La importancia de llamarse Lula
Cuáles son los desafíos que deberá enfrentar el sucesor del presidente más popular de la historia de Brasil; recorrida multimedia
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Suceder a Lula, el presidente más popular de la historia brasileña desde que se conocen las encuestas de opinión en Brasil, no será tarea fácil. Este último podrá usufructuar de los incuestionables avances en materia política, económica y social de los últimos años. No obstante, también deberá trabajar en varias materias aún pendientes para el desarrollo del Brasil.
La economía fue uno de los pilares de la gestión de Lula: con una moneda fuerte y una inflación que no supera un dígito, el poder adquisitivo del brasileño medio aumentó notablemente en los últimos años, generando un fuerte consumo. Sin embargo, tres críticas recurrentes al modelo económico actual que deberán ser tratadas por el próximo presidente son la valorización del Real, que afecta al sector exportador; la elevada carga tributaria, que hoy es el 35,5% del PBI cuando la media latinoamericana está en 18,7%, y la tasa de interés real, que es la mayor del mundo. No en vano los tres principales candidatos, en este último punto, ubicaron a la reforma fiscal como una de las prioridades del próximo gobierno.
El segundo pilar de la gestión Lula debe buscarse en los avances sociales . Entre el 2004 y 2008, el programa Bolsa Familia contribuyó a remover a 18,4 millones de la pobreza. Consecuentemente, se robusteció la clase media brasileña, que hoy reúne el 53,6% de la población. La brecha de desigualdad en la distribución del ingreso también registró una importante caída. No obstante, Brasil aún está entre los ocho países más desiguales del mundo.
No sería exagerado colocar a la educación como la principal prioridad del próximo mandatario brasileño. El círculo vicioso conformado por el analfabetismo, la deserción escolar, y la baja calidad de la enseñanza pública se reflejan en un problema que hoy sufre el creciente Brasil: la falta de mano de obra calificada. Mientras que en 1950 algo más de la mitad de la población brasileña era analfabeta, hoy aún lo es un 10%. La educación estadual –a diferencia de la federal y privada– es constante noticia por su mal desempeño, y el 15% de la población entre los 15 y 17 años está fuera de la escuela. Este escenario obliga a empresas a importar mano de obra calificada y supone uno de los mayores defasajes del crecimiento brasileño.
La salud pública tampoco puede desatenderse: el reciente informe del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística basado en datos del 2008 reveló que 34,8 millones de personas (18% de la población) viven en ciudades sin acceso a la red cloacal y unos 12 millones de domicilios (el 21,4% del total) no cuentan con agua potable. En materia de viviendas, aproximadamente 5,8 millones son construcciones precarias e improvisadas.
La precaria infraestructura también se observa en los caminos brasileños: según un estudio de la Confederación Nacional de Transporte y el PNAD, elaborado en el 2009, el 69% de las carreteras federales están en condiciones deficientes o pésimas, algo que requiere atención urgente teniendo en cuenta la dimensión continental como es Brasil.
En materia de seguridad , entre 1992 y 2007 la tasa de homicidios en el país creció un 32%, y hay una creciente alarma por la proliferación del crack, un derivado de la cocaína, que afecta cada vez más a la población joven brasileña –en Río de Janeiro su comercio aumentó un 542% entre enero y septiembre del 2009 respecto el 2008–, lo que provocó que Lula anunciara un plan nacional de combate a su uso. El crimen organizado continúa con una marcada presencia en Brasil, y hay ciertos territorios, como el caso de algunas favelas cariocas, donde el Estado no ejerce su poder de policía. Estos hechos llevaron a que el máximo candidato de la oposición, José Serra, proponga la creación de un Ministerio de Seguridad Pública.
En lo que respecta a la calidad institucional , si bien Brasil no escapa al promedio de la región, aún está lejos de vecinos como Chile y Uruguay: el financiamiento de los partidos políticos continúa siendo poco transparente, y la corrupción es una noticia constante en los medios de comunicación, lo que afectó al gobierno actual y a su candidata, Dilma Rousseff.
La política exterior fue otro de los puntos más destacados del gobierno de Lula. La presencia brasileña en el mundo creció considerablemente en los últimos años, aunque aún resta por ver si Brasil está dispuesto a pagar los costos que supone un liderazgo regional o global. Hechos como la reciente adquisición de submarinos nucleares; su destacada misión en Haití; los intentos de establecer puentes con países aislados del sistema internacional como Irán y Corea del Norte; su marcada presencia en el África, y su reclamo de ocupar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas han sido apenas unas de las tantas muestras de la vocación brasileña de constituirse en una potencia global.
A pesar de los sistemáticos avances, la política exterior brasileña parece haber entrado en un dilema respecto cómo lidiar con regímenes acusados de violar los derechos humanos y que tienen una dudosa vocación democrática. La imagen de la política externa brasileña se vio seriamente afectada tras el último paso de Lula por Cuba, que coincidió con la muerte por huelga de hambre de un disidente preso del régimen cubano, y su acercamiento con Irán.
Más allá de los aciertos y traspiés de gobierno, difícilmente pueda repetirse un fenómeno como el de Lula la historia de Brasil y no debe esperarse que el próximo gobernante logre índices tan altos de aprobación como su predecesor. Lo único que puede preverse es el doble desafío que le espera: mantener los éxitos políticos, económicos y sociales del último gobierno y trabajar en todas las áreas donde Brasil aún tiene una deuda pendiente. Todo ello, claro, sin llevar el nombre de Lula: ésta indudablemente la herencia más pesada con la que deberá cargar su sucesor.
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