La Alianza del Norte, una opción inquietante
Su pasado reciente inspira cierto recelo
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Si el cerco en torno de los talibanes parece estrecharse día tras día, nadie se aventura a predecir qué pasará una vez que el régimen de hombres de barba y leyes intransigentes sea barrido del poder de Afganistán.
Por ahora, el futuro político del país que está en la mira del mundo se reduce a un puñado de especulaciones que hasta pueden pecar de disparatadas: una federación de tribus supervisada por un ex rey de 87 años, una división del territorio entre Norte y Sur, o un gobierno supervisado y regulado por la ONU son algunas de las vagas sugerencias.
Mientras, la Casa Blanca hizo explícito hace pocos días su apoyo a la Alianza del Norte, la oposición afgana que controla el 10 por ciento del escarpado territorio. De hecho, los efectivos norteamericanos ya están coordinando acciones conjuntas con los rebeldes de la Alianza para tratar de asestar la estocada final al régimen del mullah Mohammed Omar.
Además, Washington redobló su apuesta por los insurgentes y anunció que les suministrará municiones, dinero, alimentos y respaldo aéreo para la conquista de la estratégica ciudad de Mazar-e-Sharif y para su marcha hacia Kabul.
Un pasado feroz
Pero la Alianza del Norte es mucho más que un colorido mosaico de 15.000 guerreros de las etnias tadjika, uzbeka y hazara. Los "señores de la guerra", como también se los conoce, cuentan con un profuso historial en materia de violaciones de derechos humanos, y no hay razón para creer que, una vez en el poder, vayan a ser menos brutales que los talibanes.
En este sentido, diversas organizaciones humanitarias como Amnistía Internacional o Human Rights Watch han recordado que la última vez que los líderes de la Alianza intentaron gobernar Afganistán, el país se desangró en una feroz guerra civil. Sólo en 1994, y antes de que la capital cayera en manos talibanas, 25.000 civiles murieron en Kabul bajo el fuego indiscriminado de las facciones rivales, y un tercio de la ciudad quedó reducido a escombros.
De 1992 a 2000, según HRW, las tropas de la Alianza se dedicaron a tomar las calles por asalto, incendiar casas, saquear negocios, torturar sospechosos, violar mujeres y ejecutar a presuntos enemigos.
Las traiciones, sobornos y cambios de bando eran hábitos tan frecuentes entre los miembros de la supuesta coalición que en 1997 un general norteño, Abdul Malik Pahlawan, se pasó a las filas talibanas tras jurarles lealtad. No obstante, al cabo de pocos días cambió de opinión y volvió a unirse a las tropas de la oposición, aunque sin antes mandar a matar a los 3000 talibanes que habían pasado a estar bajo su mando.
Conglomerado explosivo
Pero si el pasado de la Alianza está teñido por una larga sucesión de abusos e impunidad, el presente no deja de ser menos inquietante: abundan las denuncias sobre tráfico de opio y de armas, sembrado de minas y reclutamiento de menores para combatir entre sus tropas. Y el panorama se oscurece si se considera que el único factor común que aglutina a los distintos jefes tribales que conforman la Alianza y que siempre se han mirado unos a otros con recelo es su oposición al régimen talibán.
Ni siquiera cuentan con un liderazgo emblemático: el reciente asesinato de Ahmed Shah Massud, el León de Panjshir, no sólo le privó al movimiento rebelde de su dirigente más carismático, sino que además dañó la credibilidad política del explosivo conglomerado étnico.
El sucesor militar de Massud, el general Mohammed Fahim, no parece capaz de mantener a sus fuerzas unidas durante mucho tiempo. "Más que un león es un bulldog", lo definió un diplomático. Por estos días, sin embargo, los combatientes de la Alianza parecen concentrarse más que nada en tratar de comprar a los jefes enemigos, esquivar ráfagas de proyectiles, y consumir cantidades siderales de té y de hachís.
Todo eso mientras esperan que la lluvia de bombas aliadas aplasten a los talibanes y les despejen el camino hacia Kabul. Aunque esto deje planteado el interrogante de si en todo caso no se estaría reemplazando un despotismo por otro.
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