La antirrepública en su forma más grosera
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CARACAS.- Para calificar los sucesos ocurridos ayer en la Asamblea Nacional, tal vez sea trabajo baldío la consulta de los manuales de Ciencia Política que se ocupan de las formas de gobierno que existen en la actualidad, o de las maneras que se desarrollan en una sociedad a estas alturas de la historia para permanecer en el poder.
Los lamentables episodiosno caben en los anales de las sociedades occidentales de los siglos XX y XXI que ocupan la atención de los politólogos, a menos que se interesen por las vergüenzas, los retrocesos, las patadas y las conductas barbáricas que caracterizan a los pueblos más incivilizados, más zafios y brutales que viven los embates de la contemporaneidad.
El usurpador y sus secuaces han saltado todas las barreras para mantener su hegemonía, todos los límites impuestos por la cultura de las colectividades civilizadas del mundo contemporáneo. Para llegar a esta afirmación, como se quiere ahora, conviene recordar que Venezuela quiso ser república desde 1810 y que ha librado epopeyas memorables para lograrlo.
Bajo la inspiración del credo liberal ha tratado de acabar con los personalismos, ha fundado una tradición de parlamentarismo, ha visto desfilar a figuras de trascendencia en el campo del pensamiento político y en el desarrollo de partidos políticos, ha luchado como pueblo por la autonomía de las ideas y por la libertad de expresión. Lo que acabamos de ver es la negación de tales esfuerzos, la burla de una evolución pisoteada por la barbarie entronizada.
Pero la lucha del republicanismo no fue victoriosa sino en contados períodos del pasado y de nuestros días. La antirrepública ha permanecido a través del tiempo, pese a los golpes que el civismo y la dignidad colectiva le han propinado. De allí su aparición más brusca y deleznable en la actualidad, cuya muestra más evidente y grosera tuvo como teatro la sede de la soberanía nacional. Contra ella se ha levantado la escoria de la antirrepública en un lugar tan simbólico y trascendente como el Capitolio Nacional.
El usurpador y sus secuaces orquestaron la compra de la voluntad de un grupo de diputados de oposición dispuestos a participar en el festín de la corrupción, para evitar la reelección de Juan Guaidó como presidente del Parlamento y como presidente encargado de la república. Antes llevaron a cabo la persecución de importantes líderes de la AN hasta conducirlos al exilio, a la cárcel o a la prudencia de los escondites, a través de acusaciones falsas y de procedimientos totalmente arbitrarios que llegaron a su cúspide este domingo.
Después de impedir, mediante la fuerza, el paso de Guaidó y de la abrumadora mayoría de representantes del pueblo a la sede del Capitolio, que llegaban con la seguridad de votar la reelección de su presidente, fraguaron la farsa de una sesión sin quórum legal, el espectáculo de una función tumultuaria que sentó en los cargos de autoridad a los diputados opositores que habían comprado en vil mercado para que en adelante sirvieran de comparsa al usurpador, y de compañía a la truculenta asamblea nacional constituyente que habían fabricado como menguada hoja de parra del antirrepublicanismo.
Todo en medio de gritos y patadas, entre insultos y vociferaciones, entre la porquería y la vulgaridad, sin ninguna palabra digna de hombres públicos, de servidores de la colectividad, sin siquiera la parodia de un discurso o la simulación de una retórica que pudiera retener la memoria de la ciudadanía. Pero, en cambio, con un anillo de seguridad facilitado por la Guardia Nacional, que seguía, sin duda, la orden superior de secundar sin tasa la negación del civismo y de los formas civilizatorias para que siguieran reinando la mediocridad y la corruptela en Miraflores.
Al estudiar el insólito episodio, trabajo les costará a los politólogos hacer analogías con las maneras de continuismo que tienen estudiadas en sus páginas, con las formas que desarrollan las tiranías para sobrevivir en nuestra época, porque la que comentamos con dolor ha sido de las más vulgares y escandalosas del devenir nacional y latinoamericano, de las más desvergonzadas y rudimentarias, seguramente la mayor de ellas en los predios de la insolencia política. Adquiere singularidad debido a su monstruosa estatura, y a la imposibilidad material de maquillar su obscenidad.
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