La pulsión de muerte que alienta al kamikaze
"Están locos." ¿Mucho, poquito, nada? Entre el asombro y la desesperación, el intento de digerir la lógica kamikaze no obvia -al menos en el comentario del ciudadano común- el capítulo de la locura. Para los especialistas en salud mental, en cambio, hay un interrogante capaz de poner en jaque al vulgo: ¿se puede patologizar una cuestión política o ideológica?
El suicidio del terrorista capaz de maniobrar hasta estrellarse contra la muerte no es, en principio, un suicidio común. "Sus actos tienen dos fines: matarse y matar a otros. Combinan el suicidio y el homicidio, el deseo de morir y el de dar muerte. En ambos está presente la pulsión de muerte", explica la psicoanalista Mirta Pipkin, secretaria del Comité de Docencia e Investigación e integrante del equipo de emergencias del Centro de Salud Mental Arturo Ameghino.
En los kamikazes, dice la especialista, "lo que se juega es un acto por el cual el sujeto se realiza en un ideal (en este caso un mandato religioso o ideológico). Se trata del deseo llevado hasta las últimas consecuencias. En cambio, el suicidio derivado de una melancolía, ocurre porque ya no hay sentidos ni significantes. El sujeto desaparece de la escena del mundo cuando está decepcionado y degradado".
Para el kamikaze, su cuerpo no es el de un suicida, sino el de aquel que, convertido en arma de guerra, es capaz de combatir a los enemigos de su dios. Está convencido de acercarse a la divinidad, en el paraíso.
"La captura simbólica de lo que nosotros llamamos suicidio es diferente en las distintas culturas. Para los musulmanes no se trata de suicidio, sino de martirio. Los mártires son venerados por sus seguidores y su muerte es sólo física, ya que significa poder vivir eternamente y dar vida a su pueblo", opina el psicoanalista Juan Carlos Volnovich.
Se juega, en estos actos, algo del sacrificio: "El sacrificio es garantía de la existencia de un "otro" (puede ser un dios); es la respuesta a un mandato, en un acto para el cual el sujeto se considera elegido", dice Pipkin.
Para Volnovich, "no se trata de enfermos mentales. La gente se desvive por diferentes cosas y hay muchos ejemplos en la historia donde se han ofrecido vidas humanas como sacrificio para sostener una creencia o una causa". Sin embargo, "esto es independiente del problema ideológico o político vinculado con los kamikazes y los atentados. Por eso, no creo que se pueda hablar de patología".
Pipkin coincide: "El acto de estos kamikazes está ligado a un sentido compartido (los otros entienden su finalidad). Por el contrario, en la locura, en el delirio, no ocurre lo mismo. Y, además, no se puede hacer un diagnóstico de enfermedad cuando se está leyendo un hecho ligado al campo ideológico". Ni enfermedad ni ignorancia. "Pueden ir a una universidad, hacer cursos para pilotear aviones, formar una familia", agrega Volnovich. Y, claro está, inmolarse por una causa que ellos creen justa.
El doctor Néstor Marchand, psiquiatra y presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP), es menos contemplativo: "Son enfermos mentales. No están locos, no son psicóticos, pero tienen personalidades psicopáticas que se traducen en trastornos de personalidad marcados por una paranoia fanática y un lavado de cerebro que se inicia en la infancia".
A los ojos del ciudadano común de Occidente, lo difícil de entender es, quizá, que el camino a la felicidad sea la vida misma. Si esto no es locura, entonces, en algo se parece; tiene la fuerza de lo que asusta, lo que sorprende y lo que, aun dando una y mil vueltas, finalmente no llega a entenderse.




