A esta altura, queda claro que la epidemia nunca iba a ser contenida
NUEVA YORK.- Hasta el martes 18 de febrero no se habían reportado casos de coronavirus en Irán. Anteayer, el gobierno anunció 43 casos y ocho muertes. También se confirmaron 152 casos y al menos tres muertes en Italia, un salto inmenso de los tres casos confirmados hasta el jueves. Y en cuestión de días, el número de infectados en Corea del Sur saltó a 763, con víctimas fatales. Hasta ayer, el Covid-19 había sido detectado en al menos 29 países. En los países donde se reportaron pocos o ningún caso hasta el momento, en especial en América del Sur y África, la ausencia de evidencia no debería ser interpretada como evidencia de su ausencia, sino como reflejo de una falta de controles y análisis médicos.
¿Puede decirse que el brote de Covid-19 ya es una pandemia, aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) todavía no lo llame así? Y de ser así, ¿qué puede pasar? Para empezar, dejemos en claro qué se puede y qué no se puede hacer. A esta altura queda claro que la epidemia no podía ser contenida. Como mucho, su propagación se demoró por el bloqueo impuesto en China y por los esfuerzos de otros países para identificar a las personas infectadas y a quienes habían estado en contacto con ellas.
El Covid-19 parece contagiarse como la gripe, a través del aire, de persona a persona. A diferencia del Ébola, el SARS y el MERS, los individuos pueden transmitir este nuevo coronavirus antes de sentir síntomas o incluso sin nunca caer enfermos. Cada persona infectada parece contagiar a 2,6 en personas promedio. Tras una cadena de contagios de diez eslabones, de entre cinco y seis días cada uno, el caso inicial ya se ha propagado a más de 3500 personas, que en su mayoría manifestarán síntomas leves o ningún síntoma, aunque probablemente igual sean contagiosas. El diagnóstico se complica aún más porque los casos leves son prácticamente indistinguibles de una gripe o un resfrío.
A la luz de las características de la enfermedad, la cuarentena en el crucero Diamond Princess parece más bien un experimento cruel: esas personas confinadas se vieron obligadas a respirar aire reciclado durante dos semanas. La cuarentena solo logró demostrar lo fácil que se propaga el virus. Tratar de detener una transmisión gripal es como tratar de frenar el viento.
En el mejor de los casos, para la vacuna faltan meses. Y sobre la base de experiencias previas con el SARS, el MERS y la gripe pandémica, no hay razones para creer -como asegura el presidente Trump-, que el Covid-19 desaparecerá con la llegada de la primavera y el clima cálido en el hemisferio norte. Alrededor del mundo, los contagios seguirán durante meses.
El bloqueo impuesto por el gobierno chino en la provincia de Hubei, la más golpeada por la enfermedad, redujo sustancialmente el surgimiento de nuevos casos durante un tiempo. Pero hasta los beneficios de un bloqueo como ese son limitados. Y a medida que China intente volver al trabajo y el transporte público y los ciudadanos empiecen a circular, muy probablemente haya un rebote de nuevos casos. A menos que la población entera se atrinchere durante meses, los agentes infecciosos como la gripe o el coronavirus seguirán encontrando a seres humanos para infectar.
En otras palabras, el bloqueo o cierre de una ciudad es, a lo sumo, una táctica dilatoria. Como distribuye los casos a lo largo del tiempo, puede ayudar a manejar un brote, pero solo si tiene un sólido sistema de salud como telón de fondo. Y, así y todo, hasta el mejor sistema de salud es frágil ante un brote, e incluso un aumento leve de casos de enfermedades infectocontagiosas, ya sea una gripe estacional o el Covid-19, puede sobrepasar rápidamente todos los recursos, tanto en China como en Estados Unidos.
Por escalofriante que sea imaginar ese escenario, lo que ocurrió en Wuhan, epicentro del brote, probablemente se repita en otros lugares. Los hospitales tal vez tengan que rechazar a los que no estén gravemente enfermos y tendrán problemas para atender a su cuota usual de pacientes con infartos o heridas de gravedad.
En un mundo mal preparado para enfermedades potencialmente mortales y de fácil transmisión como el Covid-19, la forma más efectiva de mitigar el impacto de la pandemia es enfocarse en fortalecer los sistemas de salud existentes, que ya se encuentran desbordados. La prioridad número uno de todos los países debería ser proteger a sus trabajadores de la salud.
Estados Unidos y otros países del hemisferio norte ya están enfrentando una temporada de gripe estacional relativamente severa. Los inventarios de equipamiento de protección que usan médicos, paramédicos y personal de enfermería -barbijos N-95, guantes, gafas protectoras, trajes descartables- se están agotando rápidamente. Esos suministros médicos limitados deben ser primero para los trabajadores de la salud y no para el público en general. En parte, eso es para garantizar que los hospitales no se conviertan en lugares de contagio, en vez de contención. Además, si los trabajadores de la salud se contagian y empiezan a morir en grandes números, la sociedad entraría en pánico.
Los gobiernos también deberían realizar simulacros de respuesta al coronavirus en los hospitales locales y ampliar temporariamente la capacidad de los hospitales, instalando, por ejemplo, carpas de emergencia en las playas de estacionamiento, algo que ya están haciendo en algunos lugares de Estados Unidos. Para minimizar la presión sobre los ya desbordados hospitales de alta complejidad, también podrían proveerse cuidados de enfermería en instalaciones ad hoc o en los hogares de los pacientes, como se hizo durante pandemias graves del pasado, como la pandemia de gripe de 1918.
Las cadenas de fabricación y distribución de medicamentos y otros productos vitales, como agujas y jeringas, no deben interrumpirse y, dada la naturaleza global de esa industria, para eso es necesaria la cooperación internacional. Tal como lo señalan los lineamientos de la OMS, los países golpeados por el Covid-19 no deberían ser aislados como Estados Unidos y otros países intentan hacerlo en este momento con China. De lo contrario, a medida que el virus avance, nos estaremos aislando también a nosotros mismos y poniendo en riesgo nuestra capacidad para obtener los recursos más indispensables. Muchos de los ingredientes activos de las drogas genéricas que salvan vidas -esas que llenan los dispensarios de los hospitales y que sostienen nuestro bienestar cotidiano- provienen de China y de la India. Si la producción de esas drogas se paraliza, puede morir mucha gente, no directamente de coronavirus, sino de manera indirecta por falta de acceso a esas drogas.
¿Y qué deberíamos hacer cada uno de nosotros, más allá de mantenernos informados y lavarnos las manos con frecuencia?
Como individuos también podemos tener un plan básico de contingencia. Las empresas pueden hacer capacitación cruzada en su personal para que la ausencia de uno no frene el funcionamiento del negocio, y familiares y amigos pueden estar mutuamente atentos de salud de cada uno, y estar listos para cuidar a quien presente síntomas moderados en caso de que los hospitales colapsen.
"Pandemia" no es solo un término técnico de salud pública. También es, o debería ser, un llamado a la lucha colectiva.
Michael T. Osterholm es director del Centro de Investigación de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Minnesota
Mark Olshaker es escritor y documentalista
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