En un mundo de cambios acelerados, la relación entre las Coreas nunca parece avanzar

Juan Landaburu
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15 de agosto de 2014  

La última vez que un papa había visitado Seúl, en octubre de 1989, el mundo era bien distinto. Juan Pablo II todavía no era considerado por muchos el papa que había vencido el comunismo, el Muro de Berlín seguía en pie y nadie imaginaba que el colapso de la Unión Soviética era tan inminente. La Guerra Fría ahora puede haber quedado relegada a los libros de historia, pero en la frontera entre las dos Coreas está más viva que nunca.

Francisco llegó con el mismo deseo que tenía su antecesor polaco: que la paz reunifique a la península coreana. Después de 25 años, más allá de algunos avances y retrocesos, las relaciones entre el hermético régimen comunista del Norte y el pujante paraíso del capitalismo del Sur siguen básicamente en el mismo lugar.

Los países técnicamente siguen en guerra desde 1953. El paralelo 38° todavía es la frontera más caliente del planeta, pese a que irónicamente está rodeada por una franja de tierra conocida como la Zona Desmilitarizada. El régimen norcoreano, apretado por una sucesión que todavía no termina de acomodarse y el hambre crónica que castiga a su población, se volvió un provocador serial. La última bravuconada fue darle la bienvenida a Francisco con el disparo de tres misiles de corto alcance antes de su llegada y otros dos después del aterrizaje.

Los misiles ya no sorprenden a nadie. Este año, molesto por una serie de ejercicios militares conjuntos de rutina entre Corea del Sur y Estados Unidos, se multiplicaron estos lanzamientos balísticos, que hasta ahora nadie se toma muy en serio. Perro que ladra no muerde es el análisis que de estas provocaciones hace la Casa Blanca, que considera que son sólo una maniobra de presión diplomática y sabe que está a salvo de cualquier misil, pese a que los generales comunistas advierten que pueden llegar hasta California.

La que si está a tiro de las armas norcoreanos es Seúl. Las 25 millones de personas que viven en la capital están apenas a 40 kilómetros de la frontera y saben que, tal vez, sólo haga falta una chispa accidental para provocar un incendio que nadie quiere encender. O un "holocausto nuclear", como le gusta amenazar al régimen comunista.

Los países vecinos ya llevan casi siete años sin avances concretos. Pero las relaciones no siempre fueron tan tensas. El momento más esperanzador fue a partir de fines de los 90, cuando un gobierno progresista surcoreano adoptó la llamada Sunshine Policy, una política diseñada para bajar los decibeles y mejorar la integración. Este proceso tuvo su punto culminante con la primera Cumbre Intercoreana, que en 2000 reunió al presidente Kim Dae-jung y al dictador Kim Jong-il.

El comercio entre ambos países y el reencuentro de familias divididas por la guerra se multiplicaron en esa época, pero el primer ensayo nuclear de Pyongyang, a fines de 2006, volvió a enfriar la relación. Dos años después, los surcoreanos eligieron a un presidente conservador, Lee Myung-bak, que no estaba dispuesto a tolerar los juegos norcoreanos. La paciencia se terminó por completo a principios de 2010 cuando un torpedo del régimen hundió a la corbeta surcoreana Cheonan en el Mar Amarillo. La respuesta no se hizo esperar y Lee aplicó lo que se conocen como las "Sanciones del 24 de Mayo", que limitaron casi por completo el intercambio de todo tipo entre ambos países.

La amenaza nuclear, además, internacionalizó el conflicto y se instaló una mesa de diálogo de seis países, que nunca logró resultados satisfactorios. La muerte del "querido líder" Kim Jong-il, a fines de 2011, abrió además una guerra intestina en el régimen, y las provocaciones externas también se convertirían en demostraciones de fuerza para la tribuna interna.

La llegada del Papa, sin embargo, parece haber propiciado una serie de gestos de acercamiento de la presidenta Park Geun-hye, que desde que asumió se muestra más abierta que Lee. Su gobierno ya entregó, por primera vez, ayuda económica al Norte desde 2010 y esta semana le ofreció al régimen mantener una reunión después de la partida del Papa. Una puerta parece abrirse, aunque, tratándose de las dos Coreas, nunca hay que descartar que todo vuelva a ser como empezó.

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