
En el sur del Líbano, una cordillera de escombros
Marayoun es uno de los pueblos que sufrieron los bombardeos
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MARAYOUN, sur del Líbano.- No es un solo pueblo. Esta villa, que fue escenario de combates cuerpo a cuerpo, es el comienzo de un cinturón del infierno en el que, al menos, otros 17 poblados similares fueron arrasados y convertidos en poco más que una larga cordillera de escombros. Es imposible decir cuál es el más dañado: todos son la nada.
En por lo menos tres de ellos había cuerpos sin sepultar, atrapados de tal modo que, después de varios días, hasta ayer había sido aún imposible removerlos.
Para desesperación de sus familias y del resto de los vecinos, eso ocurría en Saddoquine -tal vez, el peor de todos los olores- Caná y Kafra; todos, separados por pocos kilómetros que se hacen eternos por el estado en que las bombas israelíes dejaron los caminos de montaña.
"Además, todo está envenenado por este polvo de muerte y destrucción. Es un polvo maldito; la gente se está enfermando por tocarlo, por respirarlo todo el día. Y no tenemos electricidad ni agua para que puedan sacarse de encima la peste", dijo a LA NACION el doctor Ali Hejase, uno de los responsables sanitarios del lugar.
Sólo basta estirar un poco la cabeza para, desde las verdosas colinas de Marayoun, alcanzar las torres que señalan el comienzo del Estado de Israel. Y en una de las laderas, con esa fenomenal vista, está la casa de tres pisos de la familia Yassin que, durante generaciones, vivió en el mismo sitio.
Ayer, tras un mes de ausencia forzosa por la guerra y, al igual que muchos otros vecinos, los Yassin regresaron a casa, en el suburbio chiita de Marayoun.
Con 65 años que parecen muchos más, Janina, la abuela de la familia, casi se va al piso: la casa de toda la vida no es más que una colina de cascotes que se sigue desmoronando. "¿Qué vamos a hacer?", suspira.
Hasta ayer no les había ido mal en la vida. Llegaron en su Mercedes-Benz castaño tras un mes de refugio forzado en el elegante retiro de Faraya. Pero, como temían lo peor, dejaron allí a los dos más pequeños de la familia de tres generaciones. "Ellos no tienen por qué ver esto", dijo su madre, Raia, en inglés fluido.
Está casada con Mohammed, que tenía el taller mecánico en lo que hoy es un cráter y, como muchas mujeres musulmanas, vive con sus suegros: Janina -la mujer del paso vacilante- y Assad, su marido que, pese a tener su misma fragilidad, invita a LA NACION a trepar por la ruina y contemplar el destrozo. "No queda nada", murmura.
Nada quedó a salvo
Y tiene razón: lo llamativo de estas explosiones es que lo convirtieron todo en talco.
Es difícil encontrar más vestigios que algún calzado, restos de muebles, colchones y tapizados. Todo lo demás ha volado o se reconvirtió en una misma cosa gris y polvorienta. La ruina de la casa es peligrosa: se sigue desmoronando, pero el abuelo insiste en quedarse como si allí quedara algo.
Lo único que parece a salvo es una parte de la huerta, en el jardín posterior. Rápidamente Assad estira el brazo, lo frota luego contra la manga de su camisa y ofrece una manzana brillante: no tiene nada, pero sigue haciendo de la hospitalidad un dogma al que, aún en esa desolación, no se puede decir que no.
"¿Por qué nos han hecho esto?", dice, en frases cortas. Aparece un vecino y cuenta que, en los primeros días de la guerra, no menos de veinte proyectiles israelíes cayeron en pocos minutos en el barrio.
Cristianos y chiitas
"Enfrente están los cristianos, pero a ellos no les pasó nada. Israel nos ataca porque nos odia: somos chiitas y eso le alcanza", dice Raia. Pero no quiere nada malo con sus vecinos de pueblo: "Los cristianos no tienen la culpa de que Israel nos odie y procure sembrar división entre los libaneses", dijo.
Nadie de su familia tenía ayer posibilidad alguna de quedarse en esa inmensa nada. Lo mismo les ocurría a sus vecinos, que fueron llegando a lo largo del día: el zapatero, el carnicero, el médico. Todos estaban en la misma condición: sin nada.
"Nos vamos de nuevo a Faraya, no tenemos más remedio. Luego mi marido vendrá y reconstruirá la casa. Hezbollah va a ayudarnos", aseguró Raia, en referencia a la milicia islámica que prometió ayuda financiera a quienes perdieron sus hogares en la guerra.
Ayer ninguno de los vecinos dijo haber recibido aún un centavo de ayuda. Pero no se impacientaban porque, según dijeron, Hezbollah "siempre cumple con lo que dice. De modo que si prometió ayuda, lo hará".
Se despidieron con un mensaje: "Por favor, no deje de decir que le enviamos saludos a [la secretaria de Estado de los Estados Unidos] Condoleezza Rice. Es una pena que ella no esté hoy aquí para ver de cerca lo que ella y sus aliados israelíes nos han hecho".


