La primera encíclica de León XIV, un documento “puntual” en tiempos de la IA, pero “una batalla perdida”
Luigi Ricci, analista de sistemas que desde hace décadas indaga el entramado entre innovación tecnológica y dinámicas de poder, analizó el texto, que consideró “perfecto” pero con puntos críticos
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ROMA.- Luigi Ricci, analista de sistemas que desde hace décadas indaga el entramado entre innovación tecnológica y dinámicas de poder, leyó con máximo interés “Magnifica Humanitas” (MH), la primera encíclica del papa León XIV sobre la custodia de la persona humana en tiempo de Inteligencia Artificial (AI), lanzada el lunes pasado con bombos y platillos.
Ricci, que justo también acaba de publicar en Italia Vaticano Zero Day, un libro que alerta sobre cómo, en un contexto de guerra mundial de baja intensidad y de derrumbe del derecho internacional, el Vaticano “se ha vuelto un blanco de una agresión invisible y total, a través de una estrategia de tensión digital”, consideró MH un documento “perfecto” y sobre todo, “puntual”. Aunque también advirtió de algunos límites y que, más allá de la invitación del Pontífice a “desarmar” y a reglamentar la IA, la aceleración de la revolución digital y el poder de ese puñado de empresas que la manejan es tan inmenso que, según su punto de vista, se trata de “una batalla perdida”.

“Los medios la han leído sobre todo como una encíclica social sobre la IA, un ‘aggiornamento’ de la Rerum Novarum al tiempo de los LLM (Large Language Model), pero es mucho más e interesa aún más a quien estudia las vulnerabilidades estratégicas de la Santa Sede, la guerra híbrida y el ecosistema digital como teatro de conflicto. Como ha reconocido el papa León XIV de modo explícito, la IA no es más un instrumento: es un ambiente, un campo de batalla y la Iglesia lo dice en voz alta”, dijo a LA NACION este experto en análisis de amenazas y metodología de la seguridad, que trabajó durante dos décadas en la RAI como consultor estratégico.
Actualmente director de investigaciones del Instituto Barometro de Roma, en una entrevista con LA NACION Ricci destacó que, a diferencias de encíclicas anteriores, MH llegó en forma puntual. “La Rerum Novarum de León XIII, de 1891, llegó tarde: la revolución industrial ya había ocurrido décadas antes y la Iglesia ya había perdido decenas de millones de fieles que habían entendido que no respondía más al modernismo”, explicó. “También Laudato Sí, una gran encíclica del papa Francisco que reconoce la crisis ambiental, llegó casi veinte años después de los informes que alertaban sobre el tema, por lo que la Iglesia llegó tarde”, planteó. “Pero en este caso MH para mí ha llegado puntual. De hecho, la Unión Europea aún no ha escrito una AI Act y esto se debe a que en Bruselas hay centenares de lobbistas que ponen frenos”, advirtió.
Para él, como el Vaticano no tiene interesas mercantiles, con esta encíclica ha salido a defender la humanidad y no sólo la de los creyentes. “Pero dudo de que los Estados, que son aquellos que están llamados a poner las reglas, pasarán a la acción... La Iglesia hizo una encíclica, pero al día siguiente de su publicación, nadie se ha movido en la dirección pedida”, consideró.
Para Ricci, el tercer capítulo de MH, que desde el punto de vista del análisis geopolítico es la parte más relevante del documento, explica por qué. El Papa escribe allí que “el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades”.
Según Ricci, quien trabaja en el análisis del poder digital, reconoce de inmediato el problema: no se trata de una crítica genérica al capitalismo tecnológico, sino que se trata de la descripción exacta del mecanismo con el cual algunos actores privados, trasnacionales y sustancialmente no gobernables han adquirido una capacidad de influencia superior a la de muchos gobiernos soberanos, destacó.
Entusiasmado con la nueva encíclica, que casualmente toca los temas de su libro sobre todo en el capítulo quinto, Ricci admitió que, como analista de sistemas, también encontró unos puntos críticos.

Uno de ellos es que, más allá de que habla de la amenaza que significa la IA para el empleo -algo que ya está sucediendo, con máquinas que reemplazan a seres humanos en fábricas, call centers y demás-, no habla de un salario universal básico o un medio parecido para ayudar a quienes, al perder su trabajo, quedan excluidos. “Para mí la encíclica en este punto deja abierta la pregunta más apremiante: ¿qué sucede con la dignidad de quienes no pueden trabajar, no por elección propia, sino porque las máquinas les han quitado el trabajo a escala industrial? Sobre esto MH no tiene respuesta”, opinó.
Otro límite, para él, es el tema de la gobernanza de la IA: la encíclica pide “marcos jurídicos adecuados, supervisión independiente, educación de los usuarios, pero no indica ninguna entidad institucional concreta; ni una agencia internacional sobre IA, ni un tratado multilateral, ni una norma certificable”, criticó.
El tercer límite para Ricci es a la vez teológico y diplomático. “En el párrafo 192, en continuidad con la línea ya trazada por Francisco en ‘Fratelli tutti’, la encíclica va explícitamente más allá de la doctrina de la guerra justa, ‘invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra’, reduciendo la legalidad de la fuerza sólo a la legítima defensa en el sentido más estricto”, evocó.
“Es una posición valiente, porque esa doctrina ha sido parte integral del magisterio desde la época de Agustín y Tomás y todavía aparece en el Catecismo en el párrafo 2309. Pero enuncia la superación sin construir la sustitución: quienes están llamados a tomar decisiones de defensa y seguridad se encuentran con una condena clara y una arquitectura regulatoria incompleta. A esto se suma una consecuencia diplomática: un documento que adopta posiciones claras sobre la industria armamentista y sobre el ‘odio sacralizado’ de ciertas tendencias fundamentalistas restringe inevitablemente los espacios de la Santa Sede para negociar la neutralidad”, añadió. “Es un precio que León XIV parece dispuesto a pagar para mantener una postura profética. Para un analista, sigue siendo un punto crítico que hay que vigilar”, concluyó.






