un fenómeno de circo y una fuente de clics y rating en vez de considerarlo un candidato con posibilidades ciertas, haber insistido en el tradicional equilibro de cobertura y haber permanecido en una burbuja, fuera de contacto con la clase trabajadora de la "América profunda".

Apenas una muestra: el jueves después de las elecciones, The New York Times difundió una imagen de la tapa alternativa que había preparado. "Madam President", decía el título a lo ancho de la página. La revista Newsweek fue más allá: tuvo que retirar de los quioscos 125.000 ejemplares de una edición especial dedicada a la victoria de Hillary.

Un número sin precedente de más de 200 diarios de todo el país apoyó abiertamente a Hillary y advirtió que votar por Trump implicaba un peligroso salto al abismo. Unos 60 millones de norteamericanos ignoraron esas advertencias.

Donde sí cobró vida y reinó el candidato republicano fue en el universo de las redes sociales, como Facebook y Twitter, y en los medios alternativos de ultraderecha, como Breitbart e Infowars, muchos de los cuales difundían noticias falsas. "Estaban usando armas nucleares cuando la prensa tradicional seguía usando tanques y bayonetas", dijo Mathew Ingram, de la revista Fortune, con relación a la fractura que se produjo en la cobertura.

"La prensa falló al no reflejar las distintas comunidades. Dejamos un vacío que llenaron medios como Fox y Breitbart. Dejamos que los votantes más conservadores se informaran con medios que difundían mentiras -dijo Jarvis-. Más que nunca tenemos que aprender las lecciones de Facebook y llevar al periodismo donde está la gente."

En la misma línea se expresó David Remnick, editor de The New Yorker. "Creo que el punto más importante, y el dilema más profundo, es este nuevo escenario para la prensa", dijo, en referencia a que los medios tradicionales dejaron de ser el centro de gravedad.

Ahora, en la Casa Blanca de Trump, estos habitantes de los márgenes de la política y de los medios cobran una importancia nunca vista. El nombramiento de Steve Bannon, de Breitbart (una suerte de 6,7,8 de Trump), es una de las grandes señales de alerta, una prueba de que habrá un clima de hostilidad hacia la prensa que ya de por sí sufre mínimos históricos de confianza.

"Con estos bajos índices de credibilidad, la prensa se convierte en blanco fácil para los partidos políticos", sostuvo Boczkowski, que anticipa una comunicación más directa desde el poder como respuesta a cualquier cobertura desfavorable [vía Twittter, por ejemplo], pero no un ataque directo como en América latina durante los gobierno de Cristina Kirchner o Hugo Chávez.

Aunque todo parece anticipar una batalla épica entre un David y un Goliat, entre un hombre que marca sus propias reglas -sin respeto por la libertad de prensa- y los debilitados medios, la guerra probablemente será más equilibrada de lo que parece. A Trump no le va a resultar tan fácil.

Al contrario de lo que afirmó el presidente electo en su encendido tuit, The New York Times no está perdiendo suscriptores. Todo lo contrario. La vocera Eileen Murphy reveló que el número de nuevos suscriptores desde las elecciones fue cuatro veces más elevado que hace un año. ProPublica, que en promedio recibe cerca de 10 donaciones por día, tuvo esta semana una avalancha de tres por minuto, según la agencia Bloomberg. The Atlantic también dijo que sus suscripciones poselectorales se duplicaron, mientras que The Wall Street Journal informó de un pico de 300% en el volumen de nuevos lectores el día después de las elecciones.

Claramente se trata de un voto de confianza a la prensa, una señal de que la mayoría de los norteamericanos sigue creyendo que tiene un rol fundamental en la defensa de la democracia y en la vigilancia del poder. Y como un virtual detector de mentiras.

"Estamos a punto de descubrir qué tan fuerte es nuestra Constitución y si la crucial Primera Enmienda sirve de defensa contra un Poder Ejecutivo fuera de control", escribió Margaret Sullivan, la especialista en medios de The Washington Post, al alertar sobre los riesgos de "normalizar" la conducta de Trump. Y concluyó: "Vamos a necesitar algunos héroes".

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