Entre los israelíes, la confianza empieza a dejar lugar al desánimo

La complicación del conflicto y las bajas cambian la perspectiva de los ciudadanos
Aaron Heller
Dan Perry
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23 de julio de 2014  

JERUSALÉN.- Durante casi dos semanas, Israel prácticamente rezumaba orgullo y confianza: el confiable sistema de defensa antiaérea Domo de Hierro estaba volteando los cohetes de Hamas en pleno vuelo, las fuerzas militares repelían con éxito los intentos de infiltración por tierra y agua, y el conflicto con Hamas no había causado casi bajas israelíes.

Todo eso parece haber cambiado en un parpadeo después de que 27 soldados israelíes perdieran la vida y cientos resultaran heridos, un desenlace predecible, y así y todo pasmoso, para la fatídica decisión de Israel de enviar tropas y tanques por tierra a la Gaza controlada por Hamas.

En un país donde el servicio militar es obligatorio para la mayoría de los ciudadanos, y donde las bajas militares son tan trágicas como las civiles, la reacción ante estos reveses fue inmediata. Los diarios y las emisoras de noticias están poblados de imágenes e historias de los caídos -la mayoría, jóvenes recién salidos de la secundaria- y de entrevistas a padres preocupados por sus hijos, ahora tan claramente en peligro.

La furia por el mayor número de bajas militares desde la guerra del Líbano de 2008 se mezcla ahora en un cóctel de emociones: por un lado, una fuerte determinación para continuar presionando hasta detener la lluvia de cohetes desde Gaza, y por el otro, la descorazonadora sensación de que se encaminan a un atolladero. "Es horrible, no es ningún chiste", dijo Alon Geller, abogado, de 42 años. "Pero tenemos que terminar el operativo. Si paramos ahora, antes de alcanzar el objetivo, nuestros soldados habrán muerto en vano", opina.

El diario Haaretz había advertido sobre la lentitud de la misión y la "matanza al por mayor" de civiles palestinos. "Las suaves arenas de Gaza pueden transformarse en arenas movedizas", rezaba su editorial de anteayer. "Acá no hay victoria posible."

Entre los israelíes siempre hubo cuasi consenso sobre los ataques aéreos destinados a detener el lanzamiento de cohetes, considerados insensatos y ultrajantes. La mayoría culpa a Hamas por las víctimas palestinas que dejaron los ataques aéreos, ya que el grupo apostó sus lanzacohetes en zonas residenciales. Pero una invasión por tierra es una historia muy distinta, y quedaba claro que el gobierno dudaba mucho en correr ese riesgo. Los enfrentamientos casa por casa, el peligro de que los soldados sean secuestrados para ser intercambiados por miles de prisioneros palestinos tras años de cautiverio... un asunto escabroso y desalentador. El gobierno vio la necesidad de dar ese paso tan arriesgado porque, a pesar del daño infligido a Gaza con los ataques aéreos, los cohetes de Hamas no se detuvieron.

Para complicar aún más las cosas desde la perspectiva israelí, Hamas no parece estar bajo presión interna de los palestinos, a pesar de la devastación que están sufriendo. Envalentonado, Hamas redobló sus intentos de ataque contra las comunidades fronterizas con Israel, a través de túneles cavados debajo de la cerca que separa Israel de Gaza.

Para los israelíes, esos ataques conjuran la peor de las pesadillas: familias de las plácidas zonas agrícolas de las márgenes del desierto de Negev que se despiertan rodeadas de hordas de militantes islamistas. "Así nos convencimos de que venían a matarnos y que teníamos que detenerlos", dijo Yehuda Ben-Meir, analista político del Instituto de Estudios en Seguridad Nacional.

Si bien anteayer no cundió el pánico, queda claro que si los soldados siguen muriendo a este ritmo la flexibilidad de la que gozó el premier Benjamin Netanyahu probablemente deje lugar a una creciente demanda de detener las bajas.

Traducción de Jaime Arrambide

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